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Economía

Faltan técnicos en España y algunas reparaciones tardan seis meses

El sector del ascensor necesita entre 1.300 y 1.400 técnicos al año, mientras envejece la plantilla y las reparaciones complejas se alargan.

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técnicos de ascensores

Resumen

  • España necesita entre 1.300 y 1.400 técnicos de ascensores cada año
  • Las reparaciones complejas pueden prolongarse durante varios meses
  • Cerca del 20% de los técnicos podría jubilarse en los próximos cinco años

España tiene un problema bastante terrenal en uno de los transportes que más utiliza sin pensarlo: el ascensor. El sector necesita incorporar entre 1.300 y 1.400 técnicos cada año para cubrir jubilaciones y atender un parque que sigue creciendo, pero no consigue suficientes profesionales cualificados. Cerca del 20% de los técnicos actuales, además, alcanzará la jubilación durante los próximos cinco años.

La consecuencia empieza a sentirse en forma de carga de trabajo, dificultad para cubrir vacantes y reparaciones más largas cuando el problema exige sustituir cabinas, electrónica o componentes fabricados específicamente para una instalación. No significa que una avería ordinaria tarde seis meses en solucionarse; ese plazo aparece sobre todo en actuaciones complejas. Pero la señal de fondo es incómoda: España tiene muchísimos ascensores y cada vez cuesta más encontrar a quienes saben mantenerlos y repararlos.

España tiene más ascensores, pero no suficientes técnicos

La peculiar arquitectura de las ciudades españolas ayuda a entender el problema. Bloques de viviendas, edificios altos, barrios densos y un parque inmobiliario envejecido han convertido al ascensor en una infraestructura cotidiana. España cuenta con más de 1,16 millones de ascensores en servicio, según las estadísticas sectoriales de 2025, y mantiene uno de los mayores parques instalados de Europa.

Detrás de ese enorme parque trabajan alrededor de 20.770 profesionales. El empleo en el sector prácticamente no crece al ritmo de las necesidades: durante 2025 las plantillas aumentaron apenas un 0,39%, mientras la actividad global avanzó un 3,54% y la postventa —mantenimiento, modernización y otras intervenciones sobre equipos existentes— creció un 4,90%. Mucho hierro moviéndose y no tantas manos nuevas para atenderlo.

La patronal lleva tiempo describiendo la profesión de técnico de ascensores como una actividad con desempleo prácticamente inexistente. No se trata de una frase decorativa para una feria de Formación Profesional. Las empresas buscan personal de forma recurrente y el relevo generacional se ha convertido en uno de los principales límites de crecimiento del sector.

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Una avería sencilla y una reparación de seis meses no son lo mismo

Conviene separar situaciones. Un ascensor que deja de funcionar por una avería relativamente común puede volver al servicio tras una intervención rápida si hay personal disponible y la pieza necesaria se encuentra en stock. Otra cosa muy distinta es un equipo inundado, seriamente deteriorado o antiguo que obliga a sustituir componentes principales.

Ahí empieza el atasco. Puede ser necesario cambiar la cabina, rehacer sistemas eléctricos, modificar el cuadro de maniobra o encargar elementos fabricados a medida para un hueco concreto. Los plazos industriales también pesan: algunas piezas no están esperando en una estantería con una etiqueta y un número de referencia; hay que producirlas.

En las reparaciones más complejas acometidas después de la DANA de Valencia, el sector ha situado en torno a seis meses la duración media de determinadas intervenciones de gran envergadura. En algunos casos, el propio plazo de fabricación de componentes alcanza ese horizonte antes siquiera de completar el montaje.

El técnico no se improvisa de un lunes para el martes

Aquí aparece la otra mitad del problema. Un técnico de ascensores no es simplemente alguien que entiende de motores y lleva una caja de herramientas.

Trabaja con instalaciones electromecánicas complejas, sistemas eléctricos, puertas automáticas, dispositivos de seguridad y operaciones de rescate. La normativa exige personal cualificado, y existen vías específicas de formación y acreditación profesional. La profesión está encuadrada oficialmente dentro del mantenimiento de ascensores y otros equipos fijos de elevación y transporte.

Por eso, cuando la demanda se dispara, no basta con contratar rápidamente a trabajadores procedentes de otro oficio. Hace falta formación, experiencia y competencia acreditada. Es razonable desde el punto de vista de la seguridad; desesperante, naturalmente, para quien vive en un quinto piso y contempla cada mañana una puerta metálica inmóvil.

La DANA mostró hasta dónde puede tensarse el sistema

La catástrofe del 29 de octubre de 2024 fue una especie de prueba de resistencia involuntaria para la industria valenciana del ascensor. Miles de instalaciones quedaron inundadas o dañadas al mismo tiempo. El sector tuvo que multiplicar su capacidad habitual de trabajo y desplazar profesionales desde otras comunidades.

De los aproximadamente 7.500 ascensores dañados, todavía quedaban 471 pendientes de reparación en abril de 2026. De ellos, 262 presentaban daños considerados muy graves. Los trabajos sencillos habían ido saliendo antes; al final quedaron precisamente los expedientes más ingratos: sustituciones completas, componentes electrónicos, piezas especiales, presupuestos elevados y comunidades de propietarios que necesitaban ponerse de acuerdo antes de afrontar la obra.

La falta de personal cualificado fue uno de los motivos que obligaron a buscar soluciones extraordinarias. Incluso se pusieron en marcha programas específicos de formación para nuevos técnicos. Un curso impulsado por Cruz Roja y Femeval en 2026, por ejemplo, sumó 560 horas de formación, incluidas 140 de prácticas en empresas. No es precisamente un cursillo de fin de semana.

La Administración llegó también a flexibilizar temporalmente algunos plazos normativos en la Comunidad Valenciana para liberar recursos humanos especializados y concentrarlos en los ascensores afectados. Una medida excepcional que retrata bastante bien el cuello de botella: cuando faltan técnicos, el recurso escaso no es únicamente una pieza electrónica. Son horas de trabajo cualificado.

Un parque envejecido añade trabajo justo cuando falta relevo

La presión no viene solo del aumento del número de instalaciones. Aproximadamente la mitad de los ascensores españoles supera los 20 años, una antigüedad que multiplica la importancia de las modernizaciones y puede complicar la búsqueda de determinados repuestos.

Un ascensor antiguo no es necesariamente un ascensor inseguro. Esa equivalencia sería demasiado fácil y, sobre todo, incorrecta. Los equipos se mantienen, inspeccionan y actualizan. Pero cuanto más antiguo es el parque, más probable resulta que necesite modificaciones importantes o componentes difíciles de encontrar, además de adaptaciones a requisitos actuales.

La nueva normativa estatal también ha elevado el listón. La Instrucción Técnica Complementaria ITC AEM 1, en vigor desde el 1 de julio de 2024, regula mantenimiento, inspecciones y mejoras de seguridad para el parque existente. Para la mayoría de los ascensores establece revisiones presenciales de mantenimiento con periodicidad mensual, dentro de unos márgenes concretos entre visitas.

Eso significa más seguridad, pero también más carga técnica en un sector que ya vive pegado al límite de sus plantillas.

El oficio tiene empleo, pero sigue siendo poco visible

Hay algo casi paradójico en todo esto. España discute desde hace años sobre empleos que desaparecerán con la automatización mientras determinadas profesiones técnicas tienen el problema exactamente contrario: no encuentran suficientes trabajadores.

La industria de la elevación necesita entre 1.300 y 1.400 incorporaciones anuales, según las estimaciones más recientes del sector. El crecimiento del parque explica una parte; las jubilaciones, otra. Alrededor del 20% de los técnicos podría retirarse en cinco años, de modo que buena parte de las nuevas contrataciones ni siquiera servirán para expandir las plantillas: serán necesarias simplemente para sustituir a quienes se marchan.

El problema tiene mucho que ver con la invisibilidad de estos oficios. El ascensor solo suele convertirse en asunto de conversación cuando no funciona. Mientras sube y baja sin hacer ruido, nadie piensa demasiado en el técnico que revisó las puertas, comprobó el frenado o diagnosticó una placa electrónica.

Y, sin embargo, el empleo existe. La demanda también. El cuello de botella está entre ambos mundos: atraer jóvenes hacia la Formación Profesional, acreditar nuevos perfiles y formar trabajadores con la velocidad suficiente sin rebajar los estándares de seguridad.

Cuando el ascensor deja de ser una comodidad

El retraso de una reparación se interpreta de manera muy distinta dependiendo del piso desde el que se mire. Para una persona joven que vive en un segundo puede ser una molestia. Para alguien de 80 años en una quinta planta, una persona en silla de ruedas o un vecino con una enfermedad que limita su movilidad, un ascensor parado puede convertir la vivienda en una jaula.

La experiencia de los municipios afectados por la DANA lo dejó de una forma brutalmente visible. Hubo vecinos que pasaron meses sin poder utilizar con normalidad sus edificios y personas con movilidad reducida que tuvieron que abandonar temporalmente sus casas. Los ascensores no son un pequeño lujo comunitario incrustado entre el portal y la escalera. En buena parte de la España urbana son una infraestructura básica de accesibilidad.

Por eso la escasez de técnicos trasciende una simple dificultad empresarial para cubrir vacantes. Con más de un millón de equipos que requieren mantenimiento durante toda su vida útil, un parque envejecido y nuevas exigencias de seguridad, cada profesional que falta acaba notándose en algún punto de la cadena.

España ha construido durante décadas hacia arriba. Ahora tiene que encontrar suficientes personas capaces de mantener en movimiento esa ciudad vertical. El ascensor seguirá llegando cuando se pulse el botón; el problema es garantizar que, cuando deje de hacerlo, haya alguien preparado al otro lado de la avería.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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