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Palantir niega que EE.UU. pueda apagar Maven, la IA militar de la OTAN

Palantir niega que exista un apagado remoto de Maven y Europa vuelve a medir su dependencia de la tecnología militar estadounidense en defensa.

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Un soldado usando Palantir

Resumen

  • Palantir afirma que Maven no puede apagarse a distancia desde EE.UU
  • Europa teme depender de tecnología militar estadounidense en plena tensión
  • Francia desarrolla Arcadia y Alemania mantiene reservas sobre Palantir

Palantir asegura que ni la compañía ni el Gobierno de Estados Unidos pueden apagar a distancia Maven, el sistema de inteligencia artificial utilizado por la OTAN para procesar grandes cantidades de información militar y acelerar la toma de decisiones. La empresa estadounidense intenta despejar así uno de los temores que más peso está ganando en Europa: depender de una tecnología crítica que pudiera quedar condicionada, en una crisis, por decisiones tomadas al otro lado del Atlántico.

La afirmación llega después de los problemas registrados con Starlink y Starshield en Ucrania, que han devuelto al primer plano una cuestión bastante menos teórica de lo que parecía hace unos años: quién conserva el control real cuando un ejército utiliza tecnología extranjera para comunicarse, detectar amenazas, integrar inteligencia o dirigir operaciones. Palantir sostiene que, en el caso de Maven, no existe un interruptor remoto con el que Washington pueda dejar fuera de servicio el sistema.

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Palantir niega un “interruptor” remoto sobre Maven

Louis Mosley, vicepresidente ejecutivo de Palantir para Reino Unido y Europa, ha sido rotundo al defender que los clientes mantienen el control operativo de Maven. Según la compañía, ni Palantir ni las autoridades estadounidenses disponen de un mecanismo que permita entrar a distancia en el sistema y desconectarlo.

La respuesta apunta directamente al escenario que más inquieta en las capitales europeas: que una diferencia política con Washington pueda convertirse, de repente, en un problema operativo para unas Fuerzas Armadas europeas. Palantir rechaza esa posibilidad y asegura que el software puede seguir siendo utilizado por el cliente sin intervención directa de la empresa.

Eso resuelve, al menos sobre el papel, la imagen más extrema del problema. Una cosa es que no exista un botón rojo escondido en California y otra distinta es determinar hasta qué punto Europa depende de proveedores estadounidenses para las actualizaciones, integración, conocimientos técnicos y mantenimiento de herramientas esenciales. Ahí la discusión se vuelve bastante más complicada.

Qué es Maven y por qué resulta importante para la OTAN

Maven Smart System NATO, conocido como MSS NATO, es una plataforma diseñada para integrar y analizar enormes cantidades de información procedente de diferentes sistemas militares. No es por sí misma un arma autónoma. Su función consiste en organizar datos, conectar fuentes y ayudar a los mandos a comprender antes qué está ocurriendo sobre el terreno.

La OTAN adquirió el sistema para su estructura de operaciones y lo utiliza para tareas relacionadas con la fusión de inteligencia, conocimiento del campo de batalla, identificación de objetivos y planificación militar. Puede trabajar con información procedente de radares, satélites, sensores, drones y otras fuentes que, sin una plataforma común, resultarían mucho más lentas de cruzar y analizar.

Maven alcanzó su plena capacidad técnica operativa el 22 de junio de 2026. El sistema se ha ido incorporando a ejercicios y estructuras aliadas como parte de una transformación mucho más amplia: la guerra contemporánea ya no depende únicamente de cuántos aviones, carros de combate o misiles tenga un país. Depende también de quién procesa antes la información.

Ahí está buena parte de su valor. Un ejército moderno puede recibir miles de datos simultáneos desde múltiples plataformas. El problema no consiste solo en obtenerlos, sino en convertirlos con rapidez en una imagen comprensible. Maven intenta reducir ese tiempo, cruzando información y facilitando que los responsables militares decidan antes.

La versión desplegada por la OTAN tampoco debe confundirse automáticamente con todas las variantes de Maven utilizadas por Estados Unidos. La Alianza dispone de una arquitectura adaptada a sus propias redes, sistemas y exigencias de seguridad. Esa diferencia es importante porque hablar simplemente de “la IA estadounidense de la OTAN” puede hacer pensar en una plataforma única y totalmente centralizada cuando la realidad técnica es bastante más compleja.

Starlink convirtió una duda técnica en un problema político

La inquietud europea se ha disparado después de las restricciones sufridas por servicios de Starlink y Starshield utilizados por Ucrania. Determinados terminales instalados en plataformas que se desplazaban a gran velocidad dejaron de funcionar en algunas circunstancias, afectando a operaciones militares ucranianas, incluidas misiones relacionadas con drones interceptores.

Las explicaciones sobre lo ocurrido no han sido completamente coincidentes. Responsables ucranianos y europeos plantearon dudas sobre una posible motivación política, mientras Elon Musk sostuvo que Starshield está bajo control del Gobierno estadounidense y que las restricciones correspondían a las autoridades de Estados Unidos. Washington, por su parte, negó que Donald Trump hubiese ordenado personalmente la medida.

No existe una prueba pública que permita trasladar directamente aquel episodio a Maven. Son sistemas, proveedores y contratos diferentes. Pero el precedente ha cambiado el tono del debate. Europa ha comprobado que una capacidad tecnológica aparentemente comercial puede convertirse en una pieza militar decisiva y que las condiciones de acceso pueden tener consecuencias reales sobre el terreno.

La cuestión, por tanto, ya no parece una obsesión de funcionarios preocupados por la soberanía digital. Si una red de comunicaciones, una nube de datos o una plataforma de inteligencia artificial son imprescindibles para combatir, su disponibilidad forma parte de la capacidad militar. Y la dependencia funciona estupendamente hasta el día en que deja de hacerlo. Suele ser, además, el peor día posible.

Francia y Alemania marcan distancia con Palantir

Dos de las principales potencias militares de Europa, Francia y Alemania, han mostrado reservas ante una adopción nacional de Palantir comparable a la realizada por la estructura de la OTAN. Sus objeciones no parten necesariamente de que Maven funcione mal. De hecho, precisamente porque funciona y puede manejar información extremadamente sensible, quieren controlar mejor quién accede a esos datos y cómo.

Alemania ha expresado dudas sobre la utilización de Palantir dentro de su infraestructura militar nacional. Una de las preocupaciones es que empleados de una compañía privada extranjera puedan necesitar acceso a determinadas bases de datos militares alemanas para operar, integrar o mantener el sistema.

Palantir responde que la participación de su personal depende del cliente y que los gobiernos pueden decidir quién interviene en la operación del software. También sostiene que los técnicos que trabajen sobre instalaciones nacionales pueden estar sujetos a requisitos de nacionalidad y a las correspondientes autorizaciones de seguridad.

Arcadia, la alternativa francesa a Maven

Francia ha elegido una vía más claramente orientada hacia la soberanía tecnológica. El Ministerio de las Fuerzas Armadas ha señalado que las soluciones de Palantir no están desplegadas dentro de su estructura y trabaja en sistemas nacionales capaces de manejar información militar sensible sin depender de una compañía estadounidense.

Uno de los proyectos centrales es Arcadia, una plataforma francesa de mando y control basada en inteligencia artificial y concebida como alternativa interoperable a Maven. París quiere que sus Fuerzas Armadas puedan mantener capacidades propias y, al mismo tiempo, conectarlas con los sistemas de otros países de la OTAN cuando participen en operaciones conjuntas.

Arcadia se apoya en el trabajo realizado alrededor de Artemis IA, la plataforma francesa para el tratamiento masivo de datos de defensa. En su desarrollo participan capacidades nacionales y europeas, con la vista puesta en algo que sobre el papel parece obvio, pero tecnológicamente cuesta mucho dinero: no tener que elegir entre interoperabilidad con los aliados y control soberano de los datos.

La apuesta francesa resume bien el dilema. Defender la autonomía europea con programas menos capaces solo por llevar una bandera europea serviría de poco. El reto es conseguir que las alternativas propias sean competitivas en velocidad, integración y fiabilidad. De lo contrario, la soberanía acaba siendo un eslogan bastante caro.

No tener botón de apagado no elimina la dependencia

Ahí aparece la paradoja. Mientras Palantir insiste en que Estados Unidos no puede desconectar Maven, sus propios responsables reconocen que Europa tendrá que convivir durante algún tiempo con cierto grado de dependencia de la tecnología estadounidense. Construir desde cero todas las capacidades necesarias exige años, inversión y una industria capaz de competir con los gigantes norteamericanos.

El funcionamiento cotidiano de Maven demuestra también que la autonomía no puede medirse únicamente preguntando quién tiene acceso a un interruptor. La OTAN necesita especialistas capaces de integrar grandes conjuntos de datos, construir soluciones sobre la plataforma, mantenerlas y ayudar a los operadores de distintos cuarteles generales.

Ese apoyo técnico no demuestra que Palantir controle remotamente Maven. Son cosas diferentes. Sí recuerda que el software militar moderno no funciona como una aplicación que se compra, se instala y se olvida. Hay formación, certificaciones, integración con otras redes, mantenimiento, modelos de inteligencia artificial, actualizaciones y conocimientos especializados.

Un país puede conservar físicamente sus servidores y continuar dependiendo del proveedor que desarrolló una parte esencial de su infraestructura. Por eso la soberanía digital militar se mide también por la capacidad de sustituir componentes, mantener sistemas sin ayuda exterior y seguir operando cuando cambian las condiciones políticas o comerciales.

La autonomía militar europea también se decide en el software

Durante décadas, el debate sobre la dependencia europea de Estados Unidos se concentró en aviones de combate, misiles, inteligencia, defensa aérea o capacidad nuclear. La guerra de Ucrania ha añadido otra capa: satélites comerciales, redes de comunicaciones, nubes de datos e inteligencia artificial pueden ser tan determinantes para una operación como algunos sistemas de armas convencionales.

Palantir ha dado una respuesta concreta sobre Maven: según la compañía, no existe un mecanismo remoto con el que Washington o la propia empresa puedan apagar el sistema utilizado por la OTAN. No ha aparecido información pública que demuestre lo contrario.

Europa, sin embargo, está planteando una cuestión bastante más amplia. Quiere saber hasta qué punto puede combatir, comunicarse y procesar inteligencia sin depender de decisiones empresariales o políticas adoptadas fuera del continente. Starlink convirtió esa preocupación en algo tangible; Francia responde con Arcadia y Alemania mantiene sus reservas ante Palantir.

El dilema no consiste simplemente en elegir entre tecnología estadounidense y europea. Consiste en decidir qué capacidades militares deben seguir funcionando incluso cuando cambie la política de un aliado. En una guerra cada vez más digital, donde una línea de código puede modificar una operación tanto como una pieza de artillería, esa cuestión ha dejado de ser secundaria.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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