Naturaleza
Una bacteria, bajo lupa tras morir cientos de ballenatos en Argentina
Los científicos investigan una mortandad excepcional de ballenatos en Argentina, con una bacteria y las heridas de gaviotas entre las pistas.
Resumen
- Cientos de ballenatos han muerto en la Patagonia argentina
- Una bacteria aparece en los análisis y centra la investigación
- Las heridas de gaviotas podrían facilitar la entrada de la infección
Cientos de crías de ballena franca austral han muerto durante la temporada de reproducción en la Patagonia argentina, en un episodio excepcional que mantiene movilizados a científicos y autoridades. Los análisis realizados en ballenatos han detectado la bacteria Erysipelothrix rhusiopathiae, asociada a cuadros de septicemia, aunque todavía se investiga por qué la infección ha alcanzado tal gravedad y cómo entra en el organismo de los animales.
Entre las hipótesis que concentran la atención aparece un viejo problema de Península Valdés: los ataques de gaviotas cocineras, que picotean el lomo de las ballenas para alimentarse de su piel y grasa. Las heridas podrían funcionar como puerta de entrada para la bacteria. Eso no significa, al menos con las pruebas disponibles, que las gaviotas sean las responsables directas de la mortandad ni que se haya demostrado que transmitan el microorganismo de una ballena a otra.
Una mortandad muy por encima de lo habitual
La sucesión de animales muertos comenzó a llamar especialmente la atención durante el invierno austral. Desde junio se han encontrado numerosos ballenatos varados en las costas de la provincia argentina de Chubut, donde Península Valdés constituye una de las principales áreas de reproducción de la especie.
La magnitud es lo que ha encendido las alarmas. En 2012 murieron 113 ballenatos, hasta entonces el mayor registro anual documentado en la zona y para la especie. Los datos preliminares de 2026 apuntan a un episodio todavía mayor, aunque los investigadores han pedido prudencia con las cifras definitivas hasta que termine la temporada y puedan eliminarse posibles duplicidades entre varamientos.
No se trata, además, de una población poco estudiada. El Programa de Monitoreo Sanitario de Ballena Franca Austral funciona desde 2003 y ha registrado más de un millar de ballenas muertas hasta 2024, la gran mayoría crías. Las necropsias y las muestras acumuladas durante más de dos décadas permiten comparar lo sucedido este año con una serie histórica excepcionalmente larga.
La bacteria encontrada en los ballenatos
Uno de los principales indicios surgidos de los análisis es la presencia de Erysipelothrix rhusiopathiae. Es una bacteria que puede encontrarse en ambientes marinos y provocar infecciones sistémicas graves cuando consigue penetrar en el organismo.
En los ballenatos examinados esta temporada se ha relacionado su presencia con cuadros de septicemia. La cuestión que falta por resolver es decisiva: cómo se produjo la infección y por qué un microorganismo que no es nuevo en este ecosistema parece haber tenido un impacto tan severo en 2026.
La bacteria ya había aparecido años atrás. Un estudio publicado en 2016 analizó lesiones observadas durante la temporada de 2013 y consiguió aislar E. rhusiopathiae en heridas provocadas por gaviotas en dos ballenatos. Aquella investigación mostró que esas lesiones podían convertirse en una vía de entrada para microorganismos, pero no demostró que las aves hubieran transmitido la bacteria ni que esta hubiese causado la muerte de los animales estudiados.
Es una diferencia importante. La coincidencia resulta llamativa; la relación causal todavía necesita pruebas.
Las gaviotas llevan décadas atacando a las ballenas
El comportamiento de las gaviotas cocineras en Península Valdés no empezó este año. Desde la década de 1970 se observa cómo algunas aves se posan sobre las ballenas que salen a respirar y arrancan pequeños fragmentos de piel y grasa de sus lomos.
Con los años, la conducta se extendió. Estudios de largo plazo mostraron que las lesiones aumentaron con enorme rapidez: mientras en los años setenta solo una pequeña proporción de madres y crías mostraba heridas, en la década de 2000 prácticamente todas las parejas estudiadas presentaban algún tipo de lesión. Los ballenatos terminaron convirtiéndose en el principal blanco.
Por qué los ballenatos son especialmente vulnerables
Las ballenas adultas han desarrollado comportamientos para reducir los ataques. Pueden salir a respirar exponiendo menos superficie del lomo o modificar su postura cuando detectan a las aves. Las crías, en cambio, tienen menos experiencia y son más vulnerables al acoso.
Los ballenatos necesitan emerger con frecuencia, todavía están aprendiendo esos movimientos y muestran una superficie accesible durante más tiempo. El resultado son heridas repetidas, algunas de ellas ampliadas por sucesivos picotazos.
El daño no es únicamente cutáneo. El acoso obliga a madres y crías a modificar sus periodos de descanso, natación y lactancia. Los investigadores llevan años estudiando si ese gasto energético añadido, junto con las lesiones, puede reducir las posibilidades de supervivencia de animales que se encuentran en una fase especialmente delicada de su desarrollo.
Los científicos estudian si las gaviotas transportan la bacteria
La investigación ha entrado ahora en un terreno más específico. No basta con comprobar que una herida puede facilitar una infección. Hay que averiguar dónde está la bacteria, cómo circula por el ecosistema y qué papel desempeña cada especie.
Entre las líneas de trabajo planteadas está el análisis de muestras tomadas a gaviotas para comprobar si portan Erysipelothrix rhusiopathiae. Encontrarla en las aves tampoco demostraría automáticamente que sean el vector responsable, pero ayudaría a reconstruir las posibles rutas de transmisión.
Existe más de una posibilidad. La bacteria podría encontrarse previamente en la piel de las ballenas y penetrar cuando las gaviotas abren una lesión. Las aves podrían transportarla después de entrar en contacto con otros animales infectados. También se estudian otras vías de infección, incluida la ingestión. Precisamente por eso los científicos evitan reducir el episodio a una explicación sencilla antes de disponer de los análisis completos.
Y queda otra cuestión fundamental: qué ha cambiado en 2026. Una bacteria presente desde hace años no explica por sí sola que una temporada resulte extraordinariamente mortífera.
Temperatura del mar, alimento y estado de las madres
Los equipos científicos están examinando factores ambientales capaces de haber favorecido la proliferación bacteriana o debilitado la capacidad de respuesta de los ballenatos. Entre ellos figuran cambios en la temperatura y salinidad del agua, así como posibles alteraciones en la disponibilidad de alimento para las madres.
Las ballenas francas australes llegan a Península Valdés después de alimentarse en latitudes más frías. Durante la crianza dependen de las reservas energéticas acumuladas anteriormente. Si la condición corporal de una madre es peor, la cantidad de energía disponible para la lactancia también puede verse comprometida.
El cambio climático y fenómenos oceanográficos como El Niño forman parte de las variables investigadas, pero no existe de momento una prueba que permita atribuirles directamente la mortandad. Los científicos están tomando también muestras de agua y moluscos en los golfos Nuevo y San José para obtener una imagen más completa del ambiente marino.
Las muertes de ballenas adultas podrían tener otra causa
La situación se ha complicado porque durante la misma temporada también han aparecido ejemplares juveniles y adultos muertos. Los primeros resultados indican que no necesariamente forman parte del mismo fenómeno.
Mientras la bacteria se ha detectado en ballenatos asociados a septicemia, los adultos estudiados no mostraban inicialmente indicios que permitieran relacionarlos con ese mismo cuadro. Entre las hipótesis examinadas para estos animales figuran las floraciones algales nocivas, conocidas popularmente como mareas rojas.
Existe un precedente cercano. En 2022, una floración de algas tóxicas en Golfo Nuevo estuvo relacionada con un episodio de mortalidad de ballenas adultas y juveniles. Las toxinas producidas por determinados microorganismos pueden incorporarse a la cadena alimentaria y terminar afectando a grandes mamíferos marinos.
Mezclar ambos episodios en una única explicación sería, por tanto, prematuro.
Una temporada que obliga a mirar todo el ecosistema
La ballena franca austral estuvo cerca de desaparecer por la caza comercial y su recuperación durante las últimas décadas es uno de los grandes cambios registrados en las aguas de Península Valdés. En 2025 se contabilizaron más de 2.100 ejemplares en la zona, mientras que en 2026 el recuento disponible fue menor y superó los 1.300 individuos.
Una temporada con una elevada mortalidad de crías no implica por sí sola que la población vaya a entrar inmediatamente en declive. Son animales longevos y la mayoría alcanza la madurez reproductiva alrededor de los nueve años, de modo que las consecuencias demográficas necesitan observarse durante periodos largos.
Pero tampoco es un episodio menor. Las necropsias, los análisis microbiológicos, el estudio de las gaviotas y el seguimiento de las condiciones del mar buscan explicar por qué tantos ballenatos han muerto en un mismo año.
Por el momento, la bacteria es la pista más sólida en las crías. Las heridas producidas por las gaviotas son una posible puerta de entrada. Convertir esa posibilidad en una explicación demostrada exige todavía saber cómo circula Erysipelothrix rhusiopathiae entre animales y ambiente y, sobre todo, qué ocurrió esta temporada para que un problema conocido adquiriera unas dimensiones tan poco habituales.
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