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Salud

Cómo afrontar el miedo y el trauma tras una tragedia como la de Urda

El accidente de Urda puede provocar miedo, ansiedad e insomnio. La atención temprana ayuda a distinguir una reacción normal de un trauma persistente.

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afrontar el miedo tras una tragedia

Resumen

  • El miedo y la ansiedad son reacciones frecuentes tras el accidente de Urda
  • Los primeros auxilios psicológicos ayudan sin forzar a revivir el trauma
  • Conviene pedir ayuda si el malestar persiste o altera la vida cotidiana

El accidente ferroviario de Urda ha dejado una huella que va mucho más allá de quienes viajaban en los trenes. Miedo, ansiedad, insomnio, imágenes recurrentes, sensación de irrealidad o rechazo a volver a subir a un tren pueden aparecer después de una tragedia de esta magnitud. En las primeras horas y días, estas respuestas no significan necesariamente que exista un trastorno psicológico: son reacciones conocidas ante una situación que rompe de golpe la sensación de seguridad.

La atención psicológica temprana puede ayudar, pero no consiste en obligar a las víctimas a contar una y otra vez lo ocurrido. Los llamados primeros auxilios psicológicos buscan ofrecer seguridad, información, apoyo práctico y acompañamiento, identificar a quienes necesitan una atención especial y evitar que las personas más afectadas queden solas. No todos los supervivientes o familiares necesitarán terapia, aunque algunos sí requerirán seguimiento profesional.

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El impacto psicológico del accidente de Urda

El choque ferroviario ocurrido el 28 de octubre entre un AVE y un tren de Iryo en la provincia de Toledo provocó una respuesta de emergencia que también incluye asistencia psicológica a víctimas y familiares. Renfe activó su Plan de Asistencia a las Víctimas de Accidentes Ferroviarios y a sus Familiares, mientras distintos dispositivos públicos y profesionales comenzaron a atender a supervivientes y allegados.

Solo por el punto de atención psicosocial habilitado en Atocha habían pasado 171 familiares y 41 pasajeros, según los datos difundidos por la Comunidad de Madrid. También se ha prestado asistencia psicológica a familiares que esperan información sobre las víctimas y a miembros de los equipos de emergencia que intervinieron directamente en el accidente.

Es una parte menos visible de una catástrofe. Cuando terminan las sirenas, la mente no siempre recibe inmediatamente el mensaje de que el peligro ha terminado.

Una persona que ha sobrevivido puede repasar mentalmente determinados segundos, sobresaltarse ante un ruido, dormir peor o sentir una necesidad constante de conocer nuevos datos. Un familiar puede pasar de la incredulidad a la rabia. Incluso personas que no estaban en el tren pueden experimentar una pérdida temporal de confianza en el transporte ferroviario.

Tener miedo a volver a subir a un tren es una reacción normal

Después de una tragedia ferroviaria, evitar temporalmente el tren o sentir inquietud antes de viajar puede ser una reacción humana. El cerebro acaba de recibir una información extraordinariamente poderosa: algo considerado cotidiano y seguro puede fallar.

Eso altera durante un tiempo la percepción del riesgo. El problema es que sentir más miedo no significa necesariamente que el riesgo real haya aumentado en la misma proporción. Las imágenes repetidas, los testimonios y la cobertura continua pueden hacer que el accidente esté mucho más disponible en nuestra memoria y que, por tanto, percibamos el peligro como más cercano.

Unos pasajeros necesitarán unos días antes de volver al tren. Otros viajarán, pero con tensión. Puede haber palpitaciones, sudoración, molestias digestivas, respiración acelerada o una necesidad de comprobar constantemente qué ocurre en el convoy.

Nada de eso, por sí solo, permite hablar de trastorno de estrés postraumático.

Cuando evitar el tren empieza a convertirse en un problema

La evitación puede servir durante unos días como mecanismo de protección. Otra cosa es que el miedo vaya ocupando cada vez más espacio.

Conviene prestar especial atención cuando una persona empieza a renunciar de forma persistente a actividades necesarias, cambia completamente sus rutinas por temor, sufre ataques de pánico repetidos o vive pendiente de evitar las sensaciones físicas asociadas a la ansiedad.

También importa la duración. Muchas reacciones intensas disminuyen progresivamente tras los primeros días o semanas. Cuando persisten, empeoran o interfieren seriamente con el trabajo, el sueño, las relaciones o la vida cotidiana, una evaluación profesional resulta aconsejable. El seguimiento durante las primeras semanas permite distinguir una respuesta temporal de síntomas que necesitan tratamiento específico.

Qué ayuda realmente después de una catástrofe

La primera necesidad psicológica no suele ser encontrar una explicación profunda de lo ocurrido. Es mucho más básica: sentirse seguro, acompañado y orientado.

Los primeros auxilios psicológicos parten precisamente de ahí. Se trata de comprobar las necesidades inmediatas, ofrecer información fiable, facilitar el contacto con familiares y servicios, escuchar cuando la persona desea hablar y proporcionar un entorno lo más tranquilo posible.

No hace falta convertir las primeras horas en una sesión de terapia. A veces ayudar significa conseguir agua, encontrar un teléfono, localizar a un familiar o, simplemente, permanecer cerca.

Los protocolos internacionales de intervención recomiendan escuchar sin presionar. Una persona puede querer relatar lo vivido inmediatamente; otra puede no querer decir una palabra. Forzar el relato del trauma no forma parte de los primeros auxilios psicológicos.

Hablar ayuda, pero obligar a hablar no

Durante años se extendió la idea de que toda persona expuesta a una tragedia debía reconstruir rápidamente lo sucedido y verbalizar sus emociones para evitar consecuencias posteriores.

La evidencia no respalda esa fórmula aplicada de manera sistemática. Las guías clínicas desaconsejan el llamado debriefing psicológico obligatorio como método para prevenir el trastorno de estrés postraumático. Algunas personas quieren hablar enseguida; otras necesitan tiempo. Ambas respuestas pueden ser normales.

Ese matiz es importante en Urda. La presencia de psicólogos desde las primeras fases de una emergencia tiene utilidad para detectar necesidades, acompañar y orientar, además de reconocer situaciones de especial vulnerabilidad. No consiste en convertir automáticamente a cada superviviente en un paciente.

La sobreinformación también puede aumentar la ansiedad

Tras un accidente grave surge una necesidad comprensible de saber. Qué ocurrió, por qué, quién viajaba, cómo avanza la investigación. El problema aparece cuando consultar información deja de servir para comprender y se transforma en una vigilancia permanente.

Reproducir una y otra vez vídeos, fotografías, testimonios angustiosos o imágenes de los trabajos de rescate puede mantener elevado el nivel de activación emocional. Es especialmente delicado en personas directamente afectadas, familiares y menores.

Reducir esa exposición no significa ignorar la noticia. Significa elegir momentos concretos para informarse y recurrir a información fiable, en lugar de permanecer conectado durante horas a una sucesión prácticamente infinita de imágenes.

Los especialistas recuerdan que la sobreinformación puede intensificar el malestar después de una tragedia y que miedo y ansiedad son, en un primer momento, respuestas normales ante una experiencia excepcional.

Supervivientes, familiares y equipos de emergencia

El impacto psicológico no termina en los pasajeros.

Familiares que esperan una identificación, personas que acudieron a auxiliar a los heridos, sanitarios, bomberos, guardias civiles, militares, trabajadores ferroviarios y voluntarios pueden quedar expuestos a escenas de enorme dureza.

En Urda se ha desplegado atención específica también para profesionales de emergencias e intervinientes. Quien está entrenado para actuar ante una catástrofe no es inmune a ella. La preparación profesional ayuda a desempeñar una función bajo presión, pero no elimina las consecuencias emocionales de aquello que se ha visto o vivido.

Puede aparecer irritabilidad, cansancio extremo, dificultad para dormir, recuerdos intrusivos o cierto aislamiento al regresar a casa. Normalizar esas reacciones permite detectarlas sin dramatizarlas y, al mismo tiempo, pedir ayuda cuando empiezan a hacerse persistentes.

Cuándo conviene pedir ayuda psicológica

No existe un calendario idéntico para todo el mundo. El duelo tampoco funciona con reloj.

Sí hay señales que justifican consultar con un profesional: ataques de pánico repetidos, pesadillas persistentes, recuerdos intrusivos muy intensos, aislamiento, incapacidad para realizar actividades cotidianas, consumo creciente de alcohol o fármacos para soportar el malestar, o una ansiedad que no disminuye y comienza a dominar la vida.

La atención debe ser especialmente cuidadosa cuando existen pensamientos de hacerse daño, una desorganización intensa o una incapacidad para mantenerse a salvo. En esos casos no corresponde esperar a que los síntomas desaparezcan por sí mismos.

Para quienes presentan síntomas clínicamente relevantes de estrés postraumático, existen tratamientos psicológicos específicos con evidencia, entre ellos distintas modalidades de terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma. La intervención debe adaptarse a la persona y realizarse por profesionales formados.

Renfe mantiene activado para el accidente de Urda su dispositivo de atención a víctimas y familiares y el teléfono 900 10 10 20. También se han puesto en marcha otros recursos de apoyo psicológico presencial y telefónico para afectados e intervinientes.

Recuperar la sensación de seguridad llevará tiempos distintos

Una tragedia como la de Urda no afecta del mismo modo a todos. Habrá quien vuelva a viajar en tren sin especiales dificultades y quien necesite tiempo. Un superviviente puede sentirse relativamente estable durante los primeros días y acusar el golpe después. Un familiar puede necesitar hablar constantemente; otro, silencio.

La atención psicológica útil parte precisamente de esa diferencia. Acompañar sin imponer, informar sin saturar y vigilar la evolución del malestar permite intervenir cuando hace falta sin convertir en enfermedad una reacción humana ante un acontecimiento excepcional.

Recuperar la confianza tampoco consiste en fingir que nada ha ocurrido. Pasa por poder integrar lo sucedido hasta que el miedo deje de dirigir las decisiones cotidianas. Y eso, después de una catástrofe, rara vez sucede al mismo ritmo para todos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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