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Una profesora jubilada bloquea robots de Uber Eats y acaba detenida

Carolyn Marvin, profesora emérita de 78 años, fue detenida tras bloquear robots de Uber Eats y asegura que seguirá protestando en Filadelfia

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robots de Uber Eats

Imagen: Oleg Yunakov / CC BY-SA 4.0.

Resumen

  • Carolyn Marvin fue detenida por bloquear un robot de reparto de Uber Eats
  • Protesta contra la automatización y afirma que seguirá haciéndolo
  • La profesora emérita invoca la Primera Enmienda para recurrir el cargo

Una profesora emérita de la Universidad de Pensilvania ha sido detenida en Filadelfia después de bloquear deliberadamente un robot de reparto de Uber Eats y negarse a apartarse cuando la Policía se lo pidió. Carolyn Marvin, de 78 años, lleva meses protagonizando esta singular protesta contra la automatización del reparto de comida y asegura que piensa continuar pese a la intervención policial.

El episodio ocurrió el miércoles 14 de octubre en el centro de Filadelfia. Marvin acababa de salir de una cita para vacunarse contra la gripe cuando vio uno de los pequeños vehículos autónomos circulando por la acera. Hizo lo que, según ha explicado, lleva haciendo desde hace meses cuando se cruza con alguno y dispone de tiempo: se colocó delante y le cortó el paso. La tecnología más avanzada del reparto urbano terminó detenida por un obstáculo bastante menos sofisticado: una mujer quieta sobre la acera.

La protesta contra Uber Eats que terminó con una detención

Los agentes acudieron a la zona de Filbert Street tras recibir un aviso relacionado con el robot. Según la versión conocida del incidente, pidieron varias veces a Marvin que se apartara para permitir que el vehículo completara su entrega. Ella se negó. La profesora terminó detenida por conducta desordenada y recibió una notificación por esa infracción.

Marvin, lejos de considerar el arresto un punto final, ha anunciado que pretende impugnar el cargo y sostiene que su conducta está amparada por su derecho constitucional a protestar. Su intención es seguir bloqueando estos vehículos cuando los encuentre circulando por Center City y utilizar esas interrupciones para conversar con quienes se acercan intrigados por la escena.

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No se trata, según su relato, de una aparición espontánea ante las cámaras. La profesora afirma que lleva meses parándose delante de los robots, aunque procura no impedir el paso de los peatones. Su objetivo es frenar temporalmente a la máquina y convertir ese pequeño atasco tecnológico en una conversación sobre empleo, automatización y espacio público.

Por qué Carolyn Marvin quiere detener a los robots

Marvin dirige su protesta contra la posible sustitución de trabajadores por máquinas y contra un modelo empresarial que, a su juicio, puede reducir costes laborales a medida que aumenta la automatización. El argumento toca una discusión mucho más amplia que el incidente de una acera de Filadelfia: qué ocurre con determinados empleos cuando una tecnología suficientemente barata puede realizar parte del mismo trabajo.

Eso no significa que cada pedido entregado por una máquina equivalga automáticamente a un puesto de trabajo destruido. La relación entre automatización y empleo es bastante más compleja. Pero la inquietud que expresa Marvin existe y se ha vuelto mucho más visible desde que los robots abandonaron almacenes y laboratorios para empezar a circular entre peatones, restaurantes, coches y semáforos.

Una experta en tecnología protestando contra la tecnología

La biografía de Marvin añade una capa peculiar a la historia. No es únicamente una jubilada enfadada con un aparato con ruedas: es profesora emérita de Comunicación en la Universidad de Pensilvania y buena parte de su trayectoria académica se ha ocupado precisamente de las relaciones entre tecnología, cultura y sociedad.

Entre sus trabajos destaca When Old Technologies Were New, un libro sobre cómo tecnologías de comunicación que entonces parecían revolucionarias alteraron las relaciones sociales y provocaron entusiasmo, miedo y disputas sobre quién debía controlarlas. También ha trabajado académicamente sobre libertad de expresión, un detalle nada menor ahora que pretende apoyarse en la Primera Enmienda para combatir la sanción.

Marvin, sin embargo, presenta su protesta de una forma menos académica. Habla de participación cívica: detener durante unos minutos un robot, llamar la atención sobre lo que representa y conversar con desconocidos. Una especie de ágora improvisada, solo que el centro de la discusión lleva sensores, ruedas y una comida dentro.

La Primera Enmienda no convierte cualquier protesta en intocable

El argumento jurídico será más complicado que el gesto. La Primera Enmienda de la Constitución estadounidense protege la libertad de expresión y de reunión, y las calles y aceras ocupan un lugar especialmente relevante como espacios tradicionales de protesta. Pero esa protección no significa que cualquier forma de protesta quede automáticamente fuera del alcance de las normas.

La legislación estadounidense permite establecer determinadas restricciones sobre el tiempo, el lugar y la forma en que se ejerce una protesta, siempre dentro de los límites constitucionales. En otras palabras, el derecho a expresarse no concede necesariamente un derecho ilimitado a impedir durante cualquier periodo el movimiento de otras personas, vehículos o bienes.

Ahí estará uno de los puntos centrales si Marvin lleva su caso adelante. El hecho de que, según la versión policial, recibiera varias órdenes para apartarse puede pesar en la discusión sobre la acusación de conducta desordenada. Su defensa, por el contrario, podrá sostener que aquello era una conducta expresiva deliberada realizada en un espacio público y sin violencia.

Los robots de Uber Eats ya habían dividido Filadelfia

La polémica no comenzó con Carolyn Marvin. Los robots de reparto de Uber Eats empezaron a circular por el centro de Filadelfia como parte del despliegue de vehículos autónomos fabricados por Avride. Son pequeñas unidades capaces de transportar pedidos de restaurantes y moverse por las aceras hasta llegar al cliente.

Su presencia no ha pasado precisamente inadvertida. Desde que comenzaron a circular se han producido episodios en los que ciudadanos los han pateado, derribado o manipulado, mientras otros vecinos se limitan a fotografiarlos, observarlos o incluso tratarlos como si fueran una nueva especie de mascota urbana. La novedad tecnológica, cuando ocupa físicamente la acera, deja de ser abstracta muy deprisa.

También se ha abierto una discusión política sobre las reglas que deberían cumplir estos vehículos, especialmente cuando circulan por zonas concurridas. La cuestión tiene poco de futurista cuando se formula en términos cotidianos: quién puede ocupar la acera, bajo qué condiciones y qué ocurre cuando peatones, empresas y máquinas quieren utilizar el mismo espacio.

Cuando la automatización deja el algoritmo y ocupa la acera

Durante años se ha hablado de inteligencia artificial y automatización con un vocabulario casi invisible: algoritmos, productividad, eficiencia, costes. Un robot de reparto cambia la percepción porque la automatización adquiere cuerpo. Pasa al lado de los zapatos, espera ante un semáforo, tropieza con un bordillo y, de vez en cuando, encuentra a una profesora de 78 años que decide no moverse.

Ese componente físico ayuda a explicar por qué estos vehículos provocan reacciones que una aplicación informática rara vez despierta. Para algunos representan comodidad e innovación; para otros, precarización laboral o apropiación comercial del espacio público. Y para bastantes vecinos probablemente son, sencillamente, una especie de nevera rodante que aparece mientras uno intenta llegar a casa.

Marvin ha encontrado precisamente ahí su escenario. No consta que su protesta consista en destruir los robots, sino en interrumpir temporalmente su recorrido y aprovechar la pausa para hablar con quienes se acercan. La paradoja es bastante fina: una tecnología diseñada para reducir la intervención humana acaba generando una conversación entre desconocidos en mitad de la calle.

Una pequeña protesta ante un cambio mucho mayor

La detención de Carolyn Marvin no resolverá qué ocurrirá con los repartidores si los vehículos autónomos llegan a ser más baratos, fiables y habituales. Tampoco decidirá por sí sola cómo deben regular las ciudades el uso empresarial de las aceras. Sí concentra, en pocos metros cuadrados, varias de las tensiones de la automatización: empleo, beneficios empresariales, libertad de protesta y uso del espacio común.

Hay también una consecuencia mucho más inmediata y bastante menos filosófica. Mientras Marvin mantiene inmóvil el robot, un pedido se retrasa, un restaurante espera y un cliente contempla en la aplicación cómo su comida lleva demasiado tiempo parada en la misma esquina. El derecho a protestar y el derecho a recibir un burrito caliente no pertenecen exactamente a la misma categoría constitucional, pero las ciudades están hechas también de esos conflictos pequeños.

Marvin sostiene que seguirá haciéndolo pese al arresto. No parece pensar que pueda frenar la automatización colocando el cuerpo delante de cada robot, sino que el gesto sirve para abrir una discusión pública sobre una transformación que normalmente avanza de forma bastante silenciosa. Y ahí reside la imagen más curiosa del caso: una máquina concebida para ahorrar interacción humana termina rodeada de personas hablando sobre el futuro del trabajo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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