Economía
España, el caso más extremo de la burbuja del suelo según Mike Bird
Mike Bird sitúa a España como ejemplo extremo de burbuja del suelo y analiza cómo el crédito, la escasez y el modelo de Singapur explican la vivienda
Resumen
- Mike Bird sitúa a España como caso extremo de burbuja y colapso del suelo
- El crédito y el precio del terreno alimentaron el gran auge previo a 2008
- Singapur muestra otro modelo, aunque España no puede copiarlo sin más
España protagonizó uno de los episodios más extremos de auge y desplome del suelo entre las economías occidentales. Esa es la tesis de Mike Bird, editor de Wall Street en The Economist, que coloca el caso español en el centro de una discusión que suele empezar hablando del precio de los pisos pero que, bastante antes, pasa por algo menos visible: quién posee el terreno, cuánto vale y qué ocurre cuando bancos, empresas y familias empiezan a tratarlo como una máquina de fabricar riqueza.
Bird considera que la experiencia española previa a la crisis financiera fue particularmente intensa. No se trató únicamente de construir mucho. El precio del suelo, la expansión del crédito y las expectativas de revalorización acabaron formando una misma rueda. Giró rápido durante años y, cuando dejó de hacerlo, el golpe atravesó promotoras, bancos, empleo, cuentas públicas y hogares.
Los números ayudan a recordar la dimensión de aquel ciclo. España llegó a iniciar alrededor de 760.000 viviendas en 2006, una cifra extraordinaria para el tamaño del país, mientras el mercado inmobiliario absorbía cantidades enormes de financiación. Dos años después, con la crisis en marcha, la construcción y las compraventas habían comenzado a hundirse. El ladrillo era la parte visible; debajo estaba el suelo.
España y una burbuja que fue mucho más que vivienda
La lectura de Bird resulta incómoda porque desplaza el foco. Una vivienda tiene ladrillos, tuberías, ventanas, ascensor. El suelo, en cambio, no se fabrica. No aparece una hectárea nueva porque aumente la demanda ni puede importarse en un contenedor desde otro continente. Y cuando una parcela situada en un lugar atractivo sube de precio, una parte importante de esa ganancia procede de su localización, las infraestructuras próximas, las decisiones urbanísticas y la expectativa de que mañana alguien pagará más.
Ahí aparece lo que Bird identifica como la trampa del suelo. Cuando la tierra se convierte en una de las garantías preferidas para conseguir financiación, el sistema bancario tiene un poderoso incentivo para prestar contra inmuebles existentes. Para una entidad resulta más sencillo valorar una casa o una parcela que apostar por un proyecto empresarial incierto, una tecnología nueva o una compañía que todavía no tiene activos sólidos que hipotecar.
El mecanismo puede acabar produciendo una economía cada vez más rica sobre el papel y, sin embargo, más dependiente del precio de un activo limitado. España conoce bien esa película. Durante la larga expansión anterior a 2008 aumentaron con fuerza el empleo, la inversión, el crédito y los precios inmobiliarios, mientras una parte desproporcionada de los recursos terminaba concentrándose en construcción y actividades ligadas al ladrillo.
El suelo puede enriquecernos sin que produzcamos más
Esta es quizá la parte más sugerente del argumento. Cuando una casa comprada por 150.000 euros pasa a valer 300.000, su propietario posee, contablemente, más patrimonio. Pero la vivienda continúa teniendo el mismo salón, la misma orientación y probablemente la misma gotera rebelde del baño. Buena parte del incremento procede del valor del terreno y de la disposición de otro comprador a pagar más.
Mientras la escalada continúa, casi todos los incentivos parecen razonables. El banco cuenta con una garantía que vale cada vez más; el comprador teme quedarse fuera; el propietario acumula patrimonio; el promotor puede pagar más por el solar y las administraciones ven crecer nuevos desarrollos. Todo encaja. O parece encajar. El problema llega cuando el precio del suelo alimenta el crédito y el crédito, a su vez, empuja todavía más el precio del suelo.
La España posterior a 2008 mostró la otra cara. El ajuste inmobiliario redujo construcción, transacciones, consumo y riqueza de los hogares y dejó detrás un enorme lastre financiero. De ahí que Bird considere el caso español especialmente útil para comprender hasta dónde puede llegar la relación entre tierra, deuda y sistema bancario.
La España de 2026 no es exactamente la España de 2007
Conviene introducir un matiz importante. Que los precios vuelvan a crecer con mucha fuerza no significa que España esté repitiendo mecánicamente la burbuja que terminó en la crisis financiera. El mercado actual está muy tensionado, sí, pero presenta diferencias sustanciales respecto a 2007.
El precio de la vivienda aumentó un 12,2 % interanual en el segundo trimestre de 2026. La vivienda usada avanzó todavía más, un 12,9 %, mientras la nueva subió un 7,4 %. Son incrementos difíciles de absorber cuando los salarios no recorren la misma distancia y explican buena parte de la sensación de expulsión que sufren jóvenes y hogares de rentas medias en numerosas ciudades y zonas costeras.
Pero el engranaje financiero no se encuentra en el mismo punto. La deuda de los hogares equivalía en el segundo trimestre de 2026 al 41,9 % del PIB, muy lejos del endeudamiento que acompañó al anterior ciclo inmobiliario. Aquella diferencia no abarata ni un euro la vivienda de quien intenta comprar, pero sí importa cuando se analiza el riesgo de que una corrección del mercado termine contaminando al conjunto del sistema financiero.
El problema actual tiene mucho de escasez
Hoy aparece otro fenómeno. Se forman hogares más deprisa de lo que se construyen viviendas en muchos de los lugares donde la gente quiere —o necesita— vivir. La inversión residencial no ha seguido el ritmo de la demanda y persisten obstáculos como la falta de mano de obra, el encarecimiento de la construcción, los plazos urbanísticos y la escasez de suelo preparado para edificar.
Eso ayuda a entender una aparente contradicción española: después de haber levantado cantidades extraordinarias de viviendas durante la anterior burbuja, determinadas ciudades vuelven a tener un serio problema de oferta. Contar casas en todo el territorio sirve de poco si no se tiene en cuenta dónde están. Una vivienda vacía en un municipio que pierde población no resuelve la escasez residencial de Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga, Palma o algunas zonas insulares y turísticas.
El suelo vuelve a estar en mitad del asunto. Puede existir terreno físicamente disponible, pero no necesariamente suelo urbanizado y edificable allí donde la demanda aprieta. Convertir una cosa en la otra exige planeamiento, infraestructuras, permisos, inversión y tiempo. Mucho tiempo, en bastantes ocasiones. El solar parece inmóvil; administrativamente, a veces camina con muletas.
El modelo de Singapur que Mike Bird pone sobre la mesa
Frente a ese sistema, Bird utiliza Singapur como uno de sus ejemplos más llamativos. La comparación es provocadora porque allí el suelo se trata de una manera radicalmente distinta. El Estado realizó durante décadas enormes adquisiciones de terrenos y conserva una capacidad excepcional para decidir su utilización, mientras la vivienda pública ocupa una posición central dentro del mercado residencial.
Alrededor del 80 % de la población vive en viviendas del sistema público HDB y la proporción de hogares propietarios se mueve cerca del 90 %. No se trata del clásico parque público occidental destinado exclusivamente al alquiler social. Singapur desarrolló un modelo orientado a una propiedad fuertemente intervenida, subvencionada y regulada por el Estado.
El resultado permite a las autoridades influir directamente en la oferta de terrenos, la construcción y las condiciones de acceso de una manera que resulta muy difícil reproducir en Europa. El propio sistema está diseñado para favorecer que las familias sean propietarias y para poner más obstáculos a la acumulación de viviendas como negocio de alquiler. La política de suelo no funciona allí como una pieza secundaria: es uno de los cimientos del modelo.
Ahí está precisamente el límite de la comparación. España no puede despertarse un lunes, mirar el mapa y convertir en público el suelo privado. Existen derechos de propiedad, propietarios particulares, empresas, herencias, hipotecas y un entramado jurídico construido durante generaciones. Copiar Singapur como quien importa un tren sería una fantasía. Otra cosa es estudiar qué enseña sobre vivienda protegida y gestión pública del suelo antes de que los precios se disparen.
Cuando la vivienda es hogar, inversión y jubilación a la vez
El dilema occidental tiene otra complicación: millones de ciudadanos necesitan que su vivienda mantenga o aumente su valor. Para muchas familias españolas, la casa no es solamente el lugar donde viven. Es patrimonio, ahorro y herencia; en algunos casos, también el colchón económico con el que esperan llegar con mayor tranquilidad a la jubilación.
Por eso abaratar drásticamente la vivienda genera una paradoja política bastante seria. Quien todavía no tiene casa desea precios menores; quien ha dedicado treinta años a pagarla difícilmente celebrará que pierda buena parte de su valor. El mismo piso puede representar exclusión para quien intenta comprarlo y seguridad económica para quien ya lo posee.
Bird toca ahí un nervio más profundo que el urbanismo. Las democracias occidentales han permitido que una parte sustancial de la riqueza de sus clases medias dependa del encarecimiento inmobiliario y después intentan hacer la vivienda asequible sin reducir demasiado el valor de los inmuebles existentes. Conseguir las dos cosas a la vez se parece bastante a enfriar el café sin que deje de estar caliente.
El suelo vuelve al centro del problema español
La advertencia de Mike Bird no significa que España esté a las puertas de otro 2008. Los niveles de endeudamiento de los hogares y las condiciones del sistema financiero son diferentes. El problema actual es otro: los precios crecen con enorme intensidad, la oferta responde lentamente en las zonas de mayor demanda y acceder a una vivienda se ha convertido en una dificultad estructural para una parte creciente de la población.
La experiencia española demuestra, en cualquier caso, que mirar únicamente al precio final del piso deja media historia fuera. Antes del ladrillo está el terreno; detrás del terreno, el planeamiento; y alrededor de ambos aparecen el crédito, los impuestos, las infraestructuras y unas expectativas capaces de convertir una parcela aparentemente anodina en una fortuna.
España ya comprobó hasta dónde puede llegar esa maquinaria cuando se acelera demasiado. Esa es la advertencia de Bird que conserva vigencia: la vivienda puede ser el rostro visible del problema, pero el suelo es el tablero sobre el que se juega la partida.
-
NaturalezaÚltimos terremotos en España, 24 de octubre: Galicia registra un 2,1
-
NaturalezaIncendios en España hoy, 24 de octubre: seis fuegos bajo seguimiento
-
NaturalezaEstado de los embalses en España hoy, 24 de octubre: siguen al 57,2%
-
EspañaTrashumancia Madrid 2026: itinerario, horarios, cortes y dónde verla
-
MundoEl Salvador envía tropas de élite a Haití para rescatar a 4 militares
-
MundoAl menos siete muertos en una iglesia de Jordania durante un funeral
-
MundoMelania Trump logra una tregua en Oleshky para evacuar a los civiles
-
DeportesMáximo Quiles, a Marc Márquez: «Messi es un falso humilde, como tú»
-
EspañaSale del juzgado en Cáceres, roba otro coche y embiste tres vehículos
-
EspañaDesahucio en Vitoria: seis menores y dos detenidos tras las cargas
-
EconomíaLa moneda de 2 euros de Grace Kelly que puede valer hasta 3.100 euros
-
MundoFrancia movilizará 70.000 policías ante protestas y riesgo de saqueos