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La UE retira «miembro asociado» del borrador para la cumbre con Canadá
La UE retira «miembro asociado» del borrador de su cumbre con Canadá. Berlín cuestiona la fórmula, aunque la cooperación comercial y militar avanza.
Resumen
- La UE retira «miembro asociado» del borrador de la cumbre con Canadá
- Los países europeos buscan una alianza más estrecha, sin adhesión
- Comercio, tecnología y defensa centran las negociaciones de Montreal
La Unión Europea ha retirado la expresión «miembro asociado» del último borrador de la declaración conjunta que prepara con Canadá para la cumbre de Montreal, prevista para los días 29 y 30 de octubre. En su lugar, los negociadores europeos apuestan por una fórmula de compromiso que contempla una asociación cada vez más estrecha entre Canadá y la UE, pero sin que el país norteamericano se convierta en miembro del bloque comunitario.
El cambio, conocido este miércoles 28 de octubre, responde a las reservas de varios Estados miembros, especialmente Alemania, sobre la propuesta presentada en septiembre por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. La intención de reforzar las relaciones con Ottawa sigue adelante. Lo que se ha complicado es la creación de una categoría política que no existe actualmente en los tratados europeos y cuyo alcance jurídico todavía nadie ha definido.
La nueva redacción deberá superar las consultas entre los Veintisiete antes de incorporarse a la declaración de Montreal. Por ahora, se trata de un acuerdo en preparación, no de una decisión definitiva. La cumbre reunirá al primer ministro canadiense, Mark Carney, con Von der Leyen y el presidente del Consejo Europeo, António Costa.
La negociación tiene bastante más importancia de lo que sugiere una discusión sobre palabras. Bruselas y Ottawa pretenden construir una alianza que facilite la cooperación económica, tecnológica y militar en un momento de crecientes tensiones internacionales. Canadá busca diversificar sus relaciones exteriores y reducir su dependencia de Estados Unidos, mientras Europa intenta consolidar vínculos con socios que comparten sus principios democráticos.
La UE busca una fórmula de compromiso para la cumbre de Montreal
La última propuesta negociada en Bruselas sustituye el concepto de «miembro asociado» por una referencia a una relación de asociación progresivamente más estrecha. La diferencia es importante: Canadá podría ampliar considerablemente su integración económica y política con la UE sin adquirir la condición de Estado miembro.
Según las informaciones conocidas durante las negociaciones, Alemania, Francia, Italia y Grecia plantearon objeciones a una versión anterior del documento. El Gobierno alemán ha sido especialmente crítico con la utilización de un término que carece de una definición jurídica precisa.
La controversia obligó a revisar el texto que debía recibir la conformidad de los Estados miembros mediante el procedimiento de silencio. Este mecanismo permite dar por aceptada una propuesta cuando ningún país presenta objeciones dentro del plazo establecido. En esta ocasión, las reservas de varias capitales impidieron cerrar el documento en los términos inicialmente previstos.
El equipo de António Costa ha mantenido contactos con los gobiernos europeos para encontrar una redacción aceptable. La solución que gana terreno consiste en mantener la ambición de la alianza, pero aplazar la definición de un posible estatus especial.
Carney tampoco ha convertido la denominación en una condición para avanzar. El primer ministro canadiense prefiere hablar de una «alianza para el futuro» y ha insistido en que lo importante es el contenido de la cooperación.
La declaración conjunta prevista para el 30 de octubre debería establecer las bases de esa nueva relación. La definición más precisa de sus mecanismos institucionales podría continuar durante los próximos meses, con la vista puesta en la siguiente cumbre bilateral, prevista para 2027.
Por qué varios países rechazan que Canadá sea «miembro asociado»
La controversia nació el 16 de septiembre, cuando Ursula von der Leyen propuso públicamente convertir a Canadá en el primer miembro asociado de la Unión Europea durante su discurso sobre el estado de la Unión ante el Parlamento Europeo, en Estrasburgo.
Mark Carney asistió al acto, en el que la presidenta de la Comisión defendió una cooperación transatlántica mucho más profunda.
La propuesta planteaba una novedad institucional considerable. Hasta ahora, la UE ha desarrollado distintas modalidades de asociación con países terceros, pero no dispone de una figura formal de miembro asociado equivalente a la presentada para Canadá.
Alemania y otros gobiernos consideran que introducir esa denominación en un documento político sin definir previamente sus consecuencias podría generar incertidumbre jurídica. También podría establecer un precedente para otros países que mantienen relaciones especiales con Bruselas.
La discusión no responde necesariamente a una oposición al acercamiento canadiense. El problema es determinar qué derechos, obligaciones y mecanismos de participación acompañarían a esa asociación.
Qué significaría realmente ser un miembro asociado de la UE
Los tratados europeos distinguen entre la adhesión de un Estado a la Unión y los acuerdos que la UE puede establecer con terceros países.
El artículo 49 del Tratado de la Unión Europea establece que cualquier Estado europeo que respete los valores comunitarios y se comprometa a promoverlos puede solicitar su ingreso. Canadá, por su situación geográfica, no cumple esa condición.
Existe, sin embargo, otra posibilidad jurídica. El artículo 217 del Tratado de Funcionamiento de la UE permite celebrar acuerdos de asociación con países terceros, estableciendo derechos y obligaciones recíprocos, acciones comunes y procedimientos específicos.
Pero un acuerdo de asociación no convierte automáticamente al país firmante en miembro de la Unión.
En el caso canadiense, una relación más estrecha no supondría obtener representación en el Parlamento Europeo, participar con voto en el Consejo de la UE ni adquirir la ciudadanía europea.
Tampoco implicaría, por sí sola, que los ciudadanos canadienses pudieran instalarse y trabajar libremente en los 27 países comunitarios o que Canadá accediera sin restricciones a todo el mercado único.
Esos derechos dependerían de compromisos jurídicos concretos y de los acuerdos que llegaran a negociarse.
Por eso, la cautela de varios gobiernos europeos tiene una explicación institucional. Antes de bautizar una nueva categoría de relación internacional, quieren saber exactamente qué contiene.
Comercio, defensa y tecnología: los pilares de la alianza
La discusión terminológica no ha detenido el acercamiento entre Canadá y la Unión Europea, que ya mantienen una relación económica considerable.
El Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA), aplicado provisionalmente desde septiembre de 2017, eliminó la mayoría de los aranceles entre ambas economías y amplió las oportunidades comerciales para las empresas europeas y canadienses.
Según los datos de la Comisión Europea, el intercambio bilateral de bienes y servicios alcanzó aproximadamente 130.000 millones de euros en 2025, frente a los 72.100 millones registrados en 2016.
El acuerdo comercial todavía no ha completado todos los procedimientos nacionales necesarios para su plena entrada en vigor, aunque buena parte de sus disposiciones llevan años aplicándose.
La nueva alianza pretende superar ese marco comercial tradicional y extender la colaboración a sectores estratégicos.
Uno de los principales es el de las materias primas críticas, esenciales para fabricar baterías, vehículos eléctricos, equipos electrónicos y determinadas tecnologías militares. Canadá dispone de importantes recursos minerales que pueden contribuir a diversificar las cadenas de suministro europeas.
También se contempla reforzar la cooperación en inteligencia artificial, infraestructuras digitales, energía, investigación científica y seguridad económica.
La defensa constituye otro elemento destacado. En junio de 2025, ambas partes firmaron una asociación específica sobre seguridad y defensa. Posteriormente, Canadá se convirtió en el primer país no europeo que participa en el instrumento comunitario SAFE, destinado a facilitar inversiones y adquisiciones conjuntas de material militar.
Este mecanismo moviliza hasta 150.000 millones de euros en préstamos para reforzar las capacidades de defensa europeas. La participación canadiense permite que empresas y productos del país puedan intervenir en determinadas contrataciones financiadas mediante el programa, conforme a las condiciones acordadas.
Es un ejemplo de integración práctica que no requiere convertir a Canadá en miembro de la UE.
La agenda de Montreal también incluye cooperación educativa, investigación, innovación y nuevas oportunidades de movilidad para jóvenes y profesionales. El alcance concreto de estas iniciativas dependerá de los compromisos que finalmente adopten ambas partes.
Estados Unidos explica buena parte del acercamiento canadiense
La evolución de las relaciones con Washington constituye uno de los principales factores que explican la estrategia de Mark Carney.
La imposición de aranceles estadounidenses sobre productos canadienses durante la presidencia de Donald Trump ha aumentado las tensiones comerciales entre ambos vecinos.
Canadá mantiene una estrecha dependencia económica de Estados Unidos, que continúa siendo el destino de la mayor parte de sus exportaciones de mercancías.
Ante esta situación, Ottawa busca diversificar sus mercados, fortalecer su autonomía económica y ampliar sus alianzas internacionales.
La Unión Europea aparece como un socio especialmente atractivo por el tamaño de su economía, su capacidad industrial y las coincidencias políticas entre ambas partes.
Para Bruselas, el interés es recíproco. Canadá ofrece recursos naturales, capacidades tecnológicas, experiencia industrial y una posición estratégica en América del Norte y el Ártico.
La aproximación también tiene una dimensión geopolítica. Ambos gobiernos comparten su compromiso con el apoyo a Ucrania y con un sistema internacional basado en normas, aunque mantienen intereses y prioridades propios.
Una relación más profunda entre Canadá y la UE podría reforzar su capacidad para responder a las presiones económicas y políticas de otras potencias.
No obstante, Ottawa debe gestionar cuidadosamente sus vínculos europeos mientras mantiene abiertas las negociaciones comerciales con Washington. Una alianza más estrecha con Bruselas no elimina su dependencia de la economía estadounidense.
Montreal marcará el alcance de la nueva relación entre Canadá y la UE
La cumbre del 29 y 30 de octubre será la vigesimoprimera reunión bilateral de alto nivel entre Canadá y la Unión Europea. Su objetivo es impulsar una asociación que vaya más allá del comercio y establezca mecanismos de cooperación política, económica y estratégica.
El principal resultado esperado es el lanzamiento de la denominada Alianza para el Futuro, concebida como un marco de colaboración más amplio entre ambas economías.
Queda por determinar el nivel de integración que estarán dispuestos a aceptar los Estados miembros y qué compromisos podrán traducirse posteriormente en acuerdos jurídicamente vinculantes.
La fórmula que se negocia permite avanzar sin resolver inmediatamente todas esas cuestiones. Canadá seguiría siendo un país tercero, pero con una cooperación potencialmente más profunda en determinados ámbitos de la política europea.
También evita abrir de forma precipitada un debate sobre las consecuencias de crear una categoría institucional sin precedentes.
La propuesta de Von der Leyen no ha desaparecido necesariamente del horizonte político, aunque su denominación inicial ha encontrado una resistencia considerable entre los gobiernos europeos.
El resultado de Montreal permitirá comprobar hasta dónde puede llegar la cooperación sin modificar la arquitectura institucional de la Unión.
Por ahora, el mensaje que se perfila es claro: Canadá se acercará más a Europa, pero no se convertirá en miembro de la UE. Y el contenido real de esa nueva relación importará bastante más que el nombre que finalmente decidan darle.
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