España
Almerimar, el pequeño Mónaco andaluz que seduce al turismo británico
Almerimar crece como destino británico gracias a su puerto deportivo, sus playas amplias, el golf y un clima suave junto al Mediterráneo almeriense.
Imagen: Steve Slater / CC BY 2.0.
Resumen
- Almerimar gana atención británica por su puerto, playas, golf y clima
- Su marina de 1.100 amarres alimenta la comparación con el pequeño Mónaco
- El tirón crece sin que existan datos de una avalancha británica local
Almerimar ha dejado de ser únicamente ese enclave del Poniente almeriense conocido por quienes veranean en la zona. La prensa británica ha puesto el foco en esta localidad costera de El Ejido, hasta el punto de presentarla como el “pequeño Mónaco” español: puerto deportivo, viviendas junto al mar, golf, terrazas y playas amplias, pero sin la densidad turística de otros grandes destinos mediterráneos.
La comparación tiene bastante de titular —Almerimar no pretende competir con Montecarlo, ni falta que hace—, pero se apoya en algo tangible. Su puerto cuenta con 1.100 amarres, alrededor de él se concentra buena parte de la restauración y el ocio de la localidad y, a pocos minutos, aparecen un campo de golf de 27 hoyos, kilómetros de litoral y el espacio protegido de Punta Entinas-Sabinar. El resultado es peculiar: barcos y apartamentos frente al Mediterráneo y, prácticamente a la vuelta de la esquina, dunas, salinas y flamencos.
Conviene introducir un matiz antes de convertir el fenómeno en una invasión de sombreros británicos bajo el sol de Almería. No existe una estadística pública específica que permita medir una avalancha de turistas del Reino Unido en Almerimar. Lo que sí puede comprobarse es el creciente eco del destino en medios británicos, una conexión aérea favorable con Reino Unido y un mercado británico que mantiene un peso considerable dentro del turismo andaluz.
Por qué Almerimar se ha convertido en el “pequeño Mónaco”
El parecido empieza, inevitablemente, en el agua. Almerimar es un núcleo turístico construido alrededor de su puerto deportivo, no una antigua villa pesquera que un buen día amaneció llena de yates. Esa diferencia explica buena parte de su aspecto: el puerto no se añadió después al pueblo, sino que forma parte de su ADN urbano. Alrededor de las dársenas se suceden viviendas, establecimientos comerciales, restaurantes y terrazas; el paseo tiene más sabor de marina mediterránea que de casco tradicional andaluz.
El puerto dispone de 1.100 amarres y figura entre las infraestructuras náuticas relevantes de Andalucía. La prensa británica ha subrayado precisamente ese decorado de embarcaciones, viviendas de cierto nivel y vida social junto a los muelles para construir la comparación con Mónaco. El parecido, claro, termina pronto: faltan el casino de Montecarlo, los Ferrari haciendo cola y unas cuantas cifras en la cuenta bancaria. Aquí el lujo es bastante menos teatral.
También pesa el golf. El campo de Almerimar, diseñado originalmente por Gary Player, tiene 27 hoyos y constituye uno de los grandes activos deportivos del destino. La oferta de alojamiento incluye establecimientos de alta categoría, apartamentos turísticos y viviendas vacacionales. Es una infraestructura considerable para un núcleo costero de estas dimensiones, aunque muy alejada de la escala hotelera de Marbella, Benidorm o Torremolinos.
El turismo británico explica parte de este nuevo interés
La atención de los medios del Reino Unido encaja en una tendencia mucho mayor. Andalucía recibió en 2025 alrededor de 3,1 millones de turistas británicos, con un crecimiento superior al del año anterior y por encima de los niveles previos a la pandemia. Reino Unido siguió así situado entre los mercados extranjeros decisivos para el turismo andaluz, una corriente suficientemente grande como para alterar el mapa de destinos cuando aparece un nuevo nombre en el radar.
Almerimar tiene, además, una ventaja muy concreta que en turismo pesa casi tanto como una buena playa: llegar resulta relativamente sencillo. El Aeropuerto de Almería mantiene conexiones con diferentes ciudades británicas según la temporada y la programación de las aerolíneas, lo que acerca el Poniente almeriense a un público acostumbrado a volar al Mediterráneo para escapadas y vacaciones.
Ahí aparece el verdadero atractivo. Frente a zonas españolas donde el visitante británico encuentra urbanizaciones continuas, playas atestadas y precios cada vez más tensos, Almerimar conserva una escala más manejable. No es un rincón secreto —esa expresión suele morir en cuanto aparece por tercera vez en Google—, pero tampoco juega todavía en la liga de la masificación de las grandes costas españolas.
Sol, puerto y espacio: una combinación difícil de ignorar
El clima ayuda mucho. El municipio de El Ejido disfruta de más de 3.000 horas de sol anuales y una temperatura media anual cercana a los 18 grados. Para un viajero procedente de Manchester, Leeds o Liverpool, la ecuación se entiende sin necesidad de folleto turístico: luz, invierno suave y Mediterráneo a pocas horas de avión.
Pero quizá el detalle decisivo sea el espacio. Las playas de Almerimar son largas, predominantemente residenciales y cuentan con servicios sin presentar la compresión urbana característica de otras costas. Poniente es una de las más concurridas y equipadas; San Miguel ofrece un entorno más tranquilo y Levante mezcla paseo marítimo, servicios y proximidad al espacio protegido. No son pequeñas calas de paso, sino playas donde resulta fácil pasar buena parte del día.
Del paseo marítimo a una reserva natural en pocos minutos
Aquí es donde la etiqueta de pequeño Mónaco empieza a quedarse corta. Hacia el este, el paisaje urbano se abre y aparece Punta Entinas-Sabinar, uno de los grandes humedales litorales de Almería. Su paraje natural se extiende entre El Ejido y Roquetas de Mar y combina lagunas, salinas, sistemas dunares y vegetación mediterránea, con distintas figuras de protección ambiental.
El contraste es bastante insólito. Una mañana puede empezar entre mástiles, cafeterías y pantalones de golf y terminar frente a una franja de dunas donde el sonido dominante vuelve a ser el viento. La Reserva Natural Punta Entinas-Sabinar protege ambientes de playas arenosas, dunas, salinas y pequeñas charcas utilizadas por numerosas aves acuáticas y migratorias.
Para Almerimar esto supone algo más que una postal. Le proporciona un producto turístico difícil de fabricar artificialmente: ocio náutico y naturaleza protegida separados por apenas unos minutos. En una costa mediterránea donde durante décadas se construyó mirando únicamente al metro cuadrado edificable, conservar semejante vecino es casi un lujo mayor que cualquier yate.
Golf, deportes náuticos y una costa pensada para quedarse
La localidad explota con bastante lógica su relación con el mar. Vela, windsurf, kitesurf, remo y piragüismo forman parte de la oferta habitual, favorecidos también por el viento que caracteriza algunos tramos del litoral almeriense. San Miguel y las zonas próximas son conocidas entre quienes practican deportes náuticos; cuando sopla de verdad, el Mediterráneo deja de parecer esa piscina azul que prometen los catálogos.
A ello se suma el golf, una actividad especialmente relevante para el turismo del norte de Europa porque ayuda a alargar la temporada más allá de julio y agosto. El campo de 27 hoyos, el puerto y las temperaturas suaves permiten vender Almerimar como destino deportivo durante buena parte del año, no únicamente como lugar para extender una toalla entre junio y septiembre.
El municipio intenta profundizar en esa desestacionalización mediante proyectos turísticos que conectan costa, agricultura, gastronomía, patrimonio y naturaleza. El objetivo es bastante transparente: conseguir más actividad sin transformar Almerimar en otro destino costero intercambiable. Ese equilibrio —crecer sin perder identidad— será probablemente una de las pruebas decisivas para los próximos años.
Lo que Almerimar tiene de Mónaco y lo que no
El sobrenombre funciona porque se entiende en cinco segundos. Hay un puerto grande, embarcaciones, viviendas de cierta categoría, golf y palmeras. Se mira una fotografía aérea y la asociación sale sola. Pero Almerimar es mucho más terrenal que Mónaco, y probablemente ahí reside buena parte de su atractivo.
No es un principado histórico ni un enclave construido sobre la fiscalidad y el lujo internacional. Pertenece a El Ejido, uno de los grandes centros agrícolas de Europa, y se encuentra rodeado por ese extraordinario paisaje de invernaderos que ha transformado la economía del Poniente almeriense. El contraste puede resultar chocante para quien llega por primera vez: del llamado “mar de plástico” se pasa, en pocos kilómetros, a campos de golf, veleros y paseos junto al Mediterráneo.
Tampoco debería confundirse la creciente repercusión mediática con una masificación consumada. Los datos disponibles acreditan el fuerte peso del turismo británico en Andalucía, mientras que la aparición de Almerimar en medios del Reino Unido demuestra que el destino ha entrado en su radar. Lo que todavía no existe es una serie estadística pública que permita afirmar cuántos de esos viajeros están eligiendo específicamente Almerimar. Esa diferencia separa una tendencia verificable de un eslogan turístico.
Un puerto que está cambiando el mapa turístico de Almería
Almerimar juega con una combinación que no abunda tanto como parece: infraestructura turística sin una sensación permanente de saturación, un gran puerto deportivo, hoteles de gama alta, golf, playas extensas y un espacio natural protegido prácticamente pegado a la urbanización. Todo ello bajo el sol seco de Almería y con conexiones aéreas que facilitan la llegada desde Reino Unido.
El “pequeño Mónaco andaluz” es, por tanto, una etiqueta exagerada pero eficaz. Sirve para que un lector británico sitúe de inmediato el escenario: barcos, Mediterráneo, cierta exclusividad. Después aparece la parte verdaderamente interesante. Almerimar no necesita parecerse demasiado a Montecarlo para resultar atractiva. Su ventaja está precisamente en seguir siendo Almerimar: menos ostentación, mucho más espacio y una costa que todavía permite contemplar el mar sin que el horizonte esté ocupado por una sucesión interminable de edificios.
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