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La psicología explica por qué algunas personas recogen basura ajena

Recoger basura ajena no es solo una cuestión de limpieza. La psicología investiga cómo influyen la responsabilidad social y el sentido de comunidad.

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por qué algunos recogen basura ajena

Resumen

  • Recoger basura ajena puede reflejar responsabilidad social, no solo limpieza
  • Un estudio analizó los motivos de 547 adultos que recogían residuos
  • El gesto no permite deducir la empatía ni la personalidad de alguien

Recoger una botella, un papel o un envoltorio que otra persona ha tirado al suelo puede parecer un simple gesto de limpieza. Sin embargo, la psicología ambiental relaciona este comportamiento con algo más profundo: el sentido de responsabilidad social, la preocupación por el entorno y la disposición a cuidar espacios que pertenecen a todos.

Quienes recogen basura que no es suya pueden haber interiorizado una idea bastante sencilla: no hace falta ser responsable de un problema para contribuir a solucionarlo. Las investigaciones sobre conducta ambiental apuntan a que el sentimiento de pertenencia a una comunidad y las normas personales influyen en estas decisiones. Eso no significa que un gesto aislado permita conocer la personalidad de alguien, pero sí ayuda a comprender por qué unas personas intervienen y otras siguen caminando.

La cuestión ha ganado atención a raíz de varias publicaciones que presentan esta costumbre como una señal de civismo y compromiso colectivo. La explicación científica es más matizada. Recoger residuos ajenos puede responder a distintas motivaciones, desde la conciencia ambiental hasta la incomodidad que produce encontrar basura en un parque o una calle. Y existe investigación específica que permite distinguirlas.

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Un estudio con 547 adultos explica por qué recogen basura ajena

Una investigación publicada en junio de 2025 en la revista científica Sustainable Environment examinó las motivaciones de 547 adultos australianos que recogían residuos mientras paseaban, corrían o realizaban actividades al aire libre.

El trabajo, desarrollado por investigadores de la Universidad Central de Queensland, encontró tres motivaciones recurrentes: la responsabilidad social, la preocupación por el medioambiente y la influencia de otras personas. Un 80 % de los participantes afirmaba recoger basura habitualmente, al menos entre una y tres veces por semana.

El dato necesita contexto. Los investigadores encuestaron a personas que ya practicaban esta actividad, de modo que los resultados no permiten afirmar que ocho de cada diez ciudadanos recojan basura. Lo que sí muestran es que, entre quienes mantienen esa costumbre, existen motivaciones que van más allá de querer ver limpio un lugar.

La responsabilidad compartida y el ejemplo de los demás

Los participantes mencionaron su preocupación por la contaminación de los espacios naturales y los daños que los residuos pueden causar a los animales. Algunos también reconocieron sentimientos de enfado o malestar al encontrar basura abandonada.

Otra conclusión interesante fue la relación entre este hábito y la experiencia comunitaria. Las personas que habían participado anteriormente en actividades colectivas de limpieza tenían más probabilidades de recoger residuos con regularidad.

El comportamiento, por tanto, no depende exclusivamente de un rasgo individual. También puede aprenderse observando a otros, participando en iniciativas vecinales o desarrollando una relación más estrecha con los espacios que se utilizan habitualmente.

La psicología distingue entre no ensuciar y limpiar lo que otros dejan

Evitar tirar basura y recoger la que ha abandonado otra persona son conductas relacionadas, pero no idénticas.

Una investigación publicada en 2020 en el Journal of Environmental Psychology, realizada por Sonny Rosenthal y Kang Leng Ho, estudió precisamente esa diferencia mediante una encuesta a 1.400 residentes de Singapur.

Los investigadores distinguieron entre las acciones destinadas a reducir el impacto ambiental propio, como no tirar residuos al suelo, y aquellas que buscan corregir las consecuencias de las acciones ajenas, como recoger basura abandonada.

Los resultados mostraron que las normas morales personales estaban relacionadas con el primer tipo de comportamiento, mientras que las emociones negativas anticipadas ante los problemas de basura en la comunidad ayudaban a explicar el segundo. También encontraron una relación entre estas motivaciones y el sentimiento de pertenencia comunitaria.

La diferencia es importante. Una persona puede tener muy interiorizada la obligación de no ensuciar y, aun así, no sentirse responsable de retirar los desperdicios de los demás. Otra puede considerar que intervenir es una forma razonable de cuidar un lugar que utiliza y comparte con sus vecinos.

En psicología, esta segunda conducta puede interpretarse como una manifestación de comportamiento prosocial, es decir, una acción que beneficia a otras personas o al conjunto de la comunidad. No necesita una recompensa económica ni un reconocimiento público.

El entorno influye en cómo nos comportamos con la basura

El estado de limpieza de un espacio también puede modificar las decisiones individuales.

La psicología social lleva décadas estudiando las llamadas normas descriptivas, que son las ideas que nos formamos sobre lo que hacen habitualmente los demás. Si una persona encuentra un parque cuidado, puede interpretar que mantenerlo limpio es la conducta habitual de quienes lo utilizan.

Las normas prescriptivas funcionan de otra manera: se refieren a lo que socialmente se considera correcto, independientemente de lo que haga la mayoría.

Esta distinción se ha estudiado mediante experimentos sobre el abandono de residuos. En 2021, un trabajo publicado en el Journal of Environmental Psychology, con 1.798 participantes distribuidos entre distintos experimentos, encontró que las personas tiraban menos basura en los entornos limpios que en los espacios donde ya había residuos acumulados. No obstante, algunos resultados de investigaciones anteriores no pudieron reproducirse, lo que obliga a evitar explicaciones demasiado simples.

Una calle limpia, por sí sola, no garantiza el civismo. Pero el aspecto del entorno transmite información sobre las conductas que parecen habituales y aceptadas.

Recoger basura no demuestra que alguien sea más empático

Las publicaciones que atribuyen cualidades psicológicas concretas a quienes recogen residuos suelen ir un paso más allá de lo que permiten afirmar los estudios.

No existe una prueba científica que permita deducir automáticamente que una persona es más empática, generosa, responsable o emocionalmente madura porque se agache a recoger una lata.

La empatía puede intervenir cuando existe preocupación por las consecuencias de la basura para otras personas, pero no es la única explicación. También pueden influir los hábitos adquiridos durante la infancia, la educación ambiental, la sensibilidad ante la suciedad o el deseo de conservar un lugar agradable.

Tampoco sería correcto interpretar que quien no recoge basura carece de responsabilidad social. Puede no haber visto el residuo, tener prisa, desconfiar de su estado higiénico o considerar que no debe tocar determinados objetos.

La propia investigación sobre estas conductas reconoce que las motivaciones son diversas y que las relaciones estadísticas no permiten establecer automáticamente relaciones de causa y efecto.

De ahí que resulte excesivo convertir una costumbre cotidiana en una especie de examen de personalidad. Las acciones ofrecen información sobre una persona, pero su significado depende del contexto.

Cuidar los espacios comunes también exige responsabilidad pública

La disposición a recoger basura ajena tiene una dimensión colectiva evidente. Un residuo retirado de una zona verde, una acera o una playa deja de permanecer allí, con independencia de quién lo haya abandonado.

Eso no convierte a los ciudadanos en responsables de sustituir a los servicios municipales de limpieza.

La existencia de papeleras suficientes, su mantenimiento, la recogida de residuos y la vigilancia de los vertidos siguen siendo funciones esenciales de la gestión pública. Y la responsabilidad principal de no ensuciar corresponde, naturalmente, a quien genera la basura.

También hay límites prácticos. Recoger un envoltorio o una botella no equivale a manipular cristales rotos, jeringuillas u otros residuos potencialmente peligrosos. En estos casos, evitar el contacto y avisar al servicio correspondiente es una decisión más prudente.

La aportación de la psicología está en explicar por qué algunas personas deciden implicarse voluntariamente en problemas que no han provocado. Los estudios encuentran relaciones con el compromiso ambiental, las normas personales y el vínculo comunitario, aunque ninguna de ellas permite establecer un perfil psicológico universal.

Recoger basura que no es propia puede ser, sencillamente, una manera de entender la convivencia: reconocer que los espacios compartidos requieren cuidados compartidos, sin olvidar que no todas las responsabilidades corresponden a todos por igual.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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