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Por qué protestan los jóvenes en Europa y qué hay detrás de su rabia

Las protestas juveniles se extienden por Europa entre alquileres imposibles, recortes, empleo precario, desconfianza política y episodios violentos.

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qué hay detrás de la rabia

«Study or survive?». Estudiar o sobrevivir. La pancarta apareció esta semana en una manifestación de universitarios en Atenas y resume bastante mejor el estado de ánimo de una parte de la juventud europea que cualquier teoría sobre adolescentes aburridos con demasiado tiempo libre.

Entre quienes marchaban estaba Georgia Foukidou, una estudiante de 21 años llegada a la capital griega desde Evros: alquiler caro, pisos pequeños, una familia que hace cuentas para pagarle la vivienda y la electricidad y la sensación, repetida también por otros jóvenes, de que después de estudiar no espera necesariamente una vida más estable.

Grecia es solo una pieza. Francia lleva semanas con institutos bloqueados; España y Portugal han visto acampadas por la vivienda; Bélgica protesta por los recortes educativos; Italia mezcla malestar estudiantil y coste de la vida; Albania y Serbia tienen su propia carga de corrupción, empleo y hartazgo político. No es una revolución europea organizada desde algún despacho secreto ni todos reclaman exactamente lo mismo. Pero tampoco parece una coincidencia.

Entre el 15 de septiembre y el 23 de octubre se han contabilizado al menos 177 protestas o manifestaciones en 12 países europeos, con Francia, España, Italia, Portugal y Bélgica concentrando alrededor del 80% de las movilizaciones registradas.

Las causas cambian según se cruza una frontera, aunque tres asuntos reaparecen con una insistencia difícil de ignorar: vivienda, educación y coste de la vida. En Francia comenzó con estudiantes que denunciaban profesores ausentes, clases saturadas y centros deteriorados; en Bélgica se sumaron la subida de tasas y los recortes; en España y Portugal la vivienda se ha convertido en la parte más visible de un problema que toca salarios, alquileres y emancipación; en Albania y Serbia, en cambio, el enfado tiene mucho más que ver con corrupción, instituciones y una confianza política que lleva tiempo agrietándose.

Preguntarse si detrás hay aburrimiento, ganas de romper cosas, pérdida del norte o simple rabia tiene sentido después de ver escaparates destrozados, incendios, piedras contra la policía o saqueos como los ocurridos en algunas ciudades. Pero empezar por ahí conduce a una explicación bastante pobre.

La mayoría de las movilizaciones han sido pacíficas, aunque algunas terminaran mal: hay protestas con detenidos en decenas de casos, policías heridos y episodios graves en Francia, Italia y Albania. En Tirana, por ejemplo, parte de una movilización estudiantil contra el coste de la educación y la corrupción acabó con edificios públicos y bancos incendiados, piedras contra los antidisturbios, gases lacrimógenos y cientos de detenidos. Eso es violencia y no hay necesidad de rebautizarla. Lo que no demuestra es que el movimiento entero exista porque a una generación le apetezca destruir.

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Una generación que hace cuentas demasiado pronto

La parte menos espectacular del malestar está en una hoja de cálculo doméstica. La inflación puede haberse moderado, pero los precios no han regresado al lugar del que partieron; entre agosto de 2021 y agosto de 2026, los alimentos y bebidas no alcohólicas se encarecieron alrededor de un 34% en la Unión Europea, mientras el coste de la vivienda sigue comiéndose una proporción especialmente alta de los ingresos de quienes intentan independizarse.

El desempleo juvenil de los menores de 25 años se situó en agosto en el 15,4% en la UE, más del doble de la tasa general, que era del 6,1%. Tener empleo tampoco resuelve automáticamente el problema: muchos jóvenes que trabajan no pueden permitirse vivir por su cuenta en las ciudades donde estudian o encuentran empleo.

La vivienda retrasa la entrada en la vida adulta

La vivienda explica buena parte de esa sensación de llegar tarde a la vida adulta. En 2025, el 26,9% de los europeos de entre 15 y 29 años vivía en hogares considerados sobreocupados, frente al 16,8% del conjunto de la población.

Los jóvenes están más expuestos a alquileres inasumibles, viviendas peores, atrasos en pagos y permanencias en casa de los padres que no siempre son una preferencia familiar, sino la única opción económicamente razonable.

España ofrece un ejemplo conocido: la edad media para abandonar el hogar familiar rondaba ya los 30 años en 2024, una de las más altas de Europa. Italia y Grecia están en cifras parecidas. Son datos bastante menos fotogénicos que un contenedor ardiendo, pero ayudan más a explicar por qué la protesta encuentra público.

Y ahí aparece una diferencia generacional difícil de reducir a la vieja pelea entre jóvenes impacientes y adultos que aseguran haberlo tenido igual de complicado. Muchos de quienes protestan han crecido escuchando que estudiar más, aprender idiomas, aceptar prácticas, moverse de ciudad y adaptarse a un mercado laboral flexible era la receta para avanzar.

El choque llega cuando, después de cumplir buena parte del programa, comprar una vivienda resulta remoto, alquilar solo es prohibitivo y formar una familia obliga a cálculos que sus padres hacían con varios años menos.

No significa que toda la juventud europea viva peor que cualquier generación anterior —la comparación histórica es mucho más compleja—, pero sí que determinados hitos materiales de la adultez son ahora más difíciles de alcanzar para una proporción importante de jóvenes. Ese problema termina influyendo en decisiones educativas, laborales, de pareja y de formación de familias.

La educación ha dejado de ser solo una promesa de futuro

En Francia la mecha fue especialmente clara. Los primeros bloqueos denunciaban profesores que no llegaban, aulas deterioradas, demasiados alumnos y un sistema educativo que los manifestantes consideran sometido a recortes justo cuando las cuentas públicas del país están bajo enorme presión.

A comienzos de octubre seguían cerrados 141 centros y el movimiento empezaba a atraer también a estudiantes de universidades de élite, menos por una súbita pasión revolucionaria que por la impresión de que las dificultades de la enseñanza pública ya no eran un problema periférico.

En Bélgica, los universitarios protestan además por reformas que condicionan las ayudas públicas al ritmo con el que completan los créditos, algo especialmente incómodo para quienes necesitan trabajar mientras estudian.

Las protestas también cruzan fronteras a través del móvil

La protesta viaja. En Grecia se escuchaba esta semana una consigna que hablaba explícitamente de Francia; en Italia se han utilizado referencias similares. Los jóvenes ven en el móvil lo que ocurre en París, Madrid, Tirana o Lisboa y descubren que el lenguaje cambia, pero algunas quejas se parecen demasiado.

Esa circulación de imágenes importa: acelera la imitación de repertorios —acampadas, bloqueos, concentraciones convocadas por redes— y también puede contagiar las formas más destructivas. Sería ingenuo negar ese componente.

Una protesta violenta puede convertir en modelo lo que unas horas antes era solo una imagen de otro país, igual que hace décadas una ocupación universitaria inspiraba otra sin necesidad de TikTok. La diferencia es la velocidad. Lo que antes tardaba semanas en cruzar una frontera puede hacerlo durante el trayecto en metro.

Eso permite entender por qué a veces la calle parece ir más lejos que la reivindicación inicial. Un movimiento que empieza por profesores, alquileres o tasas universitarias puede convertirse en pocas jornadas en un recipiente para agravios distintos: salarios, pensiones, corrupción, recortes, desconfianza institucional, inmigración, guerra, gasto militar o simplemente rechazo al Gobierno de turno.

Francia es el ejemplo más evidente: una movilización nacida alrededor de la educación terminó incorporando sindicatos, trabajadores públicos, agricultores y otros colectivos. Una protesta no necesita mantener intacta su composición para conservar su origen, y tampoco todo el que acaba marchando comparte el programa del estudiante que salió primero.

¿Y la violencia?

Aquí es donde la discusión suele deteriorarse. Hay una tentación en una parte de la izquierda de tratar cualquier disturbio como una consecuencia casi inevitable de una injusticia previa; y otra, simétrica, de reducir una movilización entera a los encapuchados que quemaron un contenedor. Ninguna ayuda demasiado.

Que una generación tenga motivos razonables para protestar no concede una licencia para incendiar un ayuntamiento, saquear una tienda o atacar a un policía. Y que dentro de una protesta haya delincuentes, oportunistas o jóvenes que encuentran placer en destrozar cosas tampoco convierte en imaginario el precio del alquiler.

No todas las protestas responden al mismo fenómeno

En Milán, unos 2.000 jóvenes convocados a través de redes sociales irrumpieron en el centro el 18 de octubre y hubo saqueos y escaparates destrozados; 271 fueron llevados a comisaría y una gran mayoría eran menores, según los datos recogidos en la cobertura de esas protestas.

Ese episodio encaja peor con una movilización política convencional y mucho mejor con una mezcla de convocatoria digital, comportamiento de grupo y oportunidad para el desorden.

Albania ofrece algo distinto: una movilización con reivindicaciones políticas reconocibles que deriva parcialmente en violencia contra edificios e instituciones. Francia ha visto ambas cosas dentro de un ciclo mucho mayor. Meterlas todas en la misma caja sería cómodo, pero falso.

Hay aburrimiento en algunos participantes, seguramente. Hay adolescentes atraídos por la excitación de una multitud, jóvenes que no han leído un programa político en su vida y oportunistas que aprovechan el caos para robar. Eso ha acompañado a las revueltas desde mucho antes de que existiera la generación Z.

Lo que no aparece en los datos disponibles es una Europa juvenil saliendo a la calle principalmente porque no tenga nada mejor que hacer. Los motivos se repiten con demasiada precisión: alquileres, salarios, educación, empleos, servicios públicos y corrupción. Una explicación basada en la «pérdida del norte» exige ignorar demasiadas facturas.

La rabia sí está ahí

La palabra que mejor encaja quizá sea rabia, pero tampoco en el sentido de una furia adolescente sin objeto. Es una rabia con direcciones concretas y, al mismo tiempo, con un fondo más difuso: la sospecha de que el contrato generacional no funciona como se prometió.

No se trata únicamente de ganar poco o pagar mucho por una habitación; pesa también la impresión de que cumplir las reglas no garantiza avanzar y de que los gobiernos responden a esa frustración con soluciones pequeñas frente a problemas que los jóvenes consideran enormes.

María Silvestre, socióloga de la Universidad de Deusto, resumía estos días ese estado de ánimo como una sensación fuerte de incertidumbre y falta de control.

Un malestar compartido, pero no una revolución europea

El problema para los gobiernos es que esa mezcla resulta políticamente inestable. Una protesta por vivienda puede atraer a votantes de izquierda, abstencionistas y jóvenes sin identidad ideológica clara; una protesta contra la corrupción puede juntar a estudiantes liberales, nacionalistas, progresistas y conservadores; una revuelta educativa puede terminar conectando con trabajadores mayores preocupados por salarios o servicios públicos.

No hay una Internacional de la generación Z coordinando Europa. Hay conflictos nacionales que se observan entre sí y descubren un vocabulario compartido: «no puedo pagar», «no puedo irme de casa», «no sé para qué sirve estudiar tanto», «no confío en quienes mandan».

Eso tampoco significa que Europa esté ante un nuevo 1968. Las movilizaciones son demasiado distintas, muchas tienen estructuras débiles y algunas pueden desaparecer tan rápido como aparecieron.

Los gobiernos, además, ya han empezado a responder de maneras diferentes: concesiones educativas, retirada de determinadas tasas, mayor despliegue policial, prohibiciones de concentraciones o endurecimiento de las medidas de seguridad. Las próximas semanas dirán cuáles consiguen transformar la protesta en organización duradera y cuáles se agotarán después de una temporada de ruido.

Pero la pregunta inicial admite ya una respuesta bastante menos misteriosa. No parece aburrimiento. Tampoco una epidemia continental de autodestrucción o una generación que haya perdido colectivamente el norte. Hay rabia, sí; también contagio, redes sociales, violencia minoritaria y jóvenes a los que el desorden les resulta atractivo.

Debajo queda algo más prosaico y probablemente más difícil de resolver: una parte de la juventud europea mira la vivienda que no puede pagar, el empleo que no garantiza independencia y unos servicios públicos sometidos a recortes, y concluye que esperar tranquilamente quizá no vaya a mejorar demasiado las cosas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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