España
Euskadi, 15 años tras el cese de ETA: menos paro y vivienda al límite
Euskadi llega a los 15 años del cese de ETA con menos paro y más estabilidad, pero la vivienda se ha convertido en su principal preocupación.
Por UKBERRI.NET Uribe Kosta eta Erandioko agerkari digitala - “20111020-euskaditaaskatasuna”, CC BY 2.0, Wikimedia Commons
Resumen
- Quince años después del cese de ETA, Euskadi vive con menos paro
- La vivienda ha sustituido al empleo como principal preocupación social
- El clima político es más estable, pero los precios siguen apretando
Quince años después del anuncio del cese definitivo de la actividad armada de ETA, Euskadi es una sociedad muy distinta. El terrorismo ha desaparecido de sus principales preocupaciones, el desempleo se encuentra bastante por debajo de los niveles de 2011 y la situación política se percibe con mucha más tranquilidad. El problema que ocupa el centro de la conversación ya no es conseguir un empleo ni convivir con la amenaza terrorista: es encontrar una vivienda a un precio asumible.
El cambio cabe casi en una fotografía estadística. La tasa de paro vasca rondaba el 11 % cuando ETA anunció el 20 de octubre de 2011 que abandonaba definitivamente la violencia. En el segundo trimestre de 2026 era del 6,9 % y la tasa de ocupación de la población de 16 a 64 años alcanzaba el 71,5 %. La economía también llega al aniversario creciendo: el avance correspondiente al tercer trimestre sitúa el aumento interanual del PIB en el 2,2 % y el del empleo en el 1,3 %, unos 12.700 puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo más que un año antes.
No significa, claro, que Euskadi haya entrado en alguna Arcadia cantábrica donde todos los problemas se evaporan entre pintxos y lluvia fina. La preocupación simplemente ha cambiado de domicilio. El último Sociómetro Vasco sitúa la vivienda como primer problema social, mencionada por el 60 % de los ciudadanos, muy por delante del mercado laboral, la sanidad o los problemas económicos. La normalidad tiene sus propias facturas. Y algunas llegan a final de mes.
De la amenaza de ETA a las preocupaciones de una sociedad normalizada
El 20 de octubre de 2011 ETA anunció el «cese definitivo de su actividad armada». Conviene precisar las fechas: aquello supuso el final de su violencia terrorista, pero no la desaparición formal de la organización, que no anunció su disolución hasta mayo de 2018. Fueron décadas de asesinatos, secuestros, extorsión y amenazas que dejaron 853 víctimas mortales, además de miles de heridos y una profunda huella política y social.
A finales de 2011, incluso después del anuncio de ETA, aquella historia seguía respirando en las encuestas. El Sociómetro Vasco realizado entre octubre y noviembre situaba los problemas ligados a la política entre las principales preocupaciones de un 24 % de los encuestados y la violencia y el terrorismo aparecían todavía entre las respuestas. Mucho más arriba estaba, de todos modos, la economía: el mercado laboral preocupaba al 76 % de los ciudadanos y los problemas económicos al 41 %. España continuaba entonces metida en las consecuencias de la gran crisis financiera.
Quince años más tarde, el paisaje es otro. El terrorismo ha dejado de aparecer entre las grandes inquietudes cotidianas de los vascos y la valoración de la situación política interna es comparativamente positiva: el 64 % considera buena o muy buena la situación política de Euskadi. La diferencia con la percepción del conjunto de España es llamativa: un 76 % juzga mala o muy mala la situación política estatal.
Es difícil encontrar una medida más gráfica de la transformación. Durante años, hablar de política vasca significaba hacerlo bajo la sombra de ETA, sus víctimas, la amenaza a cargos públicos, empresarios, periodistas, policías, jueces o ciudadanos señalados por la organización y su entorno. La política continúa siendo áspera —faltaría más—, pero puede ser áspera dentro de las reglas ordinarias de una democracia. Esa diferencia, menos espectacular precisamente porque se ha vuelto cotidiana, es enorme.
Menos paro y más empleo, aunque los precios aprietan
La Euskadi de 2011 tampoco era solo la Euskadi del final de ETA. Era la de una economía recién golpeada por una crisis devastadora. Ese año el PIB apenas avanzó un 0,4 %, el paro se encontraba cerca del 11 % y los últimos meses terminaron con contracciones de la actividad. El empleo era la gran preocupación, con mucha diferencia sobre el resto.
La comparación con 2026 resulta favorable. La tasa media de paro había bajado ya hasta el 6,5 % en 2025, frente al 10,8 % de 2011, y en el segundo trimestre de este año se situó en el 6,9 %. El PIB creció un 2,3 % interanual durante el segundo trimestre y el avance conocido este 16 de octubre estima un 2,2 % para el tercero. No es una economía disparada, pero sí mucho más sólida que aquella que sufría los coletazos de la crisis financiera.
Hay, sin embargo, un invitado bastante menos amable: los precios. El IPC de Euskadi alcanzó en septiembre una tasa interanual del 5,0 %, frente al 2,4 % con el que terminó 2011. El coste de la vida introduce así un matiz importante en cualquier celebración de las cifras macroeconómicas. Tener trabajo ayuda; comprobar cuánto cuesta pagar casa, alimentación, energía o servicios devuelve rápidamente la conversación a tierra firme.
Ese contraste explica una parte del estado de ánimo vasco. La economía marcha razonablemente bien y la mayoría la percibe así —el 77 % valoraba positivamente la situación económica de Euskadi en el último Sociómetro—, pero los jóvenes entre 18 y 29 años son sensiblemente más críticos. El cruce con el precio de la vivienda y las dificultades de emancipación ayuda a entenderlo.
La vivienda sustituye al empleo como gran preocupación
Aquí aparece probablemente la transformación social más reveladora. En el Sociómetro Vasco de 2011, la vivienda quedaba lejos de los primeros puestos. En la encuesta realizada tras el anuncio del cese de ETA era mencionada por un 13 % de los ciudadanos. En 2026 alcanza al 60 % y rompe sus registros recientes.
El mercado laboral continúa preocupando, pero lo señala un 40 %, veinte puntos menos que la vivienda. Después aparecen la sanidad, con un 24 %, la inseguridad ciudadana, con un 21 %, la inmigración, con un 15 %, y los problemas económicos, con un 13 %. Es un mapa de inquietudes mucho más parecido al de cualquier sociedad europea próspera y envejecida: alquileres, servicios públicos, seguridad y salarios. Normalidad, sí; sencillez, ninguna.
La vivienda se vuelve especialmente delicada entre los jóvenes. El retraso de la emancipación ayuda a entender la magnitud del atasco: la edad media ha pasado de unos 28,3 años a 30,1 durante este periodo. Salir de casa de los padres se parece cada vez menos a un rito temprano de entrada en la vida adulta y más a una operación financiera con hojas de cálculo, fianza y cierta fe en el mercado inmobiliario.
Euskadi vive más años, tiene menos hijos y forma familias más tarde
Los quince años transcurridos desde 2011 también han modificado silenciosamente la estructura demográfica. Euskadi cuenta con algo más de población, alrededor de 2,22 millones de habitantes, unos 44.000 más que entonces. Parte de ese crecimiento se explica por la inmigración, cuya presencia ha aumentado de manera relevante y compensa parcialmente el envejecimiento y la caída de los nacimientos.
La esperanza de vida ronda ya los 84,4 años, frente a 82,2 en 2011. Se vive más, pero nacen bastantes menos niños. En 2011 llegaron al mundo 21.180 bebés en Euskadi; en 2025 fueron 13.344. La tasa de natalidad ha caído de 9,7 a aproximadamente seis nacimientos por cada mil habitantes.
Una maternidad y una emancipación cada vez más tardías
La edad media de maternidad se sitúa en torno a los 33,4 años, aproximadamente un año más que hace quince años. No es un fenómeno aislado: encaja con la emancipación tardía, las dificultades para acceder a vivienda y una transformación profunda de las formas de pareja y familia.
También han disminuido las bodas. En 2025 hubo 7.449 matrimonios, 1.294 menos que en 2011, y nueve de cada diez fueron civiles. Hace quince años representaban alrededor de dos tercios. La proporción de niños nacidos dentro del matrimonio también ha bajado, del 65,7 % al 54,4 %. Cambia la demografía vasca y cambia, con ella, el viejo álbum familiar.
Las tareas domésticas muestran otra evolución, más lenta. La distancia entre hombres y mujeres se ha reducido, pero no ha desaparecido. Las mujeres continúan dedicando más tiempo diario tanto a las labores del hogar como al cuidado de los hijos. La igualdad avanza, aunque todavía con ese ritmo burocrático que tantas transformaciones sociales parecen adoptar cuando llegan a la puerta de casa.
Una sociedad satisfecha, pero no complaciente
Pese al encarecimiento de la vivienda, el envejecimiento y las incertidumbres económicas, los indicadores de bienestar dibujan una sociedad razonablemente satisfecha. La valoración de la situación personal alcanzó en 2026 una media de 7 sobre 10, uno de los niveles más altos de la serie reciente. Otros estudios sitúan la felicidad declarada cerca del notable alto y muestran especialmente buenas valoraciones de la vida familiar y las amistades.
Eso no equivale a conformismo. La vivienda es también el área peor valorada en la gestión del Gobierno Vasco, junto con problemas como la sanidad. Y el dinero disponible cada mes obtiene puntuaciones bastante inferiores a las relaciones familiares, la vivienda ya conseguida o la vida social. La distancia entre sentirse satisfecho con la vida y considerar que todo funciona bien es amplia; quizá ahí reside precisamente una fotografía más creíble de Euskadi.
Hay otro elemento que no cabe medir únicamente con PIB, paro o encuestas de felicidad. Durante décadas, miles de personas vivieron con escolta, bajo amenaza o condicionadas por la violencia de ETA. Otras fueron asesinadas. El final del terrorismo permitió que una parte de la sociedad recuperara algo mucho más básico que cualquier indicador económico: vivir sin la amenaza política de ser señalado, perseguido o asesinado.
Recordarlo no contradice la normalización; la explica. El hecho de que el terrorismo haya desaparecido de la lista de preocupaciones ciudadanas no convierte en irrelevante la memoria de sus víctimas. Al contrario: una democracia puede permitirse que la violencia deje de organizar el presente precisamente porque conserva la memoria de lo ocurrido y mantiene claras las responsabilidades.
De la Euskadi del miedo a la Euskadi del alquiler
Quince años después del cese de la actividad armada de ETA, Euskadi tiene menos paro, más empleo, una economía más sólida y un clima político mucho menos condicionado por la violencia. También tiene una población más envejecida, menos nacimientos, emancipaciones más tardías, precios elevados y una crisis de vivienda que ha desplazado al trabajo como principal preocupación social.
Es quizá la medida más sencilla de cuánto ha cambiado el país. En 2011, buena parte de la conversación pública giraba alrededor del terrorismo, la crisis económica y el temor a perder el empleo. En 2026, el gran problema para muchos jóvenes es conseguir las llaves de una casa que puedan pagar. No parece una épica especialmente cinematográfica. Es, precisamente por eso, una forma bastante elocuente de normalidad.
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