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Yemen supera los 233.000 desplazados tras la nueva escalada bélica

Más de 233.000 personas han sido desplazadas dentro de Yemen desde la nueva escalada, con Taiz golpeada por combates, hambre y ayuda bloqueada.

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Un poblado de Yemen

Por Jialiang Gao / peace-on-earth.org - Fotografía original, CC BY-SA 3.0, Wikimedia Commons

Resumen

  • Más de 233.000 personas han sido desplazadas dentro de Yemen
  • Taiz concentra buena parte de las huidas y de la presión humanitaria
  • La guerra agrava el hambre y dificulta el acceso a ayuda y sanidad

La nueva escalada de la guerra en Yemen ha obligado a más de 233.000 personas a abandonar sus hogares, según los últimos datos comunicados por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). La cifra refleja el rápido deterioro de la situación desde que los combates a gran escala entre los hutíes y las fuerzas vinculadas al Gobierno reconocido internacionalmente volvieron a intensificarse en junio.

No se trata de un movimiento aislado ni de familias que cruzan una frontera y dejan atrás la guerra. Son desplazados internos: yemeníes que siguen dentro de un país en conflicto y que, en muchos casos, cambian una zona castigada por los combates por otra donde faltan vivienda, comida, agua potable o atención sanitaria. La fotografía empeora casi semana a semana.

La OIM había situado en unos 214.000 los desplazados asociados a esta escalada hasta el 10 de octubre. Apenas unos días después, el recuento ya supera los 233.000. Los registros de su Matriz de Seguimiento del Desplazamiento muestran también la velocidad del proceso: entre el 4 y el 10 de octubre fueron contabilizadas 28.470 personas desplazadas al menos una vez.

Una cifra que crece al ritmo de los combates

Contar desplazados en una guerra nunca es tan sencillo como sumar nombres en una hoja de cálculo. Hay familias que huyen varias veces, otras se refugian durante unos días en localidades cercanas y algunas quedan fuera de los registros porque las organizaciones humanitarias no pueden acceder a determinadas zonas. La propia OIM reconoce limitaciones de cobertura en varias gobernaciones.

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Por eso conviven distintos recuentos dependiendo del periodo y del tipo de desplazamiento observado. Hasta el 10 de octubre, su sistema de seguimiento rápido había registrado 230.136 personas desplazadas al menos una vez durante 2026, mientras que el dispositivo específico dedicado a la actual escalada del oeste de Yemen contabilizaba 213.853 personas desde junio. El nuevo dato confirma que esa segunda cifra ha seguido aumentando con rapidez.

La progresión explica mejor la dimensión del problema que cualquier fotografía fija. A finales de septiembre, la OIM hablaba de unos 153.000 desplazados vinculados a la escalada; el 6 de octubre eran ya más de 201.000. La guerra avanza por semanas, a veces por días, y las familias hacen lo mismo pero en dirección contraria.

Taiz vuelve a quedar en el centro de la tormenta

La provincia de Taiz se ha convertido en el principal foco del desplazamiento. A comienzos de octubre acogía aproximadamente el 57% de las personas registradas por la OIM en la nueva emergencia, muy por delante de Lahj y Adén. En la semana del 4 al 10 de octubre, más de 3.300 hogares se desplazaron hacia otros puntos de Taiz o dentro de la propia gobernación.

Es una geografía demasiado conocida para los yemeníes. Taiz, una de las mayores ciudades del país, lleva años atrapada entre líneas de frente, controles y carreteras inseguras. La intensificación reciente de los combates ha vuelto a cortar rutas utilizadas para transportar alimentos y ayuda humanitaria.

El Programa Mundial de Alimentos calcula que el deterioro de la seguridad y el cierre de vías han dejado fuera del alcance de la ayuda a unas 800.000 personas, más de 600.000 de ellas en Taiz. En algunas zonas inaccesibles, las reservas de harina están prácticamente agotadas y el abastecimiento de los mercados se está reduciendo.

Desplazarse no equivale necesariamente a estar a salvo

Quienes consiguen salir de las zonas de combate suelen llegar a ciudades, aldeas o asentamientos que ya soportaban años de presión. Muchas familias han sido desplazadas antes y vuelven a cargar con colchones, documentos, algo de ropa y poco más. Una especie de mudanza sin casa al otro lado.

La alimentación figura entre las necesidades más urgentes. El Programa Mundial de Alimentos estima que 18,3 millones de personas sufren inseguridad alimentaria aguda en Yemen. Su seguimiento más reciente indica que el 74% de los hogares analizados no logra cubrir sus necesidades alimentarias básicas, el nivel más alto registrado este año.

El problema tampoco termina al encontrar un techo. El agua puede encarecerse cuando se cortan carreteras, los centros sanitarios reciben más heridos mientras pierden suministros y las comunidades que acogen a los recién llegados tienen recursos limitados. El desplazamiento forzado, en ese contexto, no es el final de una emergencia. Es con frecuencia el comienzo de otra.

Los niños cargan con una parte desproporcionada del golpe

La dimensión infantil de la crisis resulta especialmente dura. UNICEF calculó ya a mediados de septiembre que más de 57.000 niños habían sido desplazados en apenas dos semanas, dentro de un movimiento de población que entonces superaba las 104.000 personas.

Los combates también habían obligado a suspender las clases o cerrar 243 escuelas, afectando a más de 137.000 estudiantes, mientras decenas de instalaciones sanitarias habían visto interrumpidos sus servicios. La malnutrición agrava el cuadro: alrededor de 2,2 millones de niños menores de cinco años padecen malnutrición aguda, incluidos unos 500.000 casos graves.

Una guerra antigua que ha encontrado combustible nuevo

La crisis actual hunde sus raíces en un conflicto que lleva más de una década deformando la vida política, económica y cotidiana de Yemen. Los hutíes, también conocidos como Ansar Allah y respaldados por Irán, tomaron Saná en 2014. La intervención de una coalición encabezada por Arabia Saudí en apoyo del Gobierno yemení internacionalmente reconocido abrió al año siguiente una fase mucho más amplia de la guerra.

La tregua auspiciada por Naciones Unidas en 2022 redujo considerablemente los combates, aunque nunca desembocó en una paz definitiva. Y las treguas tienen esa incómoda característica: parecen paz mientras funcionan, hasta que dejan de hacerlo.

La violencia volvió a escalar en 2026 y el frente occidental adquirió una importancia creciente. A comienzos de octubre, el Gobierno yemení anunció una nueva ofensiva para recuperar territorio controlado por los hutíes, mientras estos han mantenido ataques con misiles y drones contra posiciones gubernamentales y objetivos saudíes. El 15 de octubre reivindicaron también un ataque contra el entorno del palacio presidencial de Al Maashiq, en Adén, sede del Gobierno reconocido internacionalmente.

La dimensión regional vuelve así a mezclarse con la guerra interna. Arabia Saudí respalda al Gobierno yemení e Irán mantiene vínculos estrechos con los hutíes; y alrededor aparece el estrecho de Bab el Mandeb, una de las rutas marítimas estratégicas del planeta. Todo eso explica la importancia geopolítica del conflicto. Explica bastante menos, claro, cómo consigue una familia una garrafa de agua después de haber abandonado su casa.

Hambre, hospitales saturados y ayuda cada vez más difícil

La nueva oleada de desplazamientos llega sobre un país exhausto. El sistema sanitario lleva años funcionando al límite y alrededor del 60% de los centros de salud están plenamente operativos. Para 2026, las estimaciones internacionales calculaban que 23,1 millones de personas necesitarían algún tipo de asistencia humanitaria.

El recrudecimiento de los combates ha llenado hospitales de heridos y dificultado al mismo tiempo la entrada de medicamentos, combustible y material médico. En las zonas del Gobierno, la inseguridad alimentaria ya empeoraba antes de la última ofensiva: las previsiones para el último trimestre apuntaban a 1,8 millones de personas en niveles de emergencia alimentaria, incluso después de la temporada de cosecha.

Yemen importa aproximadamente el 90% de sus alimentos, de modo que cualquier cierre de carreteras, interrupción portuaria o encarecimiento del transporte se transmite con rapidez al mercado. Una guerra junto al mar Rojo puede parecer un asunto de mapas militares y rutas comerciales; en una cocina de Taiz se traduce en algo mucho menos abstracto: harina que desaparece y precios que suben.

La capacidad de respuesta humanitaria tampoco es infinita. El Programa Mundial de Alimentos calcula que necesita 268 millones de dólares para mantener sus operaciones esenciales hasta marzo de 2027. Mientras tanto, sigue prestando asistencia a millones de personas y ha tenido que ampliar su respuesta para las familias recién desplazadas.

Yemen vuelve a vaciar casas antes de encontrar una paz

Superar los 233.000 desplazados en apenas unos meses es otra señal de que Yemen está entrando en una fase especialmente peligrosa. Detrás del dato no hay una población homogénea avanzando sobre un mapa, sino hogares que se fragmentan, niños que dejan la escuela, enfermos que pierden su hospital de referencia y familias obligadas a empezar de nuevo en lugares que tampoco tienen demasiado que ofrecer.

La velocidad del aumento importa tanto como el número. El desplazamiento se aceleró especialmente desde septiembre y las dificultades para acceder a determinadas zonas hacen probable que el recuento oficial no capture cada movimiento. La experiencia de esta guerra, por desgracia, tampoco invita a pensar que abandonar la primera línea garantice seguridad duradera.

Yemen lleva demasiado tiempo demostrando una paradoja bastante amarga: puede desaparecer de los titulares internacionales sin que desaparezca la guerra. Esta vez las cifras vuelven a sacarlo del margen. Más de 233.000 personas han tenido que dejar su hogar, y mientras los frentes sigan moviéndose, el contador difícilmente permanecerá quieto.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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