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Historia

El túnel romano de Claudio fue récord mundial durante casi 1.800 años

El túnel de Claudio atravesó 5,6 kilómetros de montaña tras 11 años de obras y 30.000 trabajadores; Roma lo inauguró con una naumaquia colosal.

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El túnel romano de Claudio

Por Marica Massaro - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons

Resumen

  • Roma excavó 5,6 kilómetros de túnel bajo los Apeninos con 30.000 hombres
  • Las obras duraron 11 años y buscaban controlar las aguas del lago Fucino
  • Claudio inauguró la obra con una naumaquia de 19.000 condenados

Hace casi dos milenios, cuando una excavadora era poco más que una fantasía imposible, Roma abrió unos 5,65 kilómetros de túnel bajo una montaña para controlar las aguas del lago Fucino, en los Apeninos italianos. La obra, impulsada por el emperador Claudio en el siglo I, necesitó 11 años y alrededor de 30.000 trabajadores. Durante cerca de 1.800 años, ninguna galería construida por el ser humano superó aquella longitud.

La hazaña tuvo, además, un epílogo muy romano. Para celebrar la apertura del conducto en el año 52, Claudio convirtió el propio lago en escenario de una gigantesca batalla naval con 19.000 condenados, trirremes y cuadrirremes, soldados vigilando las orillas y una multitud contemplando el espectáculo desde las laderas. Ingeniería hidráulica, propaganda imperial y sangre mezcladas en un mismo paisaje. Difícil encontrar una postal más fiel del poder de Roma.

El problema que Roma quiso resolver bajo una montaña

El lago Fucino ocupaba una gran cuenca de los Apeninos centrales, en la actual región italiana de los Abruzos. Era un lago endorreico, es decir, carecía de una salida natural suficiente para evacuar sus aguas. Su nivel podía variar considerablemente y las crecidas inundaban campos y terrenos próximos.

Para Roma aquello no era únicamente un problema hidráulico. Había tierras agrícolas potencialmente valiosas alrededor del lago y una población expuesta a unas aguas caprichosas. Rebajar y controlar el nivel permitiría limitar las inundaciones y recuperar superficie cultivable.

Claudio decidió afrontar una obra de una escala extraordinaria: comunicar el Fucino con la cuenca del río Liri atravesando el monte Salviano.

No había tuneladoras. Ni explosivos industriales. Ni motores eléctricos capaces de mover toneladas de roca. Había herramientas manuales, sistemas de elevación, conocimientos topográficos y, sobre todo, una cantidad gigantesca de trabajo humano.

El resultado fue un emisario subterráneo de aproximadamente 5.650 metros. La construcción comenzó hacia el año 41 y se prolongó durante once años.

Treinta mil trabajadores y kilómetros excavados a mano

Suetonio dejó uno de los testimonios más contundentes sobre la magnitud del proyecto: habló de 30.000 hombres trabajando durante once años. La cifra debe leerse con la prudencia habitual ante las fuentes antiguas, pero encaja con la extraordinaria escala de una infraestructura que necesitaba abrir numerosos frentes simultáneos.

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La montaña no se atacó únicamente desde dos extremos. Los romanos utilizaron pozos verticales y galerías auxiliares que permitían acceder a distintos puntos del trazado, retirar el material excavado, introducir herramientas y facilitar la ventilación. Algunos pozos alcanzaban profundidades enormes.

Excavar sin perder la dirección

Ahí estaba uno de los grandes problemas. Romper roca es duro; romperla durante kilómetros y conseguir que diferentes equipos terminen formando una misma conducción es otra cosa.

Los ingenieros romanos disponían de instrumentos de medición relativamente simples, pero dominaban la agrimensura, las pendientes y la nivelación. Plomadas, alineaciones y mediciones realizadas desde la superficie permitían mantener el rumbo del túnel mientras decenas de grupos perforaban la montaña.

El margen para equivocarse era pequeño. El agua debía circular por gravedad, de modo que una pendiente mal calculada podía convertir años de trabajo en una monumental galería inútil.

Y algo de eso ocurrió.

La inauguración dejó al descubierto los fallos del túnel

Cuando llegó el momento de abrir el emisario, la obra no respondió exactamente como Claudio esperaba. Los relatos antiguos señalan que el conducto no se había excavado a suficiente profundidad respecto al nivel del lago, por lo que hubo que realizar nuevas intervenciones para rebajarlo.

El sistema funcionó, pero no logró vaciar completamente el Fucino.

Hubo incluso un segundo susto de proporciones imperiales. Tras nuevas obras se organizó un banquete cerca de la salida del agua. Cuando se permitió el paso del caudal, la violencia de la corriente dañó estructuras próximas y provocó el pánico entre los asistentes.

La escena tiene algo casi cinematográfico: años de ingeniería, el emperador presente, invitados alrededor de las mesas y, de repente, una masa de agua irrumpiendo con estruendo. Roma sabía construir monumentos para la eternidad; controlar un lago de semejante tamaño resultaba bastante menos obediente.

Con el tiempo, el emisario fue reparado y mejorado bajo emperadores posteriores, entre ellos Trajano y Adriano. Durante siglos contribuyó a regular las aguas, aunque necesitaba mantenimiento constante. Al deteriorarse el sistema y obstruirse progresivamente, el Fucino recuperó buena parte de su extensión.

La batalla naval de Claudio reunió a 19.000 condenados

Antes de abrir el túnel en el año 52, Claudio quiso convertir la inauguración en un espectáculo digno del emperador. Organizó una naumaquia, una representación de combate naval a escala gigantesca, directamente sobre las aguas del Fucino.

Los relatos de la época cifran en 19.000 los combatientes movilizados. Eran condenados, no marineros participando en una demostración inocente. Se utilizaron trirremes y cuadrirremes, mientras unidades pretorianas rodeaban parte del escenario para impedir fugas. Las colinas y las orillas funcionaron como las gradas naturales de un anfiteatro descomunal.

Claudio presidió el espectáculo junto a Agripina. Las fuentes describen barcos maniobrando, armas, tropas apostadas alrededor del lago y una multitud llegada tanto de poblaciones próximas como de Roma.

El verdadero origen de «los que van a morir te saludan»

De aquel espectáculo procede también una de las frases más famosas asociadas a la antigua Roma.

Según la tradición conservada sobre el episodio, los condenados saludaron al emperador antes de combatir con la fórmula «Ave, imperator, morituri te salutant», tradicionalmente traducida como «Salve, emperador, los que van a morir te saludan».

El cine acabaría convirtiéndola en una especie de saludo habitual de los gladiadores. La realidad histórica es bastante más interesante: no existen pruebas de que fuera una fórmula rutinaria de los gladiadores. El episodio del Fucino es el gran testimonio antiguo que la hizo célebre y quienes la pronunciaron eran condenados destinados a aquella batalla naval.

El relato cuenta incluso que Claudio respondió de una manera ambigua que podía entenderse como «o quizá no». Los combatientes interpretaron aquello como un posible indulto y se resistieron inicialmente a luchar. El emperador terminó obligándolos a continuar mediante amenazas y promesas.

La batalla se celebró. Hubo muertos y heridos, aunque las crónicas sostienen que, después del derramamiento de sangre, los supervivientes fueron librados de continuar la matanza.

Un récord romano que sobrevivió hasta el ferrocarril

Lo verdaderamente excepcional del emisario del Fucino aparece cuando se coloca su longitud sobre una línea temporal.

Una galería excavada en el siglo I alcanzó aproximadamente 5,65 kilómetros y durante muchos siglos permaneció sin un rival capaz de superar semejante distancia. Hubo que esperar a la revolución industrial y a las grandes perforaciones ferroviarias del siglo XIX para dejar atrás aquella marca.

El salto definitivo llegó con el túnel ferroviario del Fréjus, también conocido históricamente como túnel del Mont Cenis, entre Francia e Italia. Inaugurado en 1871, superaba los 13 kilómetros y pertenecía ya a otro universo tecnológico: perforadoras mecánicas, explosivos y una ingeniería industrial que Roma jamás pudo imaginar.

La comparación resulta brutal. Entre ambos túneles transcurrieron alrededor de 1.800 años.

No significa que la tecnología romana permaneciera insuperada en todos los aspectos durante ese periodo, pero sí ayuda a medir la escala extraordinaria del proyecto de Claudio. Cinco kilómetros y medio bajo tierra siguen siendo una distancia considerable en el siglo XXI. Hacerlos con los recursos disponibles hace dos milenios coloca la obra entre las grandes infraestructuras hidráulicas de la Antigüedad.

El lago que Claudio no consiguió vencer desapareció en 1875

El propósito original tampoco terminó con Roma. Siglos después de que el viejo emisario dejara de funcionar correctamente, el Fucino seguía planteando el mismo problema: enormes oscilaciones de agua y tierras fértiles alrededor de una cuenca sin desagüe natural eficaz.

En el siglo XIX, Alessandro Torlonia retomó a gran escala la idea que había obsesionado a los romanos. Las obras modernas comenzaron en 1854 y aprovecharon parcialmente el trazado concebido muchos siglos antes, aunque con un emisario de mayores dimensiones y capacidad.

Esta vez el objetivo no era simplemente controlar el nivel.

Era hacer desaparecer el lago.

El vaciado quedó completado en 1875, después de una transformación hidráulica que convirtió el antiguo fondo del Fucino en una extensa llanura agrícola. El nuevo túnel superaba los seis kilómetros y sustituyó en buena medida la infraestructura romana.

Donde antes había agua apareció una enorme superficie cultivable, surcada después por canales, carreteras y explotaciones agrícolas. El paisaje actual del Fucino es, literalmente, el suelo de un antiguo lago.

Una montaña perforada dos mil años antes de las tuneladoras

Quedan restos de aquella primera infraestructura, pozos, accesos y galerías asociados a los llamados Túneles de Claudio. No son únicamente una curiosidad arqueológica. Conservan la huella de un problema que todavía reconoce cualquier ingeniero: cómo mover agua, atravesar roca, mantener una pendiente precisa y coordinar una obra gigantesca durante años.

Roma no consiguió secar definitivamente el Fucino. Su túnel tuvo defectos, sufrió obstrucciones y acabó necesitando reparaciones. Pero reducir aquella historia a un fracaso sería perder de vista lo esencial.

En pleno siglo I, sin maquinaria moderna, decenas de miles de personas perforaron 5,65 kilómetros de montaña y construyeron una infraestructura cuya escala tardaría alrededor de dieciocho siglos en quedar claramente superada.

Y cuando Claudio quiso enseñar al mundo lo que había conseguido, tampoco escogió una ceremonia discreta. Puso 19.000 condenados sobre barcos, llenó las colinas de espectadores y convirtió el lago en un campo de batalla.

Los romanos hacían ingeniería. La propaganda, por lo visto, tampoco la dejaban para después.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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