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Trump suspende sanciones y aranceles del 500% a Rusia: Moscú celebra
Trump deja en suspenso nuevas sanciones y aranceles contra Rusia, incluido el gravamen del 500%, mientras Moscú celebra el giro de Washington.
Imagen: Kremlin.ru / Presidential Press and Information Office / CC BY 4.0.
Resumen
- Trump suspende las nuevas sanciones y aranceles previstos contra Rusia
- El paquete incluía un gravamen del 500% sobre determinados bienes rusos
- Las sanciones anteriores de Estados Unidos contra Moscú siguen vigentes
Donald Trump ha dejado en suspenso buena parte del nuevo paquete de sanciones y aranceles contra Rusia aprobado por Estados Unidos para aumentar la presión económica sobre Moscú por la guerra de Ucrania. La decisión frena antes de su aplicación algunas de las medidas más contundentes del llamado Graham Act, entre ellas gravámenes contra productos rusos y contra países que continúen comprando petróleo y gas al Kremlin.
El alcance es considerable, pero conviene ponerle apellido. Trump no ha eliminado todas las sanciones contra Rusia. Las restricciones impuestas anteriormente mediante otros instrumentos continúan vigentes. Lo que Washington congela son nuevas penalizaciones concebidas para elevar de manera drástica el coste de mantener determinadas relaciones comerciales y energéticas con Moscú.
La Casa Blanca justifica la excepción apelando al interés nacional de Estados Unidos. En la práctica, la decisión rebaja una amenaza económica que no solo afectaba a empresas rusas: podía golpear también a grandes economías que siguen importando hidrocarburos rusos y abrir otro frente comercial de enormes dimensiones.
Trump congela el golpe económico previsto contra Rusia
La medida presidencial tiene una peculiaridad que resume bastante bien el momento político: Washington dispone de nuevos aranceles especialmente duros, pero decide no aplicarlos de momento. Entre ellos figuraba un gravamen adicional del 500% sobre determinados bienes procedentes de Rusia, una cifra de escala casi prohibitiva que habría reducido radicalmente la viabilidad comercial de esas importaciones.
El paquete también contemplaba un arancel adicional del 100% sobre bienes procedentes de grandes compradores de petróleo y gas rusos si continuaban realizando nuevas adquisiciones. Otro gravamen semejante podía alcanzar a países considerados importantes facilitadores de la evasión de las sanciones petroleras.
La arquitectura de la norma iba bastante más lejos, por tanto, que una simple subida de aranceles sobre productos rusos. El objetivo era atacar el circuito internacional que permite a Moscú vender sus hidrocarburos, obtener divisas y conservar una fuente decisiva de ingresos pese al amplio régimen de sanciones levantado desde el inicio de la guerra.
Trump ha utilizado las facultades presidenciales disponibles para conceder excepciones y suspender esa nueva capa de presión. La amenaza no desaparece jurídicamente. Queda guardada en el cajón, por decirlo de forma sencilla, y Washington conserva la posibilidad de recuperarla si cambia el contexto político o diplomático.
China e India esquivan una amenaza comercial enorme
La decisión tiene consecuencias que desbordan ampliamente las relaciones entre Washington y Moscú. El Graham Act estaba construido, en buena medida, como un mecanismo de presión secundaria: no se limitaba a castigar directamente a Rusia, sino que amenazaba con imponer fuertes costes comerciales a terceros países que siguieran comprando su energía.
China e India estaban entre los actores potencialmente más expuestos. Ambos mercados tienen un peso central en las exportaciones energéticas rusas y las sanciones secundarias podían obligar a gobiernos y empresas a calcular cuánto compensaba mantener determinadas operaciones con Moscú frente al riesgo de sufrir represalias comerciales estadounidenses.
La suspensión elimina, al menos temporalmente, la perspectiva de que la estrategia contra Rusia desencadene otro gran choque arancelario con Asia. Y ahí aparece el reverso: cuanto menor sea la presión sobre quienes compran hidrocarburos rusos, más margen conserva el Kremlin para colocar petróleo y gas fuera de los mercados occidentales.
El petróleo pesa sobre la decisión de Washington
Trump ha fundamentado formalmente su decisión en el interés nacional. El contexto energético ayuda a entender por qué ese concepto tiene bastante recorrido. Estados Unidos necesita vigilar los precios internacionales del petróleo y cualquier medida capaz de retirar barriles rusos del mercado mundial puede terminar trasladándose a los combustibles que pagan los consumidores.
Las nuevas sanciones podían reducir o complicar todavía más la llegada del crudo ruso a los mercados. Menos oferta disponible, más fricciones comerciales, transporte más caro. Una combinación incómoda cuando la energía vuelve a ocupar un lugar central en la política estadounidense y el precio de la gasolina sigue siendo uno de esos indicadores que el ciudadano ve sin necesidad de abrir una hoja de cálculo.
La Administración Trump se encuentra así ante un equilibrio difícil: mantener la presión económica sobre Moscú sin provocar efectos secundarios demasiado costosos en Estados Unidos o entre sus principales socios comerciales. El problema es conocido. Las sanciones energéticas pueden hacer daño al vendedor, pero también alterar el precio que paga el comprador.
La congelación de estos aranceles encaja precisamente en esa tensión. Washington conserva una poderosa herramienta contra Rusia, aunque evita utilizarla mientras evalúa el impacto económico de un movimiento que habría tenido ramificaciones mucho más amplias que el comercio bilateral entre ambos países.
Moscú celebra un momento “histórico”
La reacción rusa ha sido inequívoca. Kirill Dmitriev, enviado económico de Vladímir Putin y una de las figuras visibles de los contactos entre Moscú y Washington, calificó la suspensión como un momento “verdaderamente histórico”.
Su lectura resulta bastante transparente: la aplicación completa de las nuevas medidas podía haber reducido aún más las relaciones económicas entre Rusia y Estados Unidos y, sobre todo, complicado seriamente las operaciones comerciales rusas con terceros países. La decisión de Trump evita por el momento ese escenario.
La satisfacción de Moscú refleja hasta qué punto preocupaban las sanciones secundarias. Las medidas tradicionales pueden bloquear bancos, compañías, bienes o individuos concretos. Las secundarias funcionan de una manera distinta: fuerzan a un tercer actor a decidir si comerciar con Rusia compensa el riesgo de enfrentarse a Estados Unidos.
Ahí reside buena parte de su potencia. Una compañía puede no tener relación directa con Washington y, aun así, depender del dólar, de bancos internacionales, de proveedores estadounidenses o del acceso a ese mercado. Cuando aparece la amenaza de quedar fuera, las cuentas cambian rápido.
Zelenski rechaza el alivio de la presión sobre Putin
En Kiev, naturalmente, la lectura es la contraria. Volodímir Zelenski considera que reducir la presión económica sobre Rusia puede ofrecer más margen financiero al Kremlin mientras la guerra continúa y Moscú mantiene sus ataques sobre territorio ucraniano.
Para Ucrania, el valor de las nuevas sanciones estaba precisamente en su capacidad para golpear una de las grandes arterias de la economía rusa: los ingresos procedentes de los hidrocarburos. El petróleo y el gas siguen siendo esenciales para la entrada de divisas y para la financiación del presupuesto ruso.
La discrepancia entre Washington y Kiev no es únicamente económica. También afecta a la estrategia con la que cada Gobierno considera posible modificar los cálculos de Vladímir Putin. Ucrania insiste en que una presión mayor puede reducir la capacidad rusa de sostener el conflicto; Trump ha mostrado una mayor disposición a combinar presión, negociación y excepciones cuando considera que sirven a los intereses estadounidenses.
Todo ocurre, además, mientras los ataques contra la infraestructura energética ucraniana siguen formando parte del conflicto. Con los meses fríos acercándose, centrales, subestaciones y redes de distribución vuelven a adquirir una importancia que ya no es solo militar: afecta directamente a millones de hogares y a la capacidad económica del país.
Las sanciones estadounidenses anteriores siguen vigentes
Hay una diferencia esencial entre suspender la aplicación de las nuevas medidas y normalizar económicamente las relaciones con Moscú. Estados Unidos mantiene otras sanciones anteriores contra Rusia, incluidas restricciones impuestas a empresas, bancos, personas y sectores vinculados al Estado ruso.
La excepción anunciada por Trump no elimina automáticamente ese entramado ni libera a quienes ya estaban incluidos en regímenes anteriores. Por eso, hablar de un levantamiento completo de las sanciones sería incorrecto. Lo que cambia es la entrada en vigor de una nueva capa de presión económica especialmente agresiva.
La distinción importa. Una cosa es desmontar el muro; otra, bastante distinta, es decidir que no se colocarán todavía los ladrillos que estaban preparados para hacerlo más alto. El régimen sancionador continúa, aunque Rusia acaba de esquivar una de las ampliaciones más duras que tenía delante.
Un giro que cambia la presión económica sobre Moscú
La decisión de Trump deja una situación poco habitual. Estados Unidos dispone de instrumentos capaces de aumentar considerablemente la presión sobre los ingresos energéticos rusos, pero su aplicación efectiva queda suspendida por decisión presidencial.
Para Moscú significa aire económico y una amenaza comercial menos sobre los países que compran sus hidrocarburos. Para China e India reduce temporalmente el riesgo de verse atrapadas en aranceles extraordinarios vinculados a esas adquisiciones. Para Ucrania supone perder, al menos por ahora, una herramienta que podía haber elevado considerablemente el coste internacional de comerciar con Rusia.
Para Trump, en cambio, la maniobra permite evitar un choque comercial potencialmente enorme mientras intenta controlar los efectos de cualquier nueva restricción sobre los mercados energéticos. El precio político existe: Washington deberá gestionar la contradicción entre endurecer sobre el papel la presión contra Moscú y, acto seguido, aplazar buena parte de ese endurecimiento.
Las nuevas sanciones siguen disponibles. También los aranceles. Lo que ha cambiado es la voluntad inmediata de utilizarlos. En una guerra económica que se libra entre pozos petrolíferos, bancos, cargueros, refinerías y despachos presidenciales, esa diferencia puede ser enorme: Rusia conserva margen para vender energía y Estados Unidos mantiene la amenaza preparada para otro momento.
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