Deportes
La muerte de Jesús de Miguel exige algo más que minutos de silencio
Tras la muerte de Jesús de Miguel, el fútbol español se prepara para homenajearlo. El caso plantea una revisión de los contactos y la atención médica.
Imagen: CD Tenerife / Web oficial
Resumen
- Jesús de Miguel murió tras un choque en el Tenerife-Andorra
- El fútbol le rendirá homenaje con silencios y paradas en el minuto 9
- Su muerte exige debatir las reglas del contacto y la atención médica
El fútbol español rendirá homenaje a Jesús de Miguel, delantero del CD Tenerife fallecido el 3 de noviembre a los 30 años después de sufrir un violento choque durante el partido contra el FC Andorra. Habrá minutos de silencio, camisetas especiales, flores, aplausos y partidos detenidos en el minuto 9, el número que llevaba a la espalda. Todo perfectamente organizado. Todo cargado de buenas intenciones. Pero ninguna de esas iniciativas, por respetables que sean, explica qué se hará para reducir el riesgo de que vuelva a ocurrir.
La muerte de un futbolista en plena competición debería obligar a las instituciones deportivas a plantearse algo más que un calendario de homenajes. La Real Federación Española de Fútbol (RFEF), LaLiga y los organismos responsables del reglamento tienen delante una cuestión que no puede resolverse con un comunicado de condolencias: si las actuales normas de juego y los protocolos de seguridad protegen suficientemente la integridad física de los jugadores.
Porque Jesús de Miguel no era únicamente un delantero, un dorsal o un nombre que aparecerá en los videomarcadores durante unos segundos. Era un hombre de 30 años, pareja de María y padre de una niña de apenas 16 meses que crecerá sin él. Una familia ha perdido a alguien irremplazable durante un partido de fútbol. Y resulta difícil aceptar que la respuesta institucional pueda quedarse en recordarlo antes de que vuelva a rodar el balón.
No se trata de despreciar los homenajes. Se trata de comprender sus límites. El duelo no es una medida de prevención. Los aplausos acompañan a las familias, pero no modifican una regla, no corrigen un protocolo y no impiden una colisión peligrosa. Para eso hacen falta decisiones.
El choque que acabó con la vida de Jesús de Miguel
El lunes 2 de noviembre, el Tenerife y el Andorra disputaban los últimos minutos de un encuentro de Segunda División en el estadio Heliodoro Rodríguez López. Jesús de Miguel perseguía un balón dividido cuando el guardameta visitante, Jesús Owono, salió a disputarlo con la pierna elevada.
El impacto alcanzó al delantero en el pecho. El árbitro, Manuel Ángel Pérez Hernández, expulsó al portero con tarjeta roja directa y recogió en el acta que había empleado fuerza excesiva al impactar con la pierna en alto sobre su adversario. De Miguel recibió asistencia sobre el terreno de juego y el encuentro terminó suspendiéndose con empate a dos.
El futbolista fue trasladado al Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria, donde ingresó en estado crítico después de sufrir una parada cardiorrespiratoria. Falleció a las ocho de la mañana del martes, tras un posterior empeoramiento de su estado neurológico.
El juzgado recibió el informe preliminar de la autopsia, cuyo contenido se mantiene reservado oficialmente por respeto a la intimidad del jugador y de su familia. Algunas informaciones apuntan a un traumatismo torácico de carácter accidental, aunque las conclusiones forenses completas no se han hecho públicas y la investigación continúa.
La Policía Nacional investiga las circunstancias de lo sucedido bajo supervisión judicial, incluida la asistencia sanitaria que recibió el jugador. La apertura de estas diligencias es habitual ante una muerte no natural y no supone, por sí misma, que se haya cometido un delito o que existiera negligencia.
Conviene dejarlo claro: exigir cambios no significa condenar anticipadamente a Jesús Owono. Una cosa es establecer las responsabilidades individuales que puedan corresponder y otra, bastante más importante para el futuro, examinar si el fútbol permite situaciones de riesgo que deberían prevenirse mejor.
El fútbol prepara sus homenajes, pero falta una respuesta preventiva
La RFEF, LaLiga y Liga F han acordado dedicar los encuentros del 6 al 9 de noviembre a la memoria de Jesús de Miguel. Los jugadores vestirán camisetas especiales, se realizarán ofrendas florales y se guardará un minuto de silencio.
Los partidos se interrumpirán también en la primera pausa a partir del minuto 9, en referencia al dorsal del delantero. El sábado 7 de noviembre, a las 18.00 horas en Canarias, el Tenerife celebrará un homenaje especial en el Heliodoro Rodríguez López, abierto a sus aficionados.
Se han aplazado asimismo varios encuentros relacionados con los clubes especialmente afectados por la tragedia, entre ellos los compromisos del Tenerife, el Andorra y el Castellón.
Son decisiones comprensibles. La plantilla del Tenerife ha perdido a un compañero. Los futbolistas del Andorra han presenciado una situación terrible. Sería absurdo exigirles que afrontaran inmediatamente la competición como si no hubiera sucedido nada.
El problema es otro: el comunicado conjunto que detalla los homenajes no anuncia una revisión de las normas de contacto ni un procedimiento técnico específico para estudiar cómo prevenir lesiones semejantes.
Y ahí aparece una contradicción difícil de justificar. Para organizar una ceremonia, el fútbol encuentra rápidamente la manera de reunir a sus instituciones. Para analizar el peligro de determinadas acciones, en cambio, debería mostrar la misma iniciativa, aunque las conclusiones sean complejas y requieran meses de trabajo.
No basta con decir que el deporte entraña riesgos. Eso es evidente. También los entrañan conducir, trabajar en la construcción o participar en una competición de motor. Precisamente por eso existen medidas de seguridad que se revisan cuando se detectan peligros.
El fútbol no tendría por qué ser diferente.
Las reglas del contacto necesitan una revisión seria
El reglamento del fútbol ya contempla las entradas temerarias, el uso de fuerza excesiva y las acciones que ponen en peligro la integridad física del adversario. La Ley 12, que regula las faltas y la conducta incorrecta, establece sanciones para ese tipo de comportamientos.
Es decir, no existe un vacío reglamentario absoluto. La acción de Owono fue castigada por el árbitro, que consideró excesiva la fuerza empleada.
Pero una expulsión sirve para sancionar una conducta. No necesariamente para impedir que vuelva a producirse.
La cuestión de fondo es si determinadas acciones, especialmente aquellas en las que un futbolista se lanza con la rodilla o la pierna elevada hacia el cuerpo de otro, necesitan criterios más estrictos de interpretación y prevención.
Un portero debe poder salir a disputar el balón. Un delantero debe poder intentar rematarlo. Ambos aceptan un nivel razonable de contacto físico. Lo que no debería asumirse automáticamente es que cualquier forma de contacto resulta admisible por el simple hecho de estar disputando la pelota.
Proteger el pecho y la cabeza sin convertir el fútbol en otro deporte
Prohibir indiscriminadamente los contactos por encima de determinada altura podría generar problemas enormes de aplicación. El fútbol utiliza la cabeza, permite la disputa aérea y necesita cierto contacto corporal.
Pero entre prohibirlo todo y no modificar nada existe un espacio considerable para actuar.
Podría estudiarse una limitación más precisa del uso de rodillas y piernas elevadas en determinadas disputas, especialmente cuando exista riesgo de impacto contra la cabeza, el cuello o el tórax de un adversario.
También convendría analizar si las salidas de los porteros reciben una interpretación suficientemente rigurosa cuando ponen en peligro a otro futbolista. La protección del guardameta dentro de su área no puede confundirse con una autorización para utilizar cualquier parte del cuerpo de cualquier manera.
No son propuestas para aprobar precipitadamente. Son materias concretas de estudio que merecen la atención de especialistas en traumatología, medicina deportiva, biomecánica, arbitraje y seguridad.
La RFEF no puede modificar unilateralmente las reglas internacionales del fútbol. Esa competencia corresponde a la International Football Association Board (IFAB). Pero sí puede promover propuestas de revisión, solicitar estudios y examinar los criterios arbitrales y las medidas de prevención dentro de sus competencias.
Hay mecanismos institucionales para hacerlo. Falta saber si se utilizarán.
La atención sanitaria también merece una investigación exhaustiva
La muerte de Jesús de Miguel ha abierto otro debate imprescindible: la respuesta médica ante una emergencia grave durante un partido.
La investigación judicial examina tanto las circunstancias del choque como la atención que recibió el delantero, los medios disponibles y los procedimientos de evacuación.
Eso no significa que se haya demostrado una actuación incorrecta. Sería injusto afirmar que los sanitarios pudieron salvarlo sin disponer de las conclusiones médicas definitivas. Tampoco puede sostenerse que un determinado cambio de protocolo habría evitado su fallecimiento.
Pero investigar los tiempos de respuesta, los equipos de reanimación y los procedimientos médicos es una obligación razonable después de una tragedia de esta magnitud.
Un impacto fuerte en el tórax puede ocasionar lesiones gravísimas. Entre las emergencias conocidas existe el commotio cordis, una alteración eléctrica del corazón desencadenada por un golpe torácico en un momento concreto del ciclo cardíaco. No está acreditado que ese fuera el mecanismo de la muerte de De Miguel, y sería prematuro atribuírselo.
Lo que sí se conoce es la importancia de la reanimación cardiopulmonar inmediata y del acceso rápido a un desfibrilador ante determinadas paradas cardíacas.
La seguridad médica de una competición profesional no debería medirse exclusivamente por la presencia de ambulancias y sanitarios. Importa también el tiempo de intervención, la coordinación del personal, el equipamiento disponible y la capacidad de reaccionar ante situaciones excepcionales.
Una revisión independiente permitiría determinar qué funcionó correctamente, qué podría mejorarse y qué procedimientos deberían reforzarse en todos los estadios, sin adelantar juicios sobre las personas que intervinieron aquella tarde.
Una niña de 16 meses y una responsabilidad que va más allá del marcador
Detrás de la tragedia hay una dimensión humana que ningún homenaje puede abarcar.
Jesús de Miguel tenía 30 años. Su pareja, María, y la hija de ambos, Carla, de un año y cuatro meses, estaban en el estadio cuando se produjo el choque.
Una niña de 16 meses se ha quedado sin su padre. Su madre tendrá que afrontar una ausencia definitiva, mientras la familia intenta reconstruir una vida que ha cambiado por completo.
El delantero del Hércules Fran Sol ha impulsado una campaña de recaudación para ayudar económicamente a sus familiares. Es un gesto solidario que demuestra que el fútbol también sabe movilizarse cuando alguien necesita apoyo real.
Esa solidaridad merece reconocimiento. Pero la ayuda económica, como los minutos de silencio, responde a las consecuencias de una tragedia. No elimina las causas ni reduce por sí misma los riesgos del siguiente partido.
Conviene recordarlo porque el fútbol profesional mueve cantidades extraordinarias de dinero, cuenta con estructuras médicas, comités técnicos, asesores jurídicos y organismos internacionales capaces de intervenir en casi cualquier aspecto de la competición.
No parece desproporcionado pedir que destine parte de esos recursos a estudiar cómo reducir los riesgos de lesiones mortales.
Nadie puede garantizar un fútbol sin accidentes. Ninguna normativa puede eliminar por completo el peligro de un choque fortuito. Pero esa imposibilidad no justifica renunciar a mejorar la seguridad.
De hecho, debería ser el principal argumento para intentarlo.
El mejor homenaje sería evitar otra tragedia
El fútbol español despedirá a Jesús de Miguel con todos los honores. Después, los estadios volverán a llenarse, los árbitros pitarán el inicio de los partidos y la competición recuperará su rutina.
Es lo normal. El deporte debe continuar.
Lo que no sería normal es que, una vez terminados los homenajes, las instituciones dieran por concluida su responsabilidad.
La Federación debería impulsar una revisión técnica de las acciones de contacto más peligrosas, examinar con expertos los mecanismos de lesión, analizar los protocolos sanitarios y trasladar a los organismos internacionales las propuestas que resulten necesarias. Sus conclusiones y las medidas adoptadas deberían conocerse públicamente, respetando siempre la intimidad de la familia y la investigación judicial.
Tal vez los especialistas determinen que algunas normas actuales son adecuadas y que el problema está en su aplicación. Tal vez encuentren margen para introducir restricciones concretas. Puede que recomienden modificar procedimientos sanitarios o reforzar la formación de jugadores y árbitros.
Cualquiera de esas conclusiones sería más útil que limitarse a cruzar los dedos para que no vuelva a pasar.
Porque hay una diferencia fundamental entre aceptar que el riesgo cero no existe y resignarse a que no se puede hacer nada.
Jesús de Miguel murió mientras practicaba su profesión. Su hija crecerá sin su padre. Y el fútbol tiene la oportunidad de demostrar que comprende la gravedad de lo ocurrido más allá del protocolo de condolencias.
El sábado habrá flores, recuerdos y aplausos. Después llegará otro partido. Y otro más.
Una tarjeta roja no devuelve una vida. Un minuto de silencio tampoco protege la siguiente.
Si el fútbol quiere honrar verdaderamente la memoria de Jesús de Miguel, debe empezar por preguntarse qué puede cambiar y reunir a quienes saben cómo hacerlo.
Porque recordar a quien ha muerto es necesario. Intentar que no vuelva a ocurrir debería serlo todavía más.
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