Tecnología
Los kogui alertan del riesgo de la IA: un espejo que lo amplifica todo
Las autoridades kogui advierten que la inteligencia artificial amplifica los valores humanos y alertan de sus riesgos para la sociedad y el entorno.
Imagen: Dwayne Reilander, CC BY-SA 4.0.
Resumen
- Los kogui comparan la IA con un espejo que amplifica los errores humanos
- Advierten de los riesgos sociales y ambientales de su expansión
- Reclaman límites, responsabilidad y escuchar a los pueblos indígenas
El pueblo indígena kogui de Colombia ha difundido una advertencia sobre los riesgos de la inteligencia artificial que va más allá de los debates habituales sobre algoritmos, automatización y máquinas conscientes. Desde la Sierra Nevada de Santa Marta, dos de sus autoridades espirituales han publicado una declaración en la que comparan esta tecnología con un espejo capaz de multiplicar las virtudes, los errores y las ambiciones de la sociedad que la desarrolla.
El mensaje sostiene que el verdadero peligro de la IA no reside únicamente en lo que puedan llegar a hacer las máquinas, sino en las decisiones de quienes las construyen y controlan. Sus autores reclaman responsabilidad, límites al poder tecnológico y una mayor participación de los pueblos indígenas en las decisiones que afectan al futuro de la humanidad.
La declaración, difundida durante septiembre y octubre de 2026, está firmada por el mamo Vangelio Moscote Alberto y la saka Rosa Mamatacán Sauna, autoridades del Ezuama Mayor Kuamaka. El texto aborda cuestiones que suelen quedar reservadas a laboratorios, universidades y gobiernos: desde el problema de la conciencia hasta la física moderna, la explotación de minerales estratégicos y las consecuencias ambientales de la expansión tecnológica.
Lo llamativo es que los kogui no presentan su intervención como un rechazo a la inteligencia artificial. Reconocen su potencial, pero consideran insuficiente discutir cómo hacerla segura sin examinar antes los valores de la sociedad que la está desarrollando.
La inteligencia artificial es un espejo de la sociedad que la crea
La comparación que articula la declaración es sencilla, aunque sus consecuencias resultan bastante menos tranquilizadoras. Para las autoridades kogui, la inteligencia artificial refleja el pensamiento humano y amplifica sus efectos.
Si una tecnología se desarrolla para mejorar las condiciones de vida, proteger el entorno o facilitar el conocimiento, puede contribuir a esos objetivos. Si está impulsada principalmente por la acumulación de riqueza, la competencia desmedida o el deseo de controlar a otros, también puede reforzar esas dinámicas.
Su reflexión cuestiona uno de los conceptos centrales del desarrollo tecnológico actual: la alineación de la inteligencia artificial con los valores humanos. Las empresas investigan cómo conseguir que los sistemas respondan a determinadas normas de seguridad, pero el texto kogui plantea un problema anterior: qué valores humanos se están transmitiendo y quién tiene autoridad para seleccionarlos.
La preocupación no es puramente filosófica. Los sistemas de IA aprenden patrones de grandes cantidades de información, incorporan decisiones tomadas por sus desarrolladores y funcionan bajo objetivos establecidos por personas, empresas e instituciones. Sus resultados pueden reproducir sesgos, desigualdades y prioridades presentes en esos procesos.
Eso no significa que una máquina reproduzca inevitablemente todos los defectos humanos. Existen técnicas para reducir errores, limitar comportamientos perjudiciales y mejorar su funcionamiento. Sin embargo, esas medidas también dependen de decisiones humanas.
El mensaje kogui apunta precisamente a esa responsabilidad humana, que no desaparece por mucho que se automaticen las decisiones.
Quiénes son los kogui y por qué han decidido intervenir
Los kogui, también conocidos como Kággaba, son uno de los cuatro pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, en el norte de Colombia, junto con los arhuacos, los wiwa y los kankuamos.
Su territorio ancestral ocupa una región montañosa de extraordinaria diversidad ecológica. Para estas comunidades, Gonawindua, como denominan a la Sierra Nevada, constituye el corazón del mundo y ocupa un lugar central en su concepción de las relaciones entre la naturaleza, el territorio y los seres humanos.
El sistema de conocimiento ancestral de estos cuatro pueblos fue inscrito en 2022 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. El reconocimiento destaca sus prácticas de transmisión del conocimiento, sus vínculos con los lugares sagrados y su papel en la conservación del entorno.
En esta tradición, los mamos y las sakas son autoridades espirituales que adquieren sus conocimientos mediante procesos prolongados de aprendizaje, experiencia y práctica comunitaria.
Un conocimiento que no cabe por completo en los datos
Uno de los argumentos más relevantes de la declaración afecta directamente a la manera en que se entrenan los sistemas de inteligencia artificial.
Los kogui recuerdan que buena parte de su conocimiento se transmite oralmente y mediante la experiencia directa, sin quedar recogido en libros, documentos digitales o bases de datos.
Esta distinción tiene consecuencias importantes. Una inteligencia artificial puede procesar millones de textos, reconocer patrones y producir explicaciones elaboradas. Pero disponer de información no equivale necesariamente a comprender todas sus implicaciones ni a haber experimentado aquello que describe.
El conocimiento tradicional sobre un territorio, por ejemplo, puede incorporar observaciones acumuladas durante generaciones acerca de los ciclos naturales, el comportamiento de los animales o las relaciones entre distintas especies.
Los autores describen también el Zhátukua, un procedimiento propio de consulta y deliberación en el que intervienen autoridades con competencias específicas. Según explican, los resultados deben examinarse por sus consecuencias para el equilibrio, la comunidad y el territorio.
Su planteamiento no demuestra que todos los conocimientos tradicionales puedan equipararse a los métodos científicos modernos. Pero sí introduce una cuestión relevante para el desarrollo de la IA: los sistemas entrenados principalmente con información digitalizada pueden dejar fuera experiencias y perspectivas que nunca se han incorporado a esos registros.
La conciencia artificial y las preguntas que la ciencia todavía no resuelve
La declaración dedica una parte considerable a la naturaleza de la mente y al denominado problema difícil de la conciencia, una expresión utilizada en filosofía para referirse a la dificultad de explicar por qué determinados procesos físicos van acompañados de una experiencia subjetiva.
Los investigadores pueden estudiar la actividad cerebral y sus relaciones con la percepción, la memoria o la conducta. Otra cuestión es explicar completamente cómo surge la experiencia consciente.
Los kogui relacionan este debate con su concepto de Aluna, que describen como una forma de pensamiento primordial vinculada al origen de las cosas. En su exposición establecen comparaciones con determinadas ideas de la física moderna, incluido el vacío cuántico.
Estas analogías expresan su interpretación filosófica y espiritual del universo. No constituyen una demostración científica de que Aluna y los conceptos de la mecánica cuántica sean equivalentes.
La advertencia central, sin embargo, resulta comprensible sin necesidad de aceptar esa equivalencia: una tecnología no necesita ser consciente para causar daños importantes.
Un sistema automatizado puede ejecutar decisiones perjudiciales, facilitar actividades peligrosas o contribuir a la destrucción del entorno sin experimentar emociones, deseos o conciencia en el sentido humano.
La declaración cuestiona así la idea de que el mayor riesgo aparezca exclusivamente cuando las máquinas alcancen una inteligencia comparable o superior a la humana.
El problema también existe con los sistemas de inteligencia artificial que ya funcionan y con el poder que las personas les conceden.
El coste oculto de la IA: agua, energía y minerales estratégicos
La reflexión kogui abandona el terreno filosófico cuando aborda las consecuencias materiales del desarrollo de la inteligencia artificial.
Aunque sus aplicaciones se presentan habitualmente como servicios digitales, necesitan infraestructuras físicas: centros de datos, procesadores, sistemas de refrigeración, redes eléctricas y materiales procedentes de actividades extractivas.
La construcción y el funcionamiento de estas instalaciones requieren energía, agua y recursos minerales. Su impacto varía según la tecnología utilizada, la ubicación de los centros y el origen de la electricidad, pero no puede considerarse inexistente.
Este aspecto preocupa especialmente a las comunidades de la Sierra Nevada de Santa Marta, cuyos territorios han estado sometidos históricamente a presiones relacionadas con la explotación de recursos naturales.
La declaración menciona un acontecimiento concreto: el acuerdo de cooperación sobre minerales críticos y tierras raras firmado por Colombia y Estados Unidos el 8 de septiembre de 2026 en Barranquilla.
El instrumento busca fortalecer las cadenas de suministro, impulsar el conocimiento geológico y facilitar la cooperación en minería y procesamiento. Se trata de un marco no vinculante que, por sí mismo, no concede derechos de explotación sobre territorios determinados.
Su firma coincidió con un periodo de especial importancia para la protección ambiental de la región.
En junio de 2026, el Gobierno colombiano declaró la Reserva de Recursos Naturales Renovables Corazón del Mundo, en la Sierra Nevada de Santa Marta-Gonawindua, con una extensión aproximada de 1,5 millones de hectáreas. La medida establece una protección frente a nuevas actividades mineras y de hidrocarburos, dentro del régimen jurídico correspondiente.
Las autoridades kogui valoran esa protección, pero advierten de la necesidad de garantizar su cumplimiento.
Su preocupación es que el aumento de la demanda de materiales estratégicos termine generando nuevas presiones sobre territorios indígenas y espacios de alto valor ambiental.
La conexión entre inteligencia artificial, minería y geopolítica deja así de ser abstracta. El desarrollo tecnológico depende de cadenas internacionales de suministro y de decisiones económicas que pueden afectar a comunidades muy alejadas de los lugares donde se diseñan los sistemas.
Los kogui reclaman límites y responsabilidad en el desarrollo tecnológico
La parte final del mensaje plantea una idea que atraviesa toda la declaración: el progreso tecnológico no puede medirse únicamente por la capacidad de producir máquinas más potentes.
Para sus autores, una sociedad también debe valorar las consecuencias de sus decisiones, reconocer los límites de los recursos naturales y asumir la responsabilidad por los daños que puedan derivarse de sus herramientas.
La crítica se dirige especialmente a la concentración del poder tecnológico y a la posibilidad de que determinadas organizaciones utilicen la inteligencia artificial sin responder suficientemente por sus efectos sociales y ambientales.
Tampoco defienden que su propia visión cultural deba imponerse al resto del mundo. Reclaman participar en una conversación que consideran demasiado concentrada en los centros políticos, económicos y científicos.
En ese planteamiento aparece otra exigencia: el respeto al consentimiento de los pueblos indígenas cuando se utilicen sus conocimientos o se tomen decisiones capaces de afectar a sus territorios.
Su advertencia tiene una dimensión política evidente. Una tecnología desarrollada por un número limitado de empresas y gobiernos puede producir consecuencias para millones de personas que apenas participan en las decisiones sobre su funcionamiento.
Los kogui no presentan una solución técnica para los problemas de la inteligencia artificial ni una alternativa completa a los actuales sistemas de regulación. Lo que proponen es ampliar el debate sobre quién establece sus objetivos, quién obtiene los beneficios y quién soporta sus costes.
El mensaje llega en un momento en el que la capacidad de los sistemas de IA avanza con rapidez, mientras continúan abiertas las discusiones sobre sus límites, su impacto ambiental y la supervisión humana.
Desde la Sierra Nevada de Santa Marta, los autores han introducido una perspectiva poco habitual en ese debate: antes de preguntarse hasta dónde puede llegar la inteligencia artificial, conviene determinar qué estamos dispuestos a permitir que haga y quién responderá por sus consecuencias.
Porque la capacidad de una máquina para ejecutar una tarea no resuelve, por sí sola, si esa tarea debería realizarse.
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