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Historia

Hallan en Pompeya un armario con 38 monedas, cosméticos y 24 amuletos

Un armario hallado en Pompeya conserva 38 monedas, cosméticos, pesas y 24 amuletos que revelan detalles íntimos de la vida romana cotidiana.

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panorama de pompeya

Resumen

  • Pompeya revela un armario con 38 monedas y 24 amuletos
  • También había cosméticos, pesas, recipientes y objetos de la infancia
  • El conjunto retrata la vida cotidiana antes de la erupción del Vesubio

Un armario que quedó sepultado tras la erupción del Vesubio en el año 79 d. C. ha permitido recuperar en Pompeya un conjunto excepcional de objetos cotidianos: 38 monedas de bronce, cosméticos, pesas de plomo y al menos 24 pequeños amuletos que pudieron acompañar a sus propietarios durante buena parte de su vida.

El mueble apareció en una vivienda de la Regio IX de Pompeya, tradicionalmente vinculada a Cornelius Maximus y situada junto a la Via dell’Abbondanza, una de las grandes arterias de la antigua ciudad romana. La madera no sobrevivió intacta, pero las huellas conservadas durante casi dos milenios han permitido reconstruir su disposición y estudiar qué había quedado guardado dentro.

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Un armario cerrado desde la erupción del Vesubio

El interés del descubrimiento no está en una estatua monumental ni en uno de esos mosaicos capaces de llenar portadas. Esta vez Pompeya ha devuelto algo bastante menos solemne y, precisamente por eso, revelador: las pertenencias de la vida diaria de quienes habitaban la casa antes de que la erupción interrumpiera su rutina.

Entre los objetos recuperados aparecen unas pinzas, utensilios para preparar pigmentos, un balsamario de vidrio, un quemador de perfumes y una lámpara de bronce. Son piezas relacionadas con el cuidado personal y con actividades domésticas que ayudan a reconstruir una existencia romana desde una escala mucho más íntima.

También había vasos, ollas y otros recipientes fabricados en bronce, vidrio y cerámica. Uno de ellos llama especialmente la atención por una decoración que imita las escamas de una piña, un acabado bastante más elaborado que el de un simple recipiente de uso corriente.

La importancia del conjunto está justamente ahí. No muestra la Pompeya de los grandes edificios públicos, sino la de quien se arreglaba, cocinaba, guardaba dinero y acumulaba recuerdos. Una ciudad menos espectacular, quizá, pero mucho más reconocible.

Los 24 amuletos que pudieron conservarse desde la infancia

La pieza más singular es un conjunto formado por al menos 24 pequeños objetos perforados para poder llevarlos colgados. Fueron elaborados con materiales como fayenza, hueso, pasta de vidrio y cristal de roca.

La fayenza era un material de base silícea recubierto por una superficie vidriada y utilizado desde la Antigüedad para producir pequeños objetos decorativos. En el conjunto aparecen piezas de distintas formas y materiales, una mezcla que permite estudiar tanto las creencias como los gustos personales de la época.

Entre las figuras identificadas están Bes y Mercurio, junto con representaciones de manos, pies, piñas y racimos. Bes, una divinidad de origen egipcio incorporada a diferentes ámbitos del Mediterráneo antiguo, estuvo especialmente vinculada a la protección del hogar y de los niños. Mercurio era, entre otras funciones, el dios romano asociado al comercio y los viajeros.

Qué eran los crepundia romanos

Los arqueólogos relacionan estas piezas con los llamados crepundia, pequeños colgantes y amuletos que podían entregarse a los niños en el mundo romano. El término está relacionado con la idea de producir ruido: al llevar varias piezas juntas, su movimiento podía hacerlas sonar.

Estos objetos desempeñaban una función protectora y también práctica. Podían actuar como amuletos, pero el sonido facilitaba igualmente percibir el movimiento del niño. Con el paso de los años no siempre se desechaban; algunos adultos conservaron este tipo de piezas como recuerdos de la infancia.

Eso abre una posibilidad especialmente sugerente: que los objetos encontrados en el armario fueran recuerdos personales conservados durante años. Pero hay que mantener la cautela. No es posible saber con certeza quién utilizó cada pieza ni atribuir todo el conjunto a una sola persona.

La presencia de utensilios tradicionalmente relacionados con el cuidado personal femenino aporta pistas, aunque tampoco permite reconstruir por sí sola la identidad del propietario o propietaria del mueble. En arqueología, una pinza sigue siendo una pinza; convertirla en una biografía completa sería ir bastante más lejos de lo que permiten las pruebas.

Las 38 monedas de bronce quedaron dentro del mueble

Junto a los objetos personales apareció una pequeña reserva de 38 monedas de bronce, que originalmente estaban depositadas en un recipiente elaborado con material vegetal trenzado.

El dinero ofrece otra pista sobre lo ocurrido en los momentos de la catástrofe. Si esas monedas tenían valor para los habitantes de la vivienda y permanecieron allí junto con otras pertenencias, resulta razonable pensar que nadie pudo regresar a recuperarlas después de la erupción.

No se puede determinar a partir del armario si sus habitantes consiguieron escapar, murieron durante el desastre o simplemente nunca pudieron volver a la casa. Pompeya conserva con una precisión extraordinaria los objetos; las historias personales son bastante más difíciles de reconstruir.

La erupción del Vesubio sepultó la ciudad en el año 79 d. C. bajo sucesivas capas de materiales volcánicos. Esa destrucción explica, paradójicamente, la conservación excepcional que permite conocer desde grandes edificios hasta utensilios que, en cualquier otro lugar, probablemente habrían desaparecido.

Las pesas apuntan a una posible actividad comercial

Otro grupo de piezas permite mirar hacia el trabajo. En una pequeña caja de madera, de la que apenas quedaron restos, los arqueólogos localizaron pesas de plomo que pudieron utilizarse en operaciones comerciales.

La interpretación resulta compatible con la situación de la casa, junto a la Via dell’Abbondanza, una de las calles más concurridas de Pompeya. Aun así, las pesas no permiten determinar por sí solas qué tipo de comercio o actividad económica pudo desarrollarse en la vivienda.

Lo llamativo es la convivencia de objetos muy distintos en un espacio reducido. Aparecen herramientas posiblemente relacionadas con el trabajo, dinero, cosméticos, vajilla y recuerdos personales. Actividad económica y vida privada compartían techo, algo perfectamente normal en muchas ciudades romanas.

La casa de Cornelius Maximus aún guarda incógnitas

La vivienda corresponde a la casa IX 11, 7, tradicionalmente conocida como Casa de Cornelius Maximus por las inscripciones localizadas en ella. Esa denominación histórica, sin embargo, no significa que pueda identificarse con seguridad al dueño del armario.

La fachada había sido excavada ya a comienzos del siglo XX, pero las investigaciones posteriores han permitido profundizar en espacios interiores y recuperar información que las primeras intervenciones arqueológicas no llegaron a documentar. El hallazgo confirma que Pompeya continúa ofreciendo material nuevo incluso en zonas conocidas desde hace décadas.

La habitación donde se encontraba el mueble conserva además pinturas del cuarto estilo pompeyano de notable calidad, un indicio de cierto nivel económico entre quienes ocuparon la vivienda. Cuando llegó la erupción, sin embargo, también había trabajos y reparaciones en marcha dentro de la casa.

Dos ratones dentro de un ánfora

Entre los detalles más curiosos de la excavación está el hallazgo de los restos de dos ratones jóvenes dentro de un ánfora, localizada en una zona elevada utilizada para almacenar objetos.

Es una pieza aparentemente menor frente a las monedas y los amuletos, pero completa el retrato doméstico. Las casas de Pompeya tenían pinturas, recipientes elegantes, perfumes y dioses protectores. También tenían roedores. Algunas molestias urbanas, por lo visto, llevan dos mil años resistiéndose a pasar de moda.

La vida de Pompeya reaparece en sus objetos más pequeños

El valor arqueológico del armario reside en poder estudiar varios aspectos de una misma existencia a partir de objetos que jamás fueron creados para pasar a la historia. Cosméticos, monedas, pesas y amuletos hablan de hábitos, trabajo, creencias y recuerdos con una cercanía difícil de conseguir mediante monumentos o inscripciones oficiales.

Los crepundia permiten conocer mejor las prácticas relacionadas con la protección de los niños; las pesas sugieren una posible actividad económica; los utensilios de cuidado personal muestran rutinas domésticas y las monedas recuerdan la brusquedad con la que quedó interrumpida la vida de la ciudad.

No conocemos con certeza el nombre de la persona que guardó aquellos objetos ni sabemos cuál fue su destino durante la erupción. El armario, en cambio, permaneció allí. Casi veinte siglos después ha conservado algo especialmente difícil de recuperar en una excavación: fragmentos reconocibles de una vida corriente en la antigua Pompeya.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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