Historia
La Confianza, el ultramarinos de 1871 que sigue abierto en Huesca
Fundado en 1871, La Confianza conserva en Huesca su mobiliario histórico y sigue atendido por María Jesús Sanvicente, propietaria de 81 años.
Resumen
- La Confianza abrió en Huesca en 1871 y sigue funcionando como comercio
- María Jesús Sanvicente, de 81 años, continúa atendiendo tras el mostrador
- El local conserva mobiliario, pinturas y elementos originales del siglo XIX
En pleno centro de Huesca sigue funcionando un comercio que abrió sus puertas en 1871 y conserva buena parte de su aspecto original. Se llama La Confianza y está considerado uno de los ultramarinos en activo más antiguos de España. Tras el mostrador continúa María Jesús Sanvicente, su propietaria, que tiene 81 años y no parece especialmente interesada en jubilarse.
Sanvicente mantiene una rutina difícil de asociar con una retirada próxima. Se levanta temprano, recoge personalmente algunos de los productos locales que después vende en el establecimiento y sigue atendiendo la tienda mañana y tarde. Abre también sábados, domingos y festivos, una costumbre familiar que viene de bastante atrás. Su hijo Víctor Villacampa trabaja igualmente en el negocio.
La singularidad de La Confianza no está solo en la fecha que figura sobre su fachada. El establecimiento conserva las antiguas estanterías de madera, el mostrador, el suelo de baldosas y las pinturas que León Abadías realizó en el siglo XIX. Lo que sigue detrás del escaparate, por tanto, no es la reconstrucción moderna de una tienda antigua. Es un comercio que continúa vendiendo.
De una mercería de 1871 a un ultramarinos histórico
La historia comienza con Hilario Vallier, comerciante de origen francés que abrió el establecimiento en 1871. En sus primeros tiempos funcionó como mercería y sedería y fue incorporando artículos de procedencias muy diversas hasta desarrollar el carácter de ultramarinos por el que terminaría siendo conocido. Se vendían desde tejidos y porcelanas hasta cafés, chocolates, licores, especias y productos llegados de fuera de España.
El propio local explica parte de aquella historia. El pintor oscense León Abadías y Santolaria decoró el techo con una alegoría del comercio. Mercurio, tradicionalmente asociado a esa actividad, ocupa una posición central entre bodegones, símbolos comerciales y referencias a las grandes potencias de la época.
Buena parte de aquella decoración permanece en su sitio. También siguen el mostrador original y numerosos elementos del mobiliario, mientras que en el sótano se encuentra la antigua bodega utilizada como almacén. El establecimiento forma parte del patrimonio de arquitectura comercial de Huesca.
La familia Sanvicente entra en la historia de la tienda
La Confianza pasó por diferentes propietarios hasta que, después de la Guerra Civil, quedó en manos de la familia Sanvicente. Desde entonces, el negocio ha seguido vinculado a la misma saga familiar.
María Jesús creció literalmente alrededor del mostrador. Ha recordado que con apenas ocho años regresaba del colegio y ayudaba a repartir pedidos junto a una de sus hermanas. En aquella época no había aplicaciones de reparto ni sofisticadas estrategias de fidelización. Había un remolque, clientes conocidos y bastante trabajo.
La tienda terminó formando parte de la vida cotidiana de las cuatro hermanas. María Jesús estudió Magisterio, mientras otras hermanas cursaron Enfermería, pero ella acabó tomando las riendas del comercio familiar. Su padre había mantenido una relación aún más obstinada con el oficio: continuó trabajando hasta los 98 años.
A los 81 años, María Jesús sigue detrás del mostrador
La edad de la propietaria es precisamente uno de los elementos que vuelven a situar a La Confianza bajo los focos. A sus 81 años, María Jesús Sanvicente continúa trabajando de forma habitual y asegura que no tiene intención de retirarse.
Su jornada empieza temprano. Antes de abrir, recoge personalmente productos tradicionales de pequeños elaboradores de la zona, entre ellos dulces típicos de Huesca. Después regresa al establecimiento, prepara la tienda y comienza a atender. Hace una pausa para comer y vuelve por la tarde.
No es una presencia simbólica ni la propietaria que aparece de vez en cuando para saludar. Sigue trabajando. En el negocio también están uno de sus hijos y una empleada, y durante los fines de semana colabora una de sus nietas. La continuidad generacional, tan difícil en buena parte del pequeño comercio tradicional, aquí todavía tiene candidatos.
La propia Sanvicente explica que necesita probar buena parte de lo que vende para poder recomendarlo. Es una costumbre que aprendió de su madre y que mantiene con alimentos como las legumbres, los dulces o las frutas de Aragón. El vino y los licores son la excepción.
Una tienda del siglo XIX con datáfono y cámara frigorífica
La Confianza conserva una cantidad poco habitual de elementos originales. Estanterías, cajones de madera, mostrador, suelo y pinturas pertenecen al establecimiento histórico. También permanece una antigua cizalla para cortar bacalao, uno de los productos asociados durante décadas a los ultramarinos tradicionales.
Naturalmente, algo ha cambiado desde 1871. El comercio incorporó electricidad, cámara frigorífica, caja registradora y terminal para pagar con tarjeta. Poco más en comparación con la transformación sufrida por cualquier tienda durante siglo y medio.
El resultado es peculiar: se puede pagar con tarjeta bajo unas pinturas realizadas cuando el ferrocarril todavía estaba extendiéndose por España.
La oferta también se ha adaptado. Al antiguo comercio de productos básicos y mercancías a granel se ha sumado una selección de conservas, chocolates, embutidos, especias, aceites, vinos, frutos secos y especialidades aragonesas. La tienda funciona a la vez como comercio de alimentación y patrimonio vivo de Huesca.
Cuando comprar fiado formaba parte de la vida cotidiana
El comercio que recuerda María Jesús era muy diferente. Durante su juventud, buena parte de las ventas correspondía a productos básicos como azúcar, sal, legumbres o aceite a granel. Muchos clientes tampoco podían pagar inmediatamente.
Las compras se apuntaban en cartillas y las deudas podían mantenerse durante un tiempo. Su padre utilizaba incluso seudónimos para que otras personas no identificaran a quienes tenían dinero pendiente. Era una discreción de barrio bastante anterior a cualquier ley de protección de datos.
Aquella función social del ultramarinos fue desapareciendo a medida que cambiaban el consumo y las ciudades. Llegaron los supermercados, las grandes superficies, las cadenas y, finalmente, la compra por internet. La Confianza tuvo que buscar su propio espacio sin convertirse simplemente en una pieza decorativa.
Parte de ese espacio lo ocupa el turismo. A la clientela habitual se suman visitantes interesados en conocer el establecimiento. Su fama ha rebasado además los límites de Aragón: The New York Times dedicó atención a la tienda en 2006, un episodio que la familia todavía recuerda como uno de los momentos más inesperados de su historia.
El título de ultramarinos más antiguo tiene algún matiz
La Confianza es presentada habitualmente por instituciones turísticas y numerosos medios como el ultramarinos en activo más antiguo de España. Su fundación se sitúa en 1871 y la continuidad del establecimiento en el mismo local es uno de sus principales rasgos.
El título, sin embargo, admite matices. La Mantequería Andrés de Madrid reivindica una fundación en 1870 y también ha sido definida como el ultramarinos más antiguo del país. La diferencia depende en parte de los criterios empleados: fecha de fundación, continuidad comercial, evolución del negocio o conservación del establecimiento original.
Eso no reduce la importancia histórica de La Confianza. Más bien obliga a formularla con precisión. Es uno de los ultramarinos más antiguos que continúan abiertos en España y uno de los pocos que mantiene una parte tan amplia de su configuración del siglo XIX.
Incluso existen documentos que sitúan antecedentes del comercio en 1868, mientras que 1871 es la fecha grabada en el establecimiento y la que figura asociada a su historia comercial. Ese tipo de discrepancias resulta habitual cuando se reconstruye la vida de negocios que han sobrevivido durante más de siglo y medio.
Un mostrador con relevo después de más de siglo y medio
La supervivencia de La Confianza tiene algo menos misterioso de lo que podría parecer. Hay patrimonio, sí, pero también alguien que abre la puerta cada mañana, recibe mercancía, habla con los clientes y vende productos. Sin actividad comercial, el local sería únicamente una pieza histórica.
María Jesús Sanvicente sigue haciendo precisamente eso a los 81 años. Su hijo Víctor participa en el negocio y una de sus nietas ayuda durante los fines de semana. La familia confía en que otra generación pueda continuar cuando llegue el momento, aunque la propietaria actual no parece tener prisa por dejar sitio.
Desde 1871 han cambiado la moneda, las formas de pago, los productos, los hábitos de consumo y prácticamente todo lo que rodea al pequeño comercio. En La Confianza entraron la electricidad, la refrigeración y el datáfono. El mostrador, en cambio, sigue teniendo a alguien detrás.
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