Economía
El BCE eleva al 3,1% la inflación esperada por los hogares europeos
Los consumidores europeos elevan al 3,1% su inflación esperada a un año, mientras la energía y la incertidumbre complican el escenario del BCE.
Resumen
- Los hogares de la eurozona elevan al 3,1% su inflación esperada a un año
- La inflación efectiva de la eurozona alcanzó el 3,8% en septiembre
- El BCE vigila energía, expectativas y tipos ante una incertidumbre mayor
La inflación vuelve a instalarse en las conversaciones de los hogares europeos, y no precisamente como un recuerdo incómodo del pasado. Los consumidores de la zona euro esperan que los precios suban un 3,1% durante los próximos 12 meses, una décima más que en agosto, según la última encuesta de expectativas del Banco Central Europeo. También ha aumentado la inflación que los ciudadanos creen haber soportado durante el último año: pasa del 3,5% al 3,6%.
El movimiento es pequeño sobre el papel, apenas una décima, pero llega en un momento bastante menos tranquilo. La inflación efectiva de la eurozona alcanzó el 3,8% interanual en septiembre, seis décimas más que en agosto, impulsada especialmente por la energía. Y la incertidumbre de los consumidores sobre lo que ocurrirá con los precios ha vuelto a aumentar, manteniéndose por encima de los niveles anteriores a la escalada del conflicto en Oriente Próximo. No es un detalle psicológico: cuando la inflación se convierte otra vez en una preocupación cotidiana, cambian las decisiones sobre consumo, ahorro, salarios y crédito.
Los europeos esperan un 3,1%, pero no es una previsión del BCE
Conviene separar conceptos porque, con la inflación, una décima mal explicada acaba recorriendo media internet. El 3,1% no es la previsión oficial del BCE sobre cuánto subirán los precios. Es la mediana de lo que esperan los consumidores encuestados para los próximos 12 meses. Es decir, refleja el termómetro de los hogares, no el modelo económico de Frankfurt.
La encuesta de expectativas del consumidor del BCE se realiza mensualmente entre alrededor de 19.000 adultos de 11 países de la zona euro, entre ellos España. Sirve para conocer cómo perciben las familias la inflación, el empleo, sus ingresos, el crédito o el precio de la vivienda. El dato importa porque las expectativas pueden terminar influyendo en la propia economía: quien cree que todo será bastante más caro mañana puede adelantar una compra; quien espera perder poder adquisitivo puede exigir más salario; una empresa que anticipa mayores costes puede revisar precios antes de tiempo. Ahí aparecen los llamados efectos de segunda vuelta.
La fotografía de septiembre ofrece, sin embargo, una mezcla interesante. Las expectativas a corto plazo suben del 3% al 3,1%, pero a tres años permanecen en el 2,9% y a cinco años continúan en el 2,5%. No hay, al menos de momento, una estampida de las expectativas a largo plazo. Los ciudadanos ven fuego cerca, pero todavía no parecen convencidos de que vaya a arder el edificio entero.
La distancia respecto al objetivo del 2%
Ese matiz resulta fundamental para el BCE. Su objetivo es estabilizar la inflación en el 2% a medio plazo, no conseguir que cada mes el índice marque exactamente esa cifra. Por eso Frankfurt observa con especial atención si una perturbación puntual —petróleo, gas, transporte, una guerra— termina filtrándose a salarios, servicios y precios durante varios años.
El escenario central del propio banco sigue contemplando una moderación posterior. Sus proyecciones de septiembre sitúan la inflación media de la eurozona en el 3% en 2026, el 2,5% en 2027 y el 2,1% en 2028. El problema está en el camino: el BCE espera que la tasa general pueda rondar el 3,6% durante el último trimestre de este año antes de bajar con más claridad en 2027.
La energía ha vuelto a estropear la fotografía
La explicación inmediata está en algo bastante conocido por cualquier europeo que haya mirado una factura con cierta incredulidad: la energía. En septiembre, este componente aportó 1,71 puntos porcentuales a la inflación anual de la eurozona, mientras los servicios aportaron otros 1,52 puntos. La tasa energética se disparó hasta el 18,8% interanual, frente al 14,3% de agosto.
El conflicto en Oriente Próximo y sus efectos sobre petróleo, gas, productos refinados y transporte han alterado un proceso desinflacionista que parecía bastante más domesticado meses atrás. El BCE considera que el choque energético es el principal responsable del repunte de 2026 y prevé que pierda fuerza durante 2027, aunque admite un grado elevado de incertidumbre. En un escenario más adverso, si la perturbación se prolongara y aparecieran efectos de segunda vuelta más intensos, la inflación sería sensiblemente superior a la contemplada en el escenario central.
Aquí está la parte menos cómoda del asunto. El petróleo puede bajar en una pantalla financiera con relativa rapidez; el precio final de un transporte, una mercancía, una comida preparada o un servicio no necesariamente desanda el camino con la misma obediencia. Los costes energéticos se filtran por la economía como el agua por una pared: a veces la mancha aparece semanas después.
España llega con una inflación del 4,9%
Para un hogar español, el dato europeo del 3,1% resulta incluso moderado frente a lo que acaba de registrar el bolsillo. El IPC de España alcanzó en septiembre una tasa anual del 4,9%, seis décimas más que en agosto y su nivel más elevado desde febrero de 2023. La inflación subyacente, que excluye alimentos no elaborados y productos energéticos, subió dos décimas hasta el 3,1%.
La comparación armonizada con Europa resulta todavía más clara: el IPCA español se situó en el 5%, mientras la media de la eurozona quedó en el 3,8%. España acumulaba ya un 4,6% en agosto y un 3,9% en julio. El repunte reciente ha estado relacionado, entre otros factores, con los carburantes y determinados servicios ligados al turismo y el ocio.
Eso ayuda también a comprender por qué la percepción ciudadana puede diferir de las cifras agregadas. Una familia no consume un índice estadístico: paga gasolina, supermercado, alquiler, electricidad, colegio, restaurante o seguro. Si precisamente los productos que compra con más frecuencia se encarecen, su sensación de inflación puede ser mayor que la tasa general. El IPC es una cesta promedio; ningún hogar real vive exactamente dentro de esa cesta.
Qué puede significar para los tipos de interés y las hipotecas
El nuevo dato no implica que el BCE vaya a subir automáticamente los tipos. Sería una lectura demasiado rápida. Pero tampoco llega a una mesa vacía. El Consejo de Gobierno elevó sus tres tipos oficiales en 25 puntos básicos el 10 de septiembre, dejando la facilidad de depósito en el 2,50%, las operaciones principales de financiación en el 2,65% y la facilidad marginal de crédito en el 2,90%. Frankfurt justificó la decisión por las renovadas presiones inflacionistas procedentes del conflicto en Oriente Próximo.
El próximo encuentro de política monetaria está previsto para el 29 de octubre, apenas seis días después de conocerse estas expectativas. El BCE tendrá sobre la mesa una inflación efectiva del 3,8%, unas expectativas de los hogares a un año del 3,1% y, al mismo tiempo, unas perspectivas a tres y cinco años que no se han deteriorado en septiembre. Esa combinación invita más a la vigilancia que al automatismo.
Para quienes tienen una hipoteca variable, el efecto tampoco es inmediato. El coste de las cuotas depende principalmente de la evolución del euríbor y de las condiciones de revisión de cada préstamo, no de una encuesta mensual del BCE. Pero unas expectativas de inflación persistentemente altas pueden hacer que los tipos oficiales permanezcan elevados durante más tiempo o que futuras bajadas se retrasen. Y eso, tarde o temprano, acaba atravesando la puerta del banco.
La incertidumbre pesa casi tanto como el 3,1%
Quizá el dato más revelador no sea exactamente esa décima de subida, sino la incertidumbre creciente. Tras haber disminuido ligeramente en agosto, en septiembre ha vuelto a aumentar y permanece por encima de los niveles previos al agravamiento del conflicto en Oriente Próximo. Cuando los consumidores no solo esperan más inflación, sino que además están menos seguros de lo que sucederá, la economía pierde una referencia que normalmente ayuda a tomar decisiones.
Hay una diferencia considerable entre pensar que los precios subirán alrededor de un 3% y temer que pueden acabar haciéndolo mucho más. La segunda situación favorece el ahorro preventivo, las compras adelantadas o las exigencias salariales defensivas. También complica el trabajo de las empresas al fijar precios y planificar inversiones. En economía, la incertidumbre tiene una curiosa capacidad para convertirse en coste aunque finalmente no ocurra lo peor.
Las anteriores oleadas de la encuesta también han mostrado que los hogares de rentas más bajas suelen declarar mayores percepciones y expectativas de inflación que los de ingresos altos, mientras los jóvenes de 18 a 34 años acostumbran a presentar cifras menores que los grupos de más edad. Tiene lógica económica antes que sociológica: cuanto mayor es el peso de la energía, la alimentación y otros gastos esenciales sobre el presupuesto familiar, menos margen existe para esquivar una subida de precios.
La inflación vuelve a sentarse a la mesa de las familias
Europa no ha regresado, al menos por ahora, a la espiral inflacionista de los peores momentos posteriores a 2021. Las expectativas a largo plazo siguen relativamente contenidas y el BCE mantiene como escenario central una aproximación gradual al 2% en los próximos años. Pero el repunte de los precios energéticos ha cambiado el paisaje con bastante rapidez: la inflación de la eurozona está en el 3,8%, España alcanza el 4,9% y los hogares europeos elevan otra vez sus expectativas a corto plazo.
La décima que lleva del 3% al 3,1% parece diminuta. Lo relevante es lo que hay alrededor: energía cara, más incertidumbre y tipos bajo vigilancia. Porque ese es el verdadero problema de la inflación. No solo lo que cuestan las cosas, sino lo que consumidores, empresas y bancos centrales empiezan a creer que costarán mañana.
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