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Kiev se revuelve contra Klichkó y exige respuestas antes del invierno
Las protestas contra Vitali Klichkó llevan al centro de Kiev el temor a un invierno de cortes, frío y nuevos ataques contra la red energética.
Imagen: European People's Party / CC BY 2.0.
Resumen
- Centenares protestan en Kiev y exigen la dimisión de Vitali Klichkó
- El invierno y los ataques rusos elevan el temor a cortes de luz y agua
- Zelenski y el alcalde se culpan por la preparación de la capital
Varios cientos de personas se han concentrado este sábado, 17 de octubre, frente a la sede de la Administración Municipal de Kiev para exigir la dimisión del alcalde, Vitali Klichkó, y denunciar lo que consideran una preparación insuficiente de la capital ucraniana ante el invierno. La calefacción, el suministro de agua y electricidad, los refugios antiaéreos y el uso del presupuesto municipal han dejado de ser asuntos rutinarios de gestión: después de casi cinco años de invasión rusa a gran escala, son también cuestiones de supervivencia.
La manifestación llega en uno de los momentos más delicados para Kiev. Rusia ha intensificado de nuevo sus ataques contra infraestructuras energéticas, mientras regresan los apagones de emergencia y las interrupciones de agua. Y, al mismo tiempo, ha estallado un duro enfrentamiento político entre Klichkó y el presidente Volodímir Zelenski sobre hasta qué punto está realmente preparada la capital para resistir otro invierno bajo las bombas. No es una protesta gigantesca. Tampoco una anécdota.
Cientos de personas exigen la dimisión de Klichkó
La concentración comenzó frente al edificio municipal de Jreshchátyk, 36, la gran avenida que atraviesa el centro de Kiev. Entre los convocantes figuran organizaciones cívicas vinculadas a la movilidad, la defensa del patrimonio, el medio ambiente y el activismo urbano, con varios cientos de personas congregadas durante las primeras horas.
El catálogo de reproches es amplio. Los manifestantes acusan al Ayuntamiento de falta de previsión ante los ataques rusos, insuficiencia de refugios, problemas en el transporte público, mala gestión presupuestaria, permisividad con determinados proyectos inmobiliarios y escasa protección del patrimonio histórico. Uno de los lemas de la concentración resumía el clima de la protesta: Kiev no está preparada ni para el otoño.
No todo gira, por tanto, alrededor de los radiadores. Pero el invierno ha funcionado como la cerilla que prende una discusión acumulada durante años. Klichkó gobierna Kiev desde 2014 y el antiguo campeón mundial de boxeo se convirtió entonces en una de las figuras políticas más reconocibles del país.
Doce años después, la guerra ha cambiado por completo aquello que los vecinos pueden exigir a un alcalde. Recoger la basura o reparar una calle sigue importando, claro, pero hoy también se juzga si una estación de bombeo continuará funcionando después de un misil o si un barrio podrá conservar la calefacción y la electricidad cuando la red vuelva a caer.
El invierno convierte la gestión municipal en seguridad
La inquietud no es teórica. Durante las últimas semanas, los ataques rusos han vuelto a golpear el sistema energético ucraniano. El 14 de octubre, una nueva oleada de misiles y drones dañó instalaciones energéticas en Kiev y Járkov y dejó a cientos de miles de personas sin electricidad. Dos días después, más de un millón de consumidores habían sufrido cortes en algún momento como consecuencia de los ataques.
El agua depende también de la electricidad. Las instalaciones de abastecimiento de Kiev han sufrido durante octubre caídas de presión y cortes temporales cuando parte de su infraestructura se ha quedado sin suministro eléctrico. El servicio puede recuperarse, pero la secuencia ofrece un pequeño anticipo de lo que significa una gran ciudad encadenada a su energía: falla la luz, las bombas dejan de funcionar y el problema eléctrico acaba saliendo por el grifo.
Rusia conoce perfectamente esa vulnerabilidad. Atacar una central energética en enero puede resultar militarmente menos espectacular que conquistar una posición en el frente, pero para una ciudad de millones de habitantes sus efectos pueden ser devastadores. Sin electricidad fallan la calefacción, el agua, los ascensores y parte de las telecomunicaciones. Después llega el frío ucraniano y hace el resto.
Zelenski acusa a Kiev de ir por detrás
La protesta tampoco puede separarse del enfrentamiento entre el Ayuntamiento y el Gobierno central. Zelenski aseguró el 13 de octubre que los planes de resistencia frente al invierno habían avanzado mejor en prácticamente todas las regiones, incluidas algunas próximas al frente, que en la capital ucraniana. El mensaje apuntaba directamente a Klichkó.
No era una discusión recién inventada. En agosto, el Consejo de Seguridad Nacional y Defensa aprobó un plan integral de resiliencia para Kiev, con tres prioridades claras: proteger las infraestructuras críticas, aumentar y mejorar los refugios y reforzar la capacidad defensiva frente a misiles balísticos. El plan subrayaba además la responsabilidad del alcalde en la preparación de la temporada de calefacción 2026-2027.
El Estado también ha destinado recursos a esas tareas. En junio se anunciaron cerca de 4.000 millones de grivnas para cubrir aproximadamente la mitad de determinadas medidas previstas y se reclamó al Ayuntamiento que acelerase los trabajos. Otra partida de 2.000 millones fue destinada a proteger instalaciones energéticas y asegurar el suministro de calefacción.
La política ucraniana, incluso bajo las bombas, continúa siendo política. Nadie esperaba que desapareciera.
Klichkó responde: la ciudad sí se está preparando
El alcalde rechaza la imagen de una capital cruzada de brazos. El Ayuntamiento aseguró en septiembre que había completado alrededor del 80% de las medidas previstas para preparar la temporada de calefacción y que el sistema centralizado de suministro térmico se encontraba preparado aproximadamente al 90%.
Kiev también ha trabajado en fuentes de energía alternativas y sistemas de respaldo destinados a mantener los servicios esenciales cuando las redes principales resulten dañadas. Ese despliegue resulta especialmente importante porque la estrategia rusa no necesita destruir toda la infraestructura: basta con golpear puntos sensibles repetidamente para obligar a reparaciones constantes y someter la red a tensión.
Klichkó sostiene, además, que algunas de las deficiencias que se le atribuyen dependen de competencias estatales y, sobre todo, de la capacidad para proteger físicamente las infraestructuras frente a misiles y drones rusos. Tras las críticas de Zelenski, acusó al poder central de atacar políticamente al Ayuntamiento y reclamó mejores defensas para las instalaciones energéticas de Kiev.
Ahí aparece la zona gris que hace esta crisis bastante menos cómoda de lo que permiten los eslóganes. Una ciudad puede instalar generadores, construir pequeñas plantas de respaldo y almacenar combustible. No puede garantizar que una infraestructura sobreviva al impacto directo de un misil balístico. Tampoco corresponde exclusivamente al alcalde organizar la defensa aérea de la capital.
Pero una guerra tampoco concede indulgencia automática a una administración local. Precisamente porque Rusia busca explotar cualquier fragilidad, cada retraso administrativo pesa mucho más que en tiempos de paz.
Refugios, agua y transporte, el catálogo del enfado
Los refugios se han convertido en uno de los símbolos del conflicto municipal. En septiembre, Klichkó anunció que Kiev recibiría entre 40 y 50 refugios móviles en aproximadamente un mes para instalarlos en lugares, como algunas paradas de transporte, donde no existieran instalaciones permanentes cercanas.
A comienzos de octubre, sin embargo, la previsión se había reducido a solo 14 unidades antes de terminar el año. Esa distancia entre anuncio y ejecución alimenta el malestar. En tiempos normales puede convertirse en una polémica administrativa de unos cuantos días. Cuando los habitantes esperan el autobús mientras suena una alarma aérea, adquiere otra textura.
Una marquesina de cristal queda muy elegante en una memoria de urbanismo; contra la metralla resulta bastante menos convincente. Los manifestantes también reprochan la situación del transporte público, las decisiones urbanísticas, la desaparición de zonas verdes y la conservación del patrimonio histórico.
Son problemas anteriores a la actual crisis energética y muestran que el invierno concentra un descontento más profundo con el modelo de gestión de Klichkó. La falta de calefacción puede ser el temor inmediato, pero detrás aparecen años de discusiones sobre cómo se gobierna y cómo se transforma la capital.
Una batalla política en una ciudad bajo las bombas
Hay, además, una peculiaridad institucional que complica cualquier desenlace. Kiev tiene un alcalde elegido por los ciudadanos, una Administración Estatal de la ciudad y, desde la invasión rusa a gran escala, una Administración Militar con competencias vinculadas a la defensa, el orden público y el funcionamiento de la capital bajo la ley marcial.
Las atribuciones se cruzan, se pisan y, cuando algo falla, permiten una vieja especialidad de cualquier burocracia: señalar el despacho de al lado. Zelenski puede modificar la jefatura de determinadas estructuras administrativas, pero no borrar sin más el mandato democrático del alcalde.
Klichkó fue elegido en las urnas y su salida está sometida a procedimientos legales específicos. Mientras siga vigente la ley marcial tampoco existe la normalidad electoral de tiempos de paz. De ahí que reclamar su dimisión resulte políticamente sencillo y ejecutarla, bastante menos.
Los partidarios del alcalde han añadido otro argumento incómodo: reunir a cientos de personas durante una campaña rusa de ataques supone un riesgo de seguridad real. La víspera de la protesta, el entorno político de Klichkó pidió evitar concentraciones masivas por la posibilidad de un bombardeo, mientras los convocantes prepararon instrucciones para los participantes en caso de alarma aérea.
La escena resume de una manera extraña la democracia ucraniana de 2026. Unos ciudadanos se manifiestan para echar a su alcalde; el partido del alcalde les pide que no se concentren porque puede caer un misil ruso; y los convocantes incluyen en la protesta un protocolo para correr hacia un refugio antiaéreo si suenan las sirenas. Política municipal, versión guerra.
El invierno examinará algo más que la calefacción
La protesta de Kiev no anuncia por sí sola una crisis política nacional ni demuestra que la capital vaya a quedarse sin calefacción. Varios cientos de manifestantes no representan a una ciudad entera, y la administración municipal puede mostrar obras, inversiones y sistemas de respaldo que sí se han ejecutado. Reducir el asunto a un alcalde negligente sería demasiado cómodo.
Pero tampoco conviene despachar la movilización como ruido político. Las interrupciones eléctricas y de agua ya han vuelto, los ataques rusos contra la infraestructura energética continúan y las deficiencias señaladas en refugios y otros servicios son suficientemente concretas como para que el enfado tenga suelo bajo los pies.
Kiev entra así en otra estación fría con dos frentes superpuestos. Uno llega desde Rusia, mediante misiles y drones dirigidos contra los sistemas que mantienen viva una gran ciudad. El otro es interno y casi inevitable en cualquier sociedad que conserve vida política: determinar quién responde cuando las cosas no funcionan.
Para Klichkó, el invierno de 2026-2027 será algo más que una prueba técnica de tuberías, generadores y calefacción. Será un examen político después de doce años al frente de Kiev. Y para sus habitantes, bastante menos interesados en la pelea entre despachos que en tener luz, agua, refugio y una casa caliente, la nota se conocerá de una forma brutalmente sencilla: cuando llegue el frío.
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