Tecnología
Un ingeniero fabrica una catapulta supersónica sin motor en su jardín
Tom Stanton construye una catapulta supersónica en su jardín y consigue superar los 1.240 km/h con un pequeño proyectil, sin motores ni pólvora.
Resumen
- Tom Stanton construye una catapulta supersónica en el jardín de su casa
- El proyectil alcanza unos 1.247 km/h sin utilizar motores ni pólvora
- El mecanismo aprovecha un contrapeso, fibra de carbono y una honda
Un ingeniero británico ha conseguido que una catapulta construida por él mismo lance un pequeño proyectil a una velocidad cercana a los 1.250 kilómetros por hora, suficiente para superar la barrera del sonido. La máquina funciona mediante un sistema de contrapesos y aprovecha la gravedad para impulsar el lanzamiento, sin necesidad de motores ni pólvora.
Su creador es Tom Stanton, ingeniero aeroespacial y divulgador tecnológico que ha dedicado varios años a perfeccionar una versión de las antiguas máquinas de asedio medievales. El resultado es un dispositivo capaz de acelerar una pequeña esfera de apenas cuatro gramos hasta una velocidad supersónica, gracias a una combinación de mecánica, materiales modernos y cálculos de precisión.
El experimento quedó documentado en un vídeo publicado el 7 de agosto de 2026, que ha vuelto a despertar interés por una razón bastante sencilla: Stanton ha logrado con una máquina mecánica lo que habitualmente asociamos con motores a reacción, explosivos o complejos sistemas de propulsión.
No se trata de una catapulta medieval convencional. Su diseño incorpora elementos fabricados con fibra de carbono, componentes mecanizados y un mecanismo de transmisión que transforma la caída de un peso en un movimiento de rotación extraordinariamente rápido.
La demostración plantea una cuestión interesante desde el punto de vista de la ingeniería. La energía necesaria para alcanzar velocidades extremas no tiene por qué proceder de un motor. Puede estar almacenada previamente y liberarse mediante un mecanismo suficientemente eficiente. Otra cosa, claro, es conseguir que las piezas resistan semejante esfuerzo.
Cómo funciona la catapulta supersónica de Tom Stanton
La máquina diseñada por Stanton pertenece a la familia de los trabuquetes, unas catapultas utilizadas durante la Edad Media para lanzar piedras y otros proyectiles contra fortificaciones.
El principio de funcionamiento es relativamente sencillo. Un contrapeso pesado desciende por efecto de la gravedad y transmite su energía a un brazo mecánico que impulsa el proyectil.
En los modelos históricos, la fuerza del contrapeso se utilizaba para mover una gran palanca. Stanton ha modificado ese planteamiento para aprovechar mejor la energía disponible y concentrarla en acelerar un objeto mucho más ligero.
Su sistema emplea una transmisión mecánica que permite incrementar la velocidad de rotación del brazo lanzador. A este se añade una honda flexible que contribuye a aumentar la velocidad del proyectil antes de liberarlo.
La diferencia fundamental está en el objetivo. Las catapultas antiguas estaban diseñadas para transportar proyectiles pesados a distancias considerables. La versión experimental de Stanton busca alcanzar la mayor velocidad posible con una masa muy pequeña.
Fibra de carbono, impresión 3D y mecánica de precisión
Uno de los principales problemas del proyecto fue conseguir una estructura suficientemente resistente sin añadir un peso excesivo.
Para resolverlo, el ingeniero recurrió a la fibra de carbono, un material que combina rigidez y ligereza y que también se utiliza en sectores como la aeronáutica y el automovilismo.
Stanton empleó herramientas de diseño asistido por ordenador, impresión 3D y una fresadora de control numérico para fabricar, comprobar y modificar diferentes componentes.
La precisión resultó especialmente importante en el mecanismo encargado de liberar el proyectil. El dispositivo debía actuar en un intervalo extremadamente breve, de apenas unos milisegundos, cuando el brazo alcanzaba las condiciones adecuadas para efectuar el lanzamiento.
Una liberación demasiado temprana o demasiado tardía podía reducir considerablemente la velocidad alcanzada. También existía el riesgo de que las fuerzas generadas durante el movimiento provocasen daños en la estructura.
Los ensayos hasta superar los 1.240 kilómetros por hora
El resultado no llegó en el primer intento. Stanton realizó sucesivas modificaciones después de comprobar que algunos componentes no resistían las velocidades y tensiones previstas.
En las primeras pruebas utilizó contrapesos relativamente modestos. Con aproximadamente 10 kilogramos, logró velocidades de varios cientos de kilómetros por hora, pero todavía muy alejadas del objetivo.
Tras modificar el diseño y aumentar progresivamente la energía disponible, consiguió que el proyectil alcanzase unos 1.152 km/h con un contrapeso de alrededor de 40 kilogramos.
Era una velocidad extraordinaria para una catapulta, aunque insuficiente para superar la barrera del sonido en las condiciones del experimento.
El aumento posterior del contrapeso hasta los 50 kilogramos provocó fallos mecánicos. El ingeniero tuvo que revisar algunos componentes y replantear cómo alcanzar la velocidad deseada sin incrementar todavía más las cargas sobre la estructura.
Finalmente, redujo la masa del proyectil a cuatro gramos y volvió a utilizar un contrapeso cercano a los 40 kilogramos.
En la prueba definitiva, el brazo alcanzó las 2.342 revoluciones por minuto. El pequeño proyectil salió disparado a una velocidad que Stanton calculó en 346,4 metros por segundo, suficiente para rebasar ligeramente la velocidad del sonido.
El lanzamiento estuvo acompañado por un chasquido característico, compatible con la onda de choque que se genera cuando un objeto atraviesa el aire a velocidad supersónica.
Qué significa alcanzar Mach 1 sin motores ni pólvora
La velocidad del sonido no es una cifra completamente fija. Depende principalmente de la temperatura del medio por el que se propaga.
En el aire, a unos 20 grados centígrados, se sitúa aproximadamente en 343 metros por segundo, equivalentes a unos 1.235 kilómetros por hora.
Cuando un objeto supera esa velocidad relativa al aire, alcanza Mach 1 y entra en régimen supersónico.
La velocidad comunicada por Stanton, 346,4 metros por segundo, equivale aproximadamente a 1.247 km/h. Algunas informaciones la redondean a 1.249 km/h a partir de su conversión a millas por hora.
La diferencia es pequeña, pero suficiente para situar el resultado ligeramente por encima del umbral supersónico habitual.
Para calcular la velocidad, el ingeniero analizó imágenes de alta velocidad en las que el proyectil recorría aproximadamente 1,94 metros en 5,6 milisegundos.
Conviene precisar que se trata de una medición realizada y comunicada por el propio creador de la máquina. Aunque el experimento está documentado en vídeo, la cifra exacta no cuenta con una reproducción independiente publicada bajo condiciones de laboratorio.
Hay otro detalle importante. La catapulta no genera energía de la nada. La energía se incorpora previamente al elevar el contrapeso y queda almacenada como energía potencial gravitatoria. Cuando este desciende, el mecanismo la transforma en movimiento.
No necesita un motor durante el lanzamiento porque aprovecha esa energía almacenada.
Un experimento espectacular, pero no una catapulta convencional
El proyecto de Tom Stanton demuestra hasta qué punto pueden mejorarse mecanismos conocidos desde hace siglos mediante materiales modernos, simulaciones y técnicas de fabricación de precisión.
Sin embargo, alcanzar una velocidad supersónica con un proyectil de cuatro gramos no equivale a poder lanzar grandes objetos a la misma velocidad.
La masa del proyectil, las pérdidas por rozamiento y la resistencia de los materiales condicionan enormemente el funcionamiento de estas máquinas. Aumentar el tamaño del dispositivo no garantiza que sus prestaciones crezcan de manera proporcional.
Tampoco es una demostración inocua. Un objeto de pocos gramos que se desplaza a más de 1.200 km/h puede causar lesiones extremadamente graves. Los componentes sometidos a grandes aceleraciones también pueden romperse y salir despedidos.
Por eso, la construcción no debe confundirse con un experimento doméstico corriente. Requiere conocimientos especializados, instalaciones adecuadas y medidas de seguridad estrictas.
El proyecto tampoco supone la invención de la primera catapulta supersónica de cualquier tipo. Ya existían experimentos anteriores con lanzadores mecánicos que empleaban energía elástica para superar la velocidad del sonido.
La particularidad de Stanton reside en haber conseguido ese resultado mediante un sistema impulsado por contrapesos y gravedad, sin depender de elementos elásticos como fuente principal de propulsión.
Una máquina medieval que demuestra el potencial de la ingeniería moderna
La catapulta supersónica de Stanton resulta llamativa por su velocidad, aunque su verdadero interés va más allá de la cifra alcanzada.
El ingeniero ha conseguido transformar un principio mecánico conocido desde hace siglos en un dispositivo experimental capaz de superar un límite que parecía reservado a tecnologías de propulsión mucho más sofisticadas.
Durante el desarrollo tuvo que enfrentarse a problemas de resistencia estructural, transmisión de energía, aerodinámica y precisión. La solución no consistió simplemente en añadir un contrapeso cada vez mayor, sino en reducir pérdidas y mejorar el diseño.
Es precisamente ahí donde reside el valor técnico de la demostración. Los avances no siempre requieren inventar una fuente de energía nueva. En ocasiones basta con comprender mejor cómo aprovechar la que ya existe.
La máquina de Stanton no va a devolver las catapultas a los campos de batalla ni plantea una alternativa práctica a los sistemas modernos de lanzamiento. Pero sí constituye un ejemplo de cómo la ingeniería experimental puede llevar una tecnología antigua a un terreno inesperado: superar la velocidad del sonido utilizando únicamente energía gravitatoria almacenada y mecanismos físicos.
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