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EE.UU. propone que Europa vuelva a comprar gas ruso en un plan de paz
El plan de paz de Washington incluye recuperar parte del comercio de gas ruso con Europa, pese a que la UE prepara su prohibición total en 2027
Resumen
- EE.UU. plantea que Europa vuelva a comprar más gas ruso
- La propuesta formaría parte de un plan de paz para Ucrania
- La UE mantiene su veto gradual al gas ruso con horizonte en 2027
Estados Unidos ha planteado que Europa vuelva a comprar más gas ruso como parte de las negociaciones destinadas a cerrar la guerra de Ucrania. La idea, atribuida a la Administración de Donald Trump, habría sido trasladada por los enviados estadounidenses Jared Kushner y Steve Witkoff a responsables europeos y ucranianos, incluido el presidente Volodímir Zelenski. No existe, por ahora, un acuerdo europeo para aceptar ese giro ni un anuncio formal que modifique la política energética de la Unión.
La propuesta es especialmente llamativa porque apunta justo en dirección contraria a la seguida por Bruselas desde la invasión rusa de Ucrania. Europa ha pasado cuatro años tratando de reducir una dependencia que en 2021 convirtió a Rusia en responsable de cerca del 45% del gas importado por la UE. Ahora Washington explora recuperar parte de ese comercio como incentivo económico para Moscú dentro de un eventual acuerdo de paz. La geopolítica tiene estas curvas: lo que ayer era vulnerabilidad estratégica puede reaparecer mañana etiquetado como instrumento diplomático.
La propuesta de Trump: gas ruso dentro de un acuerdo de paz
La tesis manejada en Washington consiste en ofrecer a Rusia una perspectiva de normalización económica gradual si avanza una negociación capaz de poner fin a la guerra. Dentro de ese esquema, recuperar una parte del mercado energético europeo proporcionaría ingresos a Moscú y, al mismo tiempo, crearía intereses comerciales que podrían reforzar la estabilidad de un hipotético acuerdo.
Kushner y Witkoff han venido desempeñando un papel central en los contactos impulsados por Trump con Rusia, Ucrania y los gobiernos europeos. La propuesta energética encajaría dentro de un paquete más amplio en el que Washington está explorando cuestiones de reconstrucción, seguridad, sanciones y relaciones económicas posteriores a la guerra.
La lógica recuerda a una vieja idea de la diplomacia comercial: crear negocios suficientemente rentables para que romper la paz resulte demasiado caro. El problema es que el gas ruso nunca fue solamente gas. Durante años significó contratos, infraestructuras, dependencia industrial y capacidad de influencia política sobre varios países europeos.
Y esa es precisamente la experiencia que Bruselas lleva desde 2022 intentando no repetir.
Europa ya ha aprobado la salida del gas ruso
La propuesta estadounidense choca con una circunstancia bastante concreta: la Unión Europea no se encuentra simplemente reduciendo voluntariamente sus compras a Rusia. Existe ya una prohibición gradual jurídicamente vinculante.
Los Veintisiete aprobaron definitivamente en enero de 2026 el reglamento europeo destinado a eliminar las importaciones de gas ruso. Las restricciones comenzaron a aplicarse progresivamente en marzo y afectan tanto al gas transportado mediante gasoductos como al gas natural licuado, el GNL que llega en grandes buques metaneros.
Los contratos anteriores cuentan con periodos transitorios, pero el calendario está trazado: las importaciones rusas de GNL quedarán completamente prohibidas desde enero de 2027, mientras que los contratos de gas por tubería podrán mantenerse únicamente hasta el otoño de ese año, con determinadas excepciones ligadas a la seguridad del suministro y al nivel de almacenamiento europeo.
Por eso, recuperar de manera estructural las compras de gas ruso requeriría mucho más que una llamada desde Washington. Implicaría reconsiderar decisiones europeas adoptadas después de años de negociaciones, inversiones y cambios en las redes energéticas.
No es imposible. En política internacional casi nada lo es. Pero tampoco es apretar un interruptor.
De una dependencia del 45% a poco más del 12%
El esfuerzo europeo ha sido considerable. Rusia suministraba aproximadamente el 45% del gas importado por la UE en 2021. Para 2025 esa cuota había caído hasta alrededor del 12%-13%, mientras los volúmenes descendieron desde unos 152.000 millones de metros cúbicos a unos 36.000 millones.
El hueco ha sido ocupado principalmente por Noruega, Estados Unidos, el norte de África y otros proveedores de GNL. En 2025, Noruega aportó aproximadamente el 31% de las importaciones europeas de gas y Estados Unidos alrededor del 26%. El GNL representa ya cerca del 45% de las compras exteriores europeas, frente al 20% de 2021.
La factura económica de esa transformación tampoco ha sido pequeña. Europa ha construido nuevas terminales, ampliado instalaciones existentes, firmado contratos con productores alternativos y aceptado durante determinados periodos precios sensiblemente superiores a los que disfrutaba con los antiguos contratos rusos por gasoducto.
Nord Stream vuelve a aparecer detrás de la negociación
La información sobre el posible regreso del gas ruso no surge en el vacío. Días antes habían trascendido contactos entre responsables estadounidenses y rusos en torno a una posible operación sobre Nord Stream, la red de gasoductos que durante años conectó directamente Rusia y Alemania a través del Báltico.
Las conversaciones llegaron a contemplar la participación de un inversor estadounidense en las infraestructuras. Entre los participantes figuraban representantes rusos y Jared Kushner, una señal de que el futuro energético europeo podría formar parte de una negociación bastante más amplia que el mero alto el fuego.
Nord Stream conserva una carga política enorme en Europa. Antes de la guerra era el símbolo de la interdependencia económica entre Alemania y Rusia; después de la invasión pasó a representar exactamente lo contrario: hasta qué punto una relación energética aparentemente cómoda podía convertirse en un problema estratégico.
Recuperarlo, aunque fuera bajo otra estructura empresarial o acompañado por capital estadounidense, supondría abrir uno de los debates más incómodos de la posguerra europea. Quién controla las tuberías importa casi tanto como quién vende el gas.
El precio de la energía explica parte del giro
Existe también una razón menos filosófica y bastante más visible en cualquier factura: el gas europeo vuelve a ser caro. Los precios de referencia han recuperado tensión en medio de las incertidumbres internacionales, los problemas de suministro y unos almacenamientos europeos menos holgados.
Ese contexto hace que la posibilidad de recuperar grandes cantidades de gas ruso resulte económicamente tentadora para determinadas industrias y gobiernos. Antes de 2022, el suministro ruso por tubería desempeñaba un papel esencial en sectores intensivos en energía, desde la química alemana hasta la fabricación de vidrio, fertilizantes, acero o cerámica.
Pero barato no significa necesariamente seguro. La principal conclusión extraída en Bruselas de la crisis energética fue precisamente esa: depender excesivamente de un único proveedor puede abaratar la energía durante años y salir carísimo cuando la relación política se rompe.
Restablecer grandes compras proporcionaría también a Moscú ingresos adicionales precisamente cuando la estrategia occidental ha intentado reducir la capacidad económica con la que Rusia sostiene su aparato militar. Pero existe otro factor menos cuantificable: la influencia.
Un país que suministra una parte importante de la energía necesaria para calentar hogares, producir electricidad y mantener fábricas posee una herramienta diplomática formidable. Europa aprendió esa lección cuando Rusia redujo progresivamente determinados suministros antes y durante los primeros meses de la guerra.
Los defensores de la propuesta estadounidense podrían argumentar lo contrario: si existe un acuerdo de paz sólido, reconstruir vínculos comerciales puede crear incentivos para conservarlo. Es una discusión clásica entre interdependencia y dependencia. Las dos palabras se parecen; políticamente son mundos distintos.
También resulta incómodo otro detalle. Europa ha sustituido buena parte del gas ruso por gas estadounidense. Estados Unidos se convirtió en uno de los grandes proveedores de GNL de la Unión y ocupó una porción considerable del espacio dejado por Moscú. Que Washington explore ahora recuperar parcialmente el suministro ruso añade una paradoja comercial nada pequeña.
España tampoco está al margen del debate
Para España la discusión tiene un matiz particular. El país posee una de las mayores redes de regasificación de GNL de Europa y sigue recibiendo gas ruso a través de cargamentos marítimos mientras se consumen los contratos todavía permitidos por el calendario europeo.
Rusia fue durante buena parte de 2026 uno de los principales proveedores españoles. En los siete primeros meses del año acumuló aproximadamente un 18,3% del gas importado por España, por detrás de Argelia y Estados Unidos. Solo en julio su peso descendió al 8,1%, mientras Argelia reforzaba su posición como principal suministrador.
España, por tanto, conoce bien la paradoja europea. Mientras políticamente se prepara la desaparición del gas ruso, los metaneros procedentes de Rusia han seguido entrando en los puertos durante la transición permitida por la legislación comunitaria.
El debate tampoco es abstracto dentro de Europa. El viceprimer ministro italiano Matteo Salvini ha defendido que, una vez terminada la guerra, Europa debería poder comprar energía allí donde resulte más barata, citando precisamente las adquisiciones que todavía realizan países como España, Francia o Bélgica.
El gas vuelve a sentarse en la mesa de paz
Por el momento, la propuesta estadounidense es una idea dentro de una negociación, no una decisión europea ni un acuerdo firmado con Rusia. Esa diferencia importa. Mucho.
Europa tiene aprobada una hoja de ruta legal para abandonar el gas ruso, Ucrania sigue considerando los ingresos energéticos de Moscú una fuente esencial de financiación de la guerra y varios gobiernos europeos temen que reconstruir la antigua relación energética devuelva al Kremlin una influencia que ha costado años reducir.
Washington parece explorar otro razonamiento: que una paz duradera necesita también ofrecer algo a Rusia y que el comercio energético puede convertirse en parte de ese precio.
El debate promete ser incómodo porque toca simultáneamente seguridad, industria, inflación y política exterior. Y porque devuelve a Europa a una discusión que creía estar cerrando: cuánto vale realmente independizarse del gas ruso cuando la energía vuelve a encarecerse y aparece sobre la mesa una posible negociación de paz.
Después de cuatro años desmontando tuberías económicas con Moscú, Estados Unidos plantea reconstruir algunos puentes. Falta saber si Europa considera que son puentes hacia la paz o, simplemente, el camino de regreso a una dependencia conocida.
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