España
Aznar y su helado de café diario: Moncloa llegó a enviarlo en avión
El excocinero de Moncloa recuerda la rutina de Aznar con el helado de café y cómo aquel postre llegó a enviarse desde Madrid durante sus viajes.
Resumen
- Aznar tomaba helado de café después de comer y cenar los 365 días
- En los viajes, el postre debía acompañar al entonces presidente
- Tras quedarse sin él en Jaén, llegó a enviarse desde Madrid en avión
José María Aznar tenía durante sus años en La Moncloa una costumbre gastronómica tan sencilla como innegociable: helado de café después del almuerzo y de la cena, los 365 días del año. La rutina llegó a adquirir una logística bastante menos sencilla. Cuando el entonces presidente viajaba, el postre tenía que viajar con él y, en alguna ocasión, llegó a ser enviado desde Madrid en avión para evitar quedarse sin existencias.
La historia procede de Julio González de Buitrago, quien estuvo durante más de tres décadas al frente de los fogones de la Presidencia del Gobierno y conoció esa parte del poder que rara vez entra en los discursos: la despensa, los horarios, las manías familiares y esos pequeños hábitos que acaban convirtiéndose, casi sin querer, en protocolo. En el caso de Aznar, el helado tenía que ser de café y de una marca concreta. No valían aproximaciones creativas del cocinero ni sucedáneos encontrados a última hora.
González de Buitrago recogió sus recuerdos en La cocina de la Moncloa, publicado en 2014, donde repasó su convivencia profesional con varios presidentes de la democracia. Entre recepciones oficiales, invitados internacionales y menús preparados con precisión casi diplomática, quedó también espacio para episodios mucho más domésticos. Y pocos resultan tan reveladores —o tan pintorescos— como aquel congelador presidencial que debía permanecer siempre abastecido.
El helado de café era una regla en la Moncloa de Aznar
Cuando José María Aznar llegó a la Presidencia del Gobierno en 1996, el equipo de cocina tuvo que familiarizarse con los gustos de la nueva familia instalada en el complejo de La Moncloa. González de Buitrago recordó que Ana Botella le explicó las preferencias generales: comidas variadas, gusto por los arroces y el churrasco y una condición especialmente concreta para el entonces presidente.
El helado de café de Aznar en Moncloa no era un capricho ocasional reservado para un domingo caluroso. Se servía tanto a mediodía como por la noche, con independencia de la estación. Enero incluido. En una residencia donde la cocina debía atender reuniones políticas, recepciones institucionales y visitas extranjeras, aquella pequeña tarrina terminó convertida en uno de los artículos que convenía vigilar con especial atención.
La primera reacción del servicio fue bastante terrenal: abastecerse. Según el relato del antiguo jefe de cocina, nada más conocer aquella preferencia se organizó la compra necesaria para que el producto estuviera disponible. El problema no surgía en Madrid, donde reponer existencias resultaba relativamente fácil. Surgía cuando la agenda presidencial trasladaba también la mesa fuera de Moncloa.
Un viaje a Jaén convirtió el postre en problema logístico
La lección llegó durante una estancia de Aznar en Jaén. El equipo no había llevado suficiente helado y, al llegar la hora del postre, apareció el inconveniente que nadie había previsto con demasiado entusiasmo: no quedaba.
Un conductor recibió entonces el encargo de buscarlo en establecimientos de la zona. Recorrió Jaén y sus alrededores, pero aquella variedad concreta de helado no apareció. El presidente se quedó esa vez sin su habitual postre y el episodio sirvió para establecer una norma práctica mucho más eficaz que cualquier circular administrativa: desde entonces, el helado acompañaba los desplazamientos.
La anécdota tiene algo de comedia costumbrista española. Mientras una comitiva presidencial mueve escoltas, vehículos, documentación y comunicaciones, en algún lugar del dispositivo viaja también un postre cuidadosamente protegido del calor. El Estado tiene esas cosas: detrás de la solemnidad de las banderas siempre acaba apareciendo una nevera portátil.
El día en que el helado tuvo que llegar desde Madrid en avión
La precaución llegó más lejos. González de Buitrago aseguró que, para impedir nuevos sobresaltos cuando no era posible encontrar el producto en destino, alguna vez el helado fue enviado en avión desde Madrid.
Eso no significa que se movilizara una aeronave exclusivamente para transportar una tarrina, imagen demasiado buena para ser verdad. El relato del cocinero habla del envío del producto desde la capital para asegurar su disponibilidad durante los viajes. El detalle importante está en otra parte: aquella preferencia había adquirido suficiente relevancia dentro de la organización cotidiana como para no dejarla al azar.
Y ese es precisamente uno de los atractivos de las memorias de González de Buitrago. La política suele conservar para la posteridad grandes discursos, reformas legislativas, fotografías internacionales y crisis de Gobierno. La vida cotidiana deja registros distintos: qué se desayunaba, qué plato se repetía y qué ingrediente no podía faltar.
Julio González de Buitrago, el cocinero de cinco presidentes
González de Buitrago conocía bien esa trastienda. Trabajó en las cocinas de La Moncloa durante más de 30 años y sirvió a las familias de Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Se jubiló coincidiendo con el relevo que llevó a Mariano Rajoy a la Presidencia.
Sus memorias no presentan la cocina únicamente como una colección de curiosidades presidenciales. Durante décadas, los fogones de Moncloa estuvieron también al servicio de cenas oficiales y visitantes extranjeros. Por allí pasaron jefes de Estado, miembros de casas reales y dirigentes internacionales con sus propias preferencias, restricciones y protocolos.
Pero son las costumbres pequeñas las que mejor dibujan a los personajes. Suárez tenía sus platos recurrentes; Felipe González prefería sabores reconocibles de la cocina española; con Rodríguez Zapatero aparecieron preparaciones más ligeras. Cada familia modificaba discretamente la rutina de la casa presidencial, igual que ocurre al cambiar los habitantes de cualquier vivienda, aunque esta tenga controles de seguridad y consejos de ministros a unos metros.
La cocina también retrata el poder
Hay una tentación fácil de interpretar demasiado una preferencia gastronómica. Que Aznar tomara helado de café dos veces al día no explica su política exterior, sus reformas económicas ni una sola decisión de su Gobierno. Freud, probablemente, habría pedido otra sesión. Un congelador tampoco constituye una ideología.
Lo interesante es otra cosa. El episodio muestra hasta qué punto la normalidad privada continúa existiendo dentro de las instituciones más solemnes. Un presidente puede pasar la mañana tratando asuntos de Estado y conservar después exactamente la misma costumbre doméstica que tenía antes de llegar al poder. Con la diferencia, claro, de que alrededor existe una estructura capaz de convertir la búsqueda de un helado en una pequeña operación logística.
Ese contraste explica que la anécdota haya sobrevivido tantos años. Hay fotografías de Aznar en cumbres internacionales que necesitan varias páginas de contexto para comprenderse. Para entender a un hombre esperando su helado después de cenar basta haber abierto alguna vez un congelador y descubrir que alguien se ha comido el último.
Una pequeña historia de Moncloa que sigue teniendo sabor
El relato del helado de café no modifica la historia política española, pero sí añade textura a una época. Aznar ocupó La Moncloa entre 1996 y 2004, ocho años durante los cuales aquella costumbre se mantuvo con una regularidad que pocos hábitos personales pueden presumir.
También explica el valor documental de los recuerdos de quienes trabajan alrededor del poder sin aparecer normalmente delante de las cámaras. Un jefe de cocina de Moncloa observa una presidencia desde un ángulo singular: conoce los horarios que se alargan, las visitas imprevistas, las celebraciones familiares y las preferencias que terminan convertidas en rutina.
Entre todas ellas, la de Aznar quedó grabada con especial claridad. Dos raciones al día, durante todo el año, siempre el mismo sabor y suficiente previsión para que el helado de café pudiera seguir al presidente incluso fuera de Madrid. En ocasiones, hasta por avión.
La alta política produce tratados, debates parlamentarios y gruesos volúmenes de memorias. También produce estas estampas. Y quizá por eso permanecen: porque detrás del despacho presidencial, de los coches oficiales y del protocolo aparece de pronto algo extraordinariamente corriente. Una persona termina de comer y espera su postre. Solo que, esta vez, el postre podía cruzar media España para llegar a tiempo.
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