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Un manifestante pierde una mano tras una granada en Saint-Étienne
Un manifestante pierde una mano tras la explosión de una granada policial en Saint-Étienne, en una jornada de protestas con 272 detenidos en Francia.
Resumen
- Un manifestante pierde una mano por una granada policial en Saint-Étienne
- Francia registra 272 detenidos durante una jornada de protestas y disturbios
- El caso reabre el debate sobre el uso de granadas policiales en manifestaciones
Un manifestante ha perdido una mano tras la explosión de una granada policial durante las protestas de este sábado 17 de octubre en Saint-Étienne, en el centro de Francia. La información, conocida a última hora de la tarde, procede de una fuente próxima al caso citada por AFP. Por el momento no se han hecho públicos la identidad ni la edad del herido y tampoco se ha precisado la mecánica exacta del incidente.
La mutilación se produce en una jornada de movilización nacional contra el coste de la vida y la pérdida de poder adquisitivo, con participación de estudiantes, sindicatos y grupos vinculados al movimiento de los chalecos amarillos. A media tarde, el Ministerio del Interior francés elevaba a 272 el número de detenidos en todo el país mientras se registraban disturbios en distintas ciudades.
Qué se sabe del manifestante herido en Saint-Étienne
La primera información difundida sobre el caso es breve, pero suficientemente grave. AFP, citando a una fuente conocedora del expediente, informó de que un manifestante había perdido una mano a causa de una granada de la policía en Saint-Étienne. A esa hora no constaban públicamente más detalles sobre el estado del herido, su participación concreta en la protesta o el tipo exacto de artefacto implicado.
Y ese último matiz importa. No está confirmado, por ejemplo, si el artefacto explotó junto al manifestante, si lo sostenía cuando detonó o qué circunstancias precedieron inmediatamente a la lesión. Tampoco se había comunicado la apertura de una investigación policial o judicial específica. En un caso de esta gravedad, rellenar esos huecos con conjeturas sería convertir una noticia en literatura de mala calidad.
La movilización de Saint-Étienne había comenzado por la mañana con bloqueos en el entorno de Monthieu y continuó después en el centro de la ciudad. Por la tarde, varios cientos de personas se concentraron en la plaza Jean-Jaurès antes de recorrer la Grand’Rue. El cortejo reunió a estudiantes, familias, sindicalistas y chalecos amarillos. Según medios locales, la marcha fue mayoritariamente tranquila, aunque se produjeron daños en una vitrina y una parada de tranvía y se encendió un fuego sobre las vías.
Francia afronta otra jornada de protestas y disturbios
Lo ocurrido en Saint-Étienne no fue un episodio aislado dentro de una tarde especialmente tensa. La convocatoria del 17 de octubre había nacido en buena medida en las redes sociales alrededor del encarecimiento de la vida y acabó absorbiendo reivindicaciones que llevaban semanas recorriendo institutos y universidades.
Hacia las 15.00, las autoridades contabilizaban más de 140 acciones de protesta fuera de París y varias decenas de miles de participantes. Para entonces ya había 272 personas detenidas en el conjunto del país. El Gobierno había calculado previamente que durante la jornada podían producirse alrededor de 500 acciones de distinta naturaleza.
Los incidentes más importantes se concentraron en grandes ciudades. En París hubo enfrentamientos en los alrededores de la plaza de la República, lanzamiento de objetos contra los agentes, gases lacrimógenos y vehículos incendiados. En Lille, manifestantes irrumpieron durante unos minutos en el ayuntamiento y causaron daños en algunas dependencias. Toulouse registró choques entre grupos de manifestantes y policías, mientras que en Lyon la prefectura cifró en unas 20.000 las personas movilizadas hacia las cuatro de la tarde.
El Ministerio del Interior atribuyó las detenciones a episodios que incluyeron enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, incendios e intentos de saqueo, además de ataques contra edificios institucionales y medios de comunicación. El departamento dirigido por Laurent Nuñez responsabilizó de buena parte de esos disturbios a grupos de extrema izquierda. Esa es, conviene subrayarlo, la versión oficial del Gobierno; no una definición automática de quienes participaron en unas protestas mucho más amplias y heterogéneas.
El precedente de Lens vuelve al centro del debate
La pérdida de una mano en Saint-Étienne adquiere una dimensión particular porque Francia arrastra desde hace menos de dos semanas otro caso casi imposible de ignorar. El 5 de octubre, un estudiante de 15 años perdió una mano en Lens, en el norte del país, tras la explosión de una granada utilizada durante una intervención de los CRS cerca de su instituto.
Aquel episodio desencadenó una fuerte polémica sobre el mantenimiento del orden en las movilizaciones estudiantiles. La investigación debía determinar las circunstancias exactas de la explosión y, entre otras cuestiones, si el adolescente había recogido el artefacto del suelo. Su familia ha rechazado públicamente que participara en actos violentos y ha reclamado que se esclarezca lo sucedido.
Las granadas policiales, otra vez bajo examen
Tras la mutilación de Lens, Laurent Nuñez anunció el 7 de octubre la suspensión temporal de un tipo de granada aturdidora en las operaciones relacionadas con las protestas de estudiantes de secundaria. La medida, sin embargo, se limitó expresamente a ese movimiento mientras se aclaraban las circunstancias del caso.
Para la movilización nacional de este 17 de octubre, el ministro había dejado claro la víspera que policías y gendarmes podrían emplear el conjunto de las denominadas armas intermedias a su disposición ante enfrentamientos graves, desde granadas lacrimógenas hasta lanzadores de pelotas de defensa. También señaló expresamente que podían utilizarse granadas aturdidoras.
La expresión administrativa es impecable: «armas intermedias». Suena bastante menos intermedia cuando termina con una persona en un quirófano y una mano que ya no está.
Hasta la víspera de esta nueva jornada de protestas, la Inspección General de la Policía Nacional francesa había abierto 36 investigaciones por actuaciones supuestamente cometidas contra manifestantes desde el comienzo de las movilizaciones; cuatro de ellas estaban relacionadas con lesiones calificadas como mutilantes.
Del malestar estudiantil al regreso de los chalecos amarillos
La protesta del sábado mezcló movimientos que no siempre caminan juntos. Jóvenes movilizados desde septiembre por las condiciones educativas y contra el sistema de acceso universitario Parcoursup confluyeron con sindicatos, trabajadores, agricultores, conductores de VTC y antiguos integrantes de los chalecos amarillos, el movimiento que sacudió Francia entre 2018 y 2019.
El pegamento, esta vez, es económico. El precio de los combustibles, el coste de los alimentos y los salarios, junto al deterioro percibido de los servicios públicos, aparecen una y otra vez en las convocatorias. En Saint-Étienne, la protesta matinal nació precisamente alrededor del precio de la gasolina y fue ampliándose hacia el poder adquisitivo y las medidas de austeridad.
La mezcla explica también por qué resulta difícil reducir la jornada a una sola etiqueta política. En un mismo espacio han coincidido organizaciones de izquierda, sindicalistas, estudiantes y personas procedentes de un movimiento de chalecos amarillos que históricamente ha reunido sensibilidades políticas muy distintas. La calle francesa tiene esas costuras: incómodas, a veces contradictorias, y bastante menos limpias que un tuit de partido.
La violencia policial vuelve a atravesar la protesta
Durante las últimas semanas, las reivindicaciones económicas y educativas se han ido mezclando con otra cuestión: el uso de la fuerza por parte de la policía. La mutilación del estudiante de Lens, las investigaciones abiertas por la inspección policial y las imágenes de intervenciones contra adolescentes han alimentado la desconfianza de una parte de los manifestantes.
El Gobierno sostiene, por su parte, que las fuerzas de seguridad intervienen ante actos violentos, daños e intrusiones y defiende la necesidad de detener a quienes participan en ellos. Nuñez lleva días defendiendo la actuación policial y alertando de la presencia de grupos organizados dispuestos a provocar enfrentamientos. El dilema, viejo como las manifestaciones y bastante menos sencillo de lo que parece desde un despacho, consiste en preservar el orden sin convertir el mantenimiento del orden en una fuente adicional de desorden.
La pérdida de una mano en Saint-Étienne coloca ese debate de nuevo en el lugar más incómodo: los hechos físicos, irreversibles. Será necesario esclarecer qué granada fue utilizada, quién la lanzó, en qué condiciones se produjo la explosión y si se respetaron los protocolos. Hasta que esos datos aparezcan, lo comprobado es suficientemente contundente.
Una jornada que deja una herida difícil de explicar
Francia llegó al 17 de octubre con una protesta social fragmentada que buscaba una causa común y termina la tarde con ciudades cortadas, cientos de detenidos, enfrentamientos y otra lesión mutilante atribuida a una granada policial. Las cifras irán cambiando a medida que avance la jornada; una mano perdida, no.
Saint-Étienne se suma así a una secuencia que había comenzado mucho antes de este sábado y que obliga al Gobierno francés a afrontar dos problemas a la vez: un malestar social que no se disipa y una creciente controversia sobre los métodos policiales empleados para contenerlo. Entre ambos hay una frontera delicada. Este sábado, una vez más, esa frontera ha estallado literalmente.
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