Ciencia
La humanidad cumple 26 años de presencia humana continua en el espacio
Desde 2000, siempre ha habido seres humanos fuera de la Tierra. La ISS sostiene una presencia continua que alcanza 26 años y mira hacia 2030.
Resumen
- La presencia humana en el espacio cumple 26 años sin interrupciones
- La ISS está habitada de forma continua desde el 2 de noviembre de 2000
- La estación encara su última etapa operativa con 2030 en el horizonte
La humanidad alcanza este 2 de noviembre de 2026 un aniversario que hace apenas unas décadas pertenecía casi por completo al terreno de la ciencia ficción: 26 años consecutivos con seres humanos viviendo fuera de la Tierra. Desde que la primera tripulación permanente entró en la Estación Espacial Internacional (ISS) el 2 de noviembre de 2000, nunca ha vuelto a quedar el espacio sin presencia humana.
No significa, claro, que llevemos más de un cuarto de siglo instalados en Marte ni que exista una ciudad flotando entre las estrellas. La continuidad depende fundamentalmente de la Estación Espacial Internacional, situada en órbita terrestre baja. Pero el dato no necesita demasiados adornos: durante 26 años siempre ha habido al menos una persona viviendo y trabajando más allá de la superficie del planeta.
La ISS completa unas 16 órbitas alrededor de la Tierra cada día y se desplaza a aproximadamente cinco millas por segundo, unos 28.000 kilómetros por hora. Allí arriba, las tripulaciones duermen, comen, hacen ejercicio, reparan equipos y realizan experimentos mientras contemplan un amanecer o un anochecer aproximadamente cada 45 minutos. La rutina, solo que a unos 400 kilómetros de altura.
El 2 de noviembre de 2000 empezó una era sin interrupciones
La historia comenzó dos días antes. El 31 de octubre de 2000, una nave Soyuz despegó desde el cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán, con tres hombres a bordo: el astronauta estadounidense William Shepherd y los cosmonautas rusos Sergei Krikalev y Yuri Gidzenko.
La Soyuz llegó a la Estación Espacial Internacional el 2 de noviembre. Se acopló al módulo ruso Zvezda y, poco más de una hora después, a las 10.23 GMT, la tripulación abrió la escotilla y entró en la estación. A partir de aquel momento comenzó oficialmente la ocupación humana permanente del complejo orbital. No se ha interrumpido desde entonces.
Aquella Expedición 1 se parece poco a la vida actual en la ISS. La estación apenas estaba formada por tres módulos principales y ofrecía menos de 200 metros cúbicos de espacio presurizado, aproximadamente lo que puede tener un apartamento pequeño. Disponía de una potencia eléctrica muy inferior a la actual y buena parte del trabajo de la primera tripulación consistió, literalmente, en poner en marcha su nueva casa.
Shepherd, Krikalev y Gidzenko instalaron equipos, activaron sistemas de soporte vital, comprobaron las comunicaciones y participaron en decenas de investigaciones científicas. Permanecieron allí alrededor de cuatro meses. Cuando regresaron a la Tierra, otra tripulación ocupó su lugar.
Ese sistema de relevos sucesivos es el que ha permitido mantener la presencia humana ininterrumpida en el espacio desde entonces.
De puesto avanzado a enorme laboratorio orbital
La estación fue creciendo pieza a pieza mediante lanzamientos estadounidenses, rusos, europeos y japoneses. El pequeño puesto avanzado de 2000 acabó convertido en una estructura comparable en dimensiones a un campo de fútbol, con laboratorios, módulos habitables, esclusas, zonas de almacenamiento, instalaciones deportivas y una cúpula desde la que se observa la Tierra.
Por sus módulos han pasado ya 298 personas de 26 países. La cifra incluye astronautas profesionales, cosmonautas y participantes de misiones privadas. España también figura en esa historia gracias a Pedro Duque, que visitó la estación en 2003.
A lo largo de los años también se han realizado cientos de salidas al exterior para construir, mantener y modernizar el complejo. Se contabilizan 285 paseos espaciales vinculados a la ISS desde 1998. En muchos casos son operaciones extremadamente técnicas de varias horas: cambiar equipos, desplegar estructuras, reparar componentes o instalar nuevos sistemas eléctricos.
La Expedición 75 mantiene el relevo en 2026
Cuando se alcanza este 26.º aniversario, la estación está ocupada por los siete miembros de la Expedición 75. El comandante Pyotr Dubrov comparte el complejo con Anna Kikina, Sergey Teteryatnikov, Anil Menon, Jessica Watkins, Luke Delaney y Joshua Kutryk, procedentes de Roscosmos, la NASA y la Agencia Espacial Canadiense.
La composición de la tripulación cambia periódicamente, pero la lógica permanece intacta: antes de que unos regresen, otros llegan. Ese engranaje de lanzamientos, acoplamientos y relevos evita que la estación quede vacía siquiera unas horas.
A mediados de octubre había además cinco naves conectadas al complejo, entre ellas vehículos Dragon, Soyuz y Progress. La estación sigue funcionando, por tanto, como un pequeño puerto espacial en movimiento constante.
Más de 4.000 investigaciones desde el inicio del programa
Mantener personas permanentemente en órbita no sirve únicamente para batir un récord. La gran justificación científica de la ISS es disponer de un laboratorio donde experimentar durante meses o años bajo condiciones de microgravedad difíciles de reproducir durante periodos prolongados en la Tierra.
La estación ha acogido más de 4.000 investigaciones y demostraciones tecnológicas, con participación de más de 5.000 investigadores de unos 110 países. Los estudios abarcan medicina, biología, física, nuevos materiales, tecnología espacial, observación terrestre y los efectos que provoca una larga estancia fuera del planeta sobre el organismo humano.
Ese último campo es especialmente importante. Si algún día las misiones humanas permanecen durante meses lejos de la Tierra para viajar hasta Marte, habrá que comprender mejor cómo afectan la radiación, la pérdida de masa muscular y la microgravedad a los astronautas, junto con los cambios cardiovasculares y las consecuencias del aislamiento.
En 2026 continúan llegando experimentos nuevos. Una misión de carga de SpaceX enviada en octubre transportó, por ejemplo, equipos para estudiar la fabricación de retinas artificiales, modelos tridimensionales de tejido cardiaco, organoides cerebrales y nuevos tipos de vidrio en microgravedad. No es precisamente una estación convertida en museo antes de jubilarse.
Una cooperación internacional difícil de repetir
La Estación Espacial Internacional también es un extraño producto de la política mundial. Está gestionada por una asociación encabezada por NASA, Roscosmos, la Agencia Espacial Europea, JAXA y la CSA. Sus centros de control, laboratorios, vehículos y sistemas dependen unos de otros.
La cooperación ha sobrevivido a importantes crisis diplomáticas entre Rusia y Occidente. Mientras las relaciones políticas atravesaban etapas particularmente tensas, estadounidenses, rusos, europeos, japoneses y canadienses seguían teniendo que coordinar órbitas, naves de carga, reparaciones y relevos de tripulaciones. En el espacio, apagar el teléfono al socio con el que uno discute tiene algunas complicaciones adicionales.
Ese carácter interdependiente explica parte de la singularidad de la estación. Ningún país opera por sí solo todo el complejo. La cooperación internacional no es únicamente una fotografía institucional: forma parte de la arquitectura técnica que permite mantenerlo funcionando.
2030 aparece ya en el horizonte
Los 26 años de ocupación continua llegan cuando la ISS comienza a afrontar la recta final de su vida operativa. Estados Unidos, Canadá, Japón, los países participantes de la Agencia Espacial Europea y Rusia manejan actualmente planes para mantener las operaciones hasta 2030.
La estación no puede permanecer indefinidamente en órbita. Algunos elementos llevan décadas sometidos a ciclos térmicos, vibraciones y acoplamientos de naves, además de una exposición continua al entorno espacial. Muchos equipos se sustituyen, pero la estructura principal tiene límites.
NASA ha encargado a SpaceX el desarrollo de un vehículo específico para ayudar a desorbitar la ISS de manera controlada al terminar su vida útil. El objetivo es dirigir la mayor parte de los restos hacia una zona remota y deshabitada del océano, evitando una reentrada incontrolada de la mayor estructura construida por el ser humano en el espacio.
La retirada de la ISS tampoco pretende significar el final de la presencia humana permanente en órbita baja. Estados Unidos quiere trasladar buena parte de esas actividades a futuras estaciones espaciales comerciales. El reto será conseguir que alguna de ellas esté preparada antes de que desaparezca el complejo internacional, de manera que la cadena iniciada en noviembre de 2000 pueda continuar.
Una generación entera ha crecido con humanos fuera de la Tierra
Veintiséis años son suficientes para que una persona nacida después de la llegada de la Expedición 1 haya alcanzado la edad adulta sin conocer un solo día en el que toda la humanidad estuviera simultáneamente sobre la superficie terrestre.
Ese quizá sea el cambio más profundo. Vivir temporalmente fuera del planeta dejó de ser una sucesión de misiones excepcionales para convertirse en una actividad humana permanente. Sigue siendo difícil, cara y reservada a muy pocas personas, pero ya no es episódica.
Desde aquel 2 de noviembre de 2000, mientras en la Tierra han cambiado gobiernos, fronteras tecnológicas, guerras, teléfonos, redes sociales y formas de trabajar, alguien ha seguido orbitando sobre nuestras cabezas.
La ISS terminará desapareciendo. El récord que inició, probablemente no. Tras 26 años de presencia humana continua en el espacio, la cuestión tecnológica ya no es únicamente cómo llegar hasta allí, sino cómo evitar que volvamos a marcharnos del todo.
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