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Naturaleza

España recoge solo 9,3 kilos de residuos electrónicos de 36 vendidos

España recogió en 2024 solo 9,3 kilos de residuos electrónicos por habitante frente a 36 vendidos, un desfase superior al promedio de la UE.

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basura electrónica

Resumen

  • España recogió 9,3 kilos de residuos electrónicos por habitante en 2024
  • En el mismo año se comercializaron 36 kilos de aparatos por persona
  • La recogida española quedó por debajo de la media de la Unión Europea

España tiene un problema creciente con la montaña de aparatos eléctricos y electrónicos que entran en el mercado y los que después regresan al circuito oficial de recogida. En 2024 se comercializaron 36 kilos de equipos por habitante, mientras que únicamente se recogieron 9,3 kilos de residuos electrónicos por persona, según los últimos datos de Eurostat.

La distancia entre ambas cifras es enorme. No significa, eso sí, que los otros 26,7 kilos terminen automáticamente en un vertedero: parte de los televisores, móviles, lavadoras, ordenadores o pequeños electrodomésticos vendidos durante un año permanecerán funcionando durante bastante tiempo. Otros pasan a una segunda vivienda, cambian de dueño o acaban en ese particular limbo doméstico formado por cajones llenos de cables, teléfonos viejos y cargadores de aparatos que nadie recuerda. Ahí conviven equipos todavía en uso, aparatos almacenados y residuos que escapan de los canales controlados.

España recoge bastante menos basura electrónica que la media europea

La comparación con el conjunto de la Unión Europea tampoco deja a España especialmente bien situada. En 2024 entraron en el mercado comunitario una media de 32,4 kilos de aparatos eléctricos y electrónicos por persona y se recogieron 12,3 kilos de residuos.

España, por tanto, comercializó más aparatos que la media europea —36 kilos por habitante— pero recogió menos residuos electrónicos: 9,3 kilos frente a los 12,3 de la UE. Alemania presenta una brecha igualmente pronunciada, con 38 kilos comercializados y 11 recogidos. Ambos países figuran entre aquellos donde el peso de los equipos puestos en el mercado supera ampliamente al de los residuos recuperados oficialmente.

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El dato español resulta especialmente llamativo porque el volumen de electrónica que se compra está próximo al de los países con mayor comercialización de la Unión. Austria encabezó la estadística en 2024 con 38,2 kilos por habitante, seguida de Alemania, con 38, y Dinamarca, con 37. España aparece inmediatamente en ese entorno de consumo elevado, pero la fotografía cambia cuando se observa el otro extremo de la vida del producto: su recogida.

Bulgaria, Chequia y Francia recuperan muchos más kilos por persona

Las diferencias dentro de Europa son grandes. Bulgaria recogió 18,9 kilos de residuos electrónicos por habitante, prácticamente el doble que España. Chequia llegó a 17,8 kilos y Francia a 17,7.

En la parte baja quedaron Chipre, con 4,7 kilos; Portugal, con 6; y Malta, con 6,4. El dato bruto, de todos modos, necesita contexto: no todos los países compran la misma cantidad de equipamiento ni tienen estructuras idénticas de consumo, duración de los aparatos o gestión del residuo. Comparar únicamente los kilos recogidos sería como medir el tráfico contando coches aparcados.

Precisamente por eso la normativa comunitaria utiliza un cálculo más elaborado. Desde 2019, el objetivo anual establecido por la legislación europea es alcanzar una recogida equivalente al 65 % del peso medio de los aparatos comercializados durante los tres años anteriores, o alternativamente el 85 % de los residuos electrónicos generados. No debe confundirse, por tanto, la simple comparación entre los 9,3 kilos recogidos y los 36 vendidos durante 2024 con la tasa oficial de cumplimiento.

Europa compra electrónica mucho más deprisa de lo que la recoge

La tendencia de fondo quizá sea más reveladora que la fotografía de un solo año. Entre 2015 y 2024, la cantidad de aparatos eléctricos y electrónicos comercializados en la UE aumentó un 79 %, pasando de 18,1 a 32,4 kilos por habitante.

La recogida también creció, pero bastante más despacio: pasó de 7,3 kilos por persona en 2015 a 12,3 kilos en 2024. Respecto a 2023, el avance fue de apenas 0,7 kilos por habitante. Entre los principales responsables del crecimiento de los equipos comercializados están los grandes aparatos, una categoría que incluye lavadoras, lavavajillas y también paneles fotovoltaicos.

El escenario tiene algo de paradoja industrial. Europa intenta reducir su dependencia exterior de materias primas estratégicas mientras toneladas de cobre, aluminio y otros materiales permanecen encerradas en aparatos que duermen en viviendas, circulan por canales informales o no llegan a plantas capaces de recuperarlos.

La propia Comisión Europea ha advertido de que una parte muy importante de los RAEE generados no se recoge correctamente y de que numerosos Estados miembros encuentran dificultades para alcanzar los objetivos comunitarios. El problema no es simplemente ambiental: una recogida insuficiente supone perder materiales que podrían regresar a la industria.

Un móvil viejo también es una pequeña reserva de materiales

Bajo la expresión residuos de aparatos eléctricos y electrónicos —los conocidos como RAEE— cabe mucho más que un frigorífico abandonado. La definición europea incluye prácticamente cualquier producto que necesite electricidad o campos electromagnéticos para funcionar: móviles, portátiles, impresoras, bombillas, secadores, televisores, cafeteras, herramientas eléctricas, cables, contadores y paneles solares, entre otros.

Ahí está parte de la importancia del asunto. Estos objetos mezclan plástico, vidrio y metales comunes con recursos mucho más valiosos. Una vez acumulados millones de aparatos, aquello que parece un cementerio tecnológico se convierte en una auténtica mina urbana.

También hay materiales que requieren tratamientos específicos y no deberían mezclarse sin más con la basura doméstica. De ahí que la legislación europea exija recogida separada y tratamiento adecuado. Los residuos electrónicos forman una corriente de desechos en expansión y su recuperación está cada vez más vinculada a la economía circular y a una menor dependencia europea de materias primas procedentes del exterior.

El cajón de los móviles viejos también pesa en las estadísticas

Hay una escena reconocible en muchos hogares: un móvil de hace diez años junto a otro que dejó de cargar, dos auriculares, un router antiguo, una cámara compacta y un ovillo de cables cuya utilidad se perdió en algún cambio de tecnología. No aparecen como residuos porque, técnicamente, nadie los ha tirado.

Ese almacenamiento doméstico explica parte de la diferencia observada por Eurostat. También intervienen los aparatos todavía activos y los flujos informales de tratamiento. Las propias estadísticas oficiales reconocen cierta incertidumbre: pueden quedar fuera operaciones de comercio electrónico transfronterizo, productores que incumplen sus obligaciones y residuos gestionados por circuitos informales.

No es un detalle menor. Cuanto menos transparente sea el destino final de esos equipos, más difícil resulta saber qué materiales han sido recuperados, cuáles siguen almacenados y cuáles han escapado del sistema reglado.

Dónde se puede entregar gratis un aparato electrónico en España

En España, los residuos electrónicos domésticos pueden llevarse gratuitamente a los puntos limpios municipales, incluidos los fijos, móviles y otros sistemas de recogida establecidos por los ayuntamientos. También existen instalaciones autorizadas y redes organizadas por fabricantes y sistemas colectivos de gestión.

Las tiendas tienen igualmente obligaciones concretas. Al comprar un aparato nuevo, el distribuidor debe aceptar gratuitamente otro aparato equivalente que haya desempeñado una función similar. La regla también alcanza las compras por internet y las entregas a domicilio: quien suministra el equipo nuevo debe permitir la recogida del antiguo equivalente.

Hay una posibilidad menos conocida. Los establecimientos con al menos 400 metros cuadrados dedicados a aparatos eléctricos y electrónicos deben recoger gratuitamente dispositivos muy pequeños —ninguna dimensión superior a 25 centímetros— aunque el consumidor no compre nada. Un móvil viejo, por ejemplo, no necesita seguir viviendo eternamente en el cajón de los calcetines.

Antes de convertir un aparato en residuo sigue existiendo otra opción: prolongar su vida mediante reparación, reutilización, donación o venta de segunda mano. La normativa española coloca precisamente la prevención y la reutilización por delante del tratamiento del residuo cuando el equipo todavía puede servir.

Mucha electrónica entra en casa y demasiado poca vuelve

Los 9,3 kilos recogidos por habitante no dibujan por sí solos todo el sistema español de reciclaje, pero sí exponen una brecha difícil de ignorar. España consume electrónica a un nivel elevado dentro de Europa, mientras el volumen que vuelve por los canales oficiales queda claramente por debajo de la media comunitaria.

Y la cuestión seguirá creciendo con cada nueva generación de móviles, electrodomésticos, ordenadores, dispositivos conectados, placas solares y baterías asociadas a una economía cada vez más electrificada. El aparato que desaparece de la mesa no desaparece físicamente. Sigue en un armario, cambia de manos, llega a una instalación autorizada o toma un camino mucho menos claro.

La estadística de 2024 deja justamente esa imagen: 36 kilos de nuevos equipos por persona frente a 9,3 kilos recogidos como residuos electrónicos. Mucho entra; bastante menos regresa. Entre una cifra y otra se esconde una parte creciente de la despensa de materiales de Europa.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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