Cultura
Premios Princesa de Asturias 2026: Messi, Leonor y Smith en Oviedo
Los Premios Princesa de Asturias 2026 reunieron a Messi, Patti Smith y Leonor en una gala marcada por la emoción, los discursos y la cultura.
Imagen: Ruben Ortega / CC BY-SA 4.0.
Resumen
- Messi recibió una gran ovación al recoger el premio de los Deportes
- Leonor habló a los jóvenes de vivienda, extremismos e incertidumbre
- Patti Smith sorprendió al Campoamor cantando Wing a capela
Los Premios Princesa de Asturias 2026 dejaron este viernes 23 de octubre en el Teatro Campoamor de Oviedo una de esas ceremonias en las que el protocolo acabó compartiendo espacio con momentos bastante menos previsibles. Leo Messi recibió una larga ovación, Patti Smith terminó cantando Wing a capela, Studio Ghibli llevó a Totoro hasta el escenario y la princesa Leonor utilizó su discurso para hablar de una generación que convive con el desencanto, la dificultad para acceder a una vivienda, los extremismos y una vida acelerada por las redes y la tecnología.
Fue la 46.ª edición de los galardones y reunió ocho premios que dibujan un mapa bastante singular de nuestro tiempo: del fútbol de Messi a la literatura de Julian Barnes, de la secuenciación genética a la bóveda que conserva semillas en el Ártico, del cine de animación japonés al viaje alrededor de la Luna. Mucho mundo concentrado durante unas horas bajo las lámparas del Campoamor. Y, entre tanta solemnidad, hubo incluso espacio para una canción sin música y un enorme Totoro de peluche.
Ocho premios y una gala que se salió varias veces del guion
La nómina de premiados explica por qué la ceremonia de 2026 despertó una expectación poco habitual. Patti Smith recibió el Premio de las Artes; Studio Ghibli, el de Comunicación y Humanidades; David Klenerman, Shankar Balasubramanian y Pascal Mayer, el de Investigación Científica y Técnica; la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, el de Cooperación Internacional; Timothy Garton Ash, el de Ciencias Sociales; Leo Messi, el de los Deportes; Julian Barnes, el de las Letras, y Christina Koch, el de la Concordia.
La alfombra azul ya había dado alguna pista sobre el tono de la tarde. Kenichi Yoda, presidente de Studio Ghibli, apareció acompañado por un Totoro, uno de los personajes más reconocibles del estudio japonés. No era exactamente la clase de acompañante que uno espera entre trajes oscuros, condecoraciones y saludos medidos al milímetro. Funcionó, precisamente por eso.
La ceremonia estuvo presidida por Felipe VI y la reina Letizia, acompañados por Leonor y la infanta Sofía. Horas antes, la heredera había protagonizado otro movimiento relevante dentro de su progresiva incorporación a los actos institucionales: recibió por primera vez en solitario a los galardonados y les entregó sus insignias en el Hotel de la Reconquista.
Leonor habla a una generación que no lo tiene precisamente fácil
El discurso de la princesa Leonor fue uno de los ejes de la gala. No trató de pintar una juventud radiante por decreto. Habló de desencanto social, desigualdad, extremismos, populismos, conflictos, guerras tecnológicas, incertidumbre y coste de la vida. También de la dificultad de imaginar un futuro estable cuando conseguir un buen trabajo o una casa empieza a parecer, para muchos jóvenes, una carrera con la meta desplazándose cada año unos metros más lejos.
Leonor situó frente a ese paisaje el ejemplo de los premiados. Su argumento fue sencillo: la esperanza necesita referencias concretas, no frases de taza. Reivindicó el esfuerzo, la autenticidad frente a lo virtual y esa imperfección humana que empieza a adquirir un valor casi exótico en un mundo obsesionado con máquinas capaces de producir respuestas inmediatas.
Hubo también una pequeña confesión familiar. Al hablar de Studio Ghibli, recordó que de niña acudió con la reina Letizia y su hermana Sofía al cine para ver Ponyo en el acantilado. Para la infanta era, contó Leonor, su primera película en una sala. Aquella experiencia terminó formando parte de su educación porque, señaló, el cine educa incluso cuando no se propone hacerlo.
De Messi destacó una trayectoria irrepetible y su capacidad para someter el talento individual a la lógica colectiva del fútbol. De Julian Barnes reivindicó una literatura cuya emoción, sostuvo, ninguna inteligencia artificial puede reproducir. A Patti Smith la presentó como una artista que ha convertido la inconformidad en una forma de vida y de creación.
Messi recibe la gran ovación del Teatro Campoamor
La aparición de Leo Messi concentraba buena parte de la expectación, y el Teatro Campoamor respondió como cabía esperar. El argentino recogió de manos de Leonor el Premio Princesa de Asturias de los Deportes, sonrió, mostró el galardón al público y recibió una cerrada ovación. El reconocimiento distingue tanto su carrera, como futbolista con un palmarés extraordinario, como su labor solidaria vinculada a la educación y la salud infantil.
Messi no pronunció uno de los discursos oficiales de la ceremonia. Tampoco podía alargar demasiado su estancia: abandonó Oviedo después del acto para regresar a Estados Unidos, donde el Inter Miami tenía partido al día siguiente. Antes de marcharse se despidió de la familia real. Un viaje fugaz para añadir otra pieza, bastante distinta de un Balón de Oro o una Champions, a una vitrina que hace tiempo dejó de necesitar espacio libre.
El premio tenía además una dimensión personal para el futbolista. Durante su estancia en Asturias había explicado la importancia que el reconocimiento tuvo para su padre y agradeció especialmente el cariño recibido en España, el país donde desarrolló la mayor parte de su carrera profesional.
Patti Smith rompe el protocolo con una canción a capela
Pero el instante menos calculado de la noche perteneció a Patti Smith. La artista estadounidense había terminado prácticamente su intervención cuando decidió cantar Wing a capela. Sin banda, sin artificio y sin que la interpretación estuviera prevista en el programa. En una ceremonia donde casi cada segundo conoce de antemano el segundo siguiente, aquello produjo un silencio distinto.
Smith, que cumplirá 80 años en diciembre, explicó que recibir el Premio de las Artes no significaba mirar hacia atrás y dar su carrera por terminada. Al contrario: lo entendía como un estímulo para seguir trabajando y evolucionando, y para encontrar nuevas formas de ofrecer esperanza y estabilidad a las generaciones jóvenes.
Su presencia había desbordado, además, los límites del Campoamor. Durante la semana ofreció conciertos y encuentros con jóvenes. La imagen final, sin embargo, será probablemente esa: Patti Smith sola ante el micrófono, cantando sin acompañamiento en mitad de una de las ceremonias más pautadas del calendario institucional español.
Barnes, Garton Ash y Koch llevan la gala mucho más allá del protocolo
Los discursos de los galardonados evitaron que la tarde quedara reducida a nombres célebres y fotografías de familia. Julian Barnes, Premio de las Letras, se preguntó por la idea de progreso en el arte. Su conclusión desmontó la cómoda teoría de que lo nuevo es necesariamente mejor: literatura, pintura o música vuelven una y otra vez sobre antiguas verdades, aunque encuentren nuevas formas de expresarlas. Cervantes, Shakespeare y Velázquez atravesaron una intervención más parecida a una conversación entre siglos que a un agradecimiento convencional.
Timothy Garton Ash llevó el debate directamente a Europa. Advirtió del deterioro de la confianza democrática, la desinformación y las amenazas a un continente que durante décadas creyó consolidada la paz. Y encontró una metáfora inesperada delante de Messi: el tiquitaca. Europa, sostuvo, necesita combinar talento individual y juego colectivo, diversidad y unidad, como un equipo cuyos jugadores saben no solo dónde están sus compañeros, sino dónde estarán dentro de unos segundos.
La astronauta Christina Koch, Premio de la Concordia, cambió todavía más la escala. Recordó su experiencia alrededor de la Luna con Artemis II y habló de la Tierra como ese pequeño lugar compartido que desde la distancia vuelve bastante absurdas algunas de las divisiones que aquí abajo parecen enormes. Su mensaje quedó condensado en una idea: los demás seres humanos forman parte de nuestra misma tripulación.
Mientras tanto, la ciencia tuvo uno de los reconocimientos quizá menos vistosos y más trascendentes de la edición. Klenerman, Balasubramanian y Mayer fueron premiados por aportaciones decisivas a las técnicas modernas de secuenciación del ADN, mientras que la Bóveda Global de Semillas de Svalbard recibió el galardón de Cooperación Internacional por su trabajo para conservar diversidad agrícola y proteger recursos genéticos esenciales para la alimentación futura.
Felipe VI pone el foco en la democracia y la inteligencia artificial
Felipe VI cerró los discursos con un mensaje político e institucional especialmente marcado por el calendario español. Con las elecciones generales del 29 de noviembre ya en el horizonte, afirmó que la democracia no termina cuando se introducen las papeletas en una urna: exige cuidar sus instituciones, sus formas y la convivencia cotidiana.
El rey contrapuso también la experiencia humana con la rapidez que ofrece la inteligencia artificial. Su planteamiento no fue tecnófobo, sino más incómodo: un algoritmo puede absorber cantidades formidables de conocimiento, pero otra cosa muy distinta es adquirir experiencia moral, aprender con los años o comprender de verdad la consideración hacia los demás.
Ahí los premiados funcionaron como argumento. Una carrera como la de Messi no nace de una respuesta instantánea; tampoco una novela de Barnes, la obra de Patti Smith, una misión lunar o décadas de investigación genética. El talento necesita tiempo, fracasos y correcciones, además de una cantidad poco fotogénica de trabajo. El viejo material humano, vaya.
La noche en que Totoro compartió escenario con Messi
Los Premios Princesa de Asturias 2026 terminaron reuniendo en unas pocas horas mundos que rara vez coinciden: un futbolista argentino, una poeta punk estadounidense, un escritor británico, una astronauta, tres científicos del ADN, un historiador europeo, un estudio japonés de animación y una bóveda excavada entre el hielo para conservar semillas. Una fotografía improbable de la cultura, la ciencia y el deporte contemporáneos.
Y alrededor de ellos, otra historia avanzaba discretamente: la de una princesa Leonor de 20 años que asumió nuevas funciones institucionales y utilizó el Campoamor para hablar a los jóvenes desde problemas reconocibles, no desde una burbuja generacional imaginaria.
El recuerdo más inmediato quizá sea el de Messi levantando el premio o Patti Smith cantando sin música. Tal vez Totoro entrando al Campoamor. Pero la gala dejó algo menos vistoso y bastante más interesante: cultura, ciencia, deporte y vida pública discutiendo, durante una tarde, sobre cómo conservar algo de confianza en el futuro cuando el presente insiste en ponerlo difícil.
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