Naturaleza
El CO₂ alcanza 426,8 ppm en 2025: récord en 800.000 años, según la OMM
El CO₂ alcanzó 426,8 ppm en 2025, según la OMM, y marcó un nuevo máximo. El metano y el óxido nitroso también batieron récords atmosféricos.
Resumen
- El CO₂ alcanzó 426,8 ppm en 2025, un récord de al menos 800.000 años
- El aumento de 2,8 ppm superó el ritmo medio de la última década
- El metano y el óxido nitroso también registraron máximos históricos
La concentración de dióxido de carbono (CO₂) en la atmósfera terrestre ha alcanzado un nuevo máximo histórico. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) ha confirmado que la media mundial llegó a 426,8 partes por millón (ppm) en 2025, el nivel más elevado de al menos los últimos 800.000 años y un 53 % superior al registrado antes de la Revolución Industrial. El dato, publicado el 27 de octubre de 2026, confirma que la acumulación de gases de efecto invernadero continúa aumentando.
El incremento fue de 2,8 partes por millón respecto a 2024, una subida ligeramente inferior a la excepcional registrada el año anterior, pero superior al ritmo medio de la última década. La OMM advierte de que esta acumulación de carbono está intensificando el calentamiento global y contribuye a crear condiciones favorables para fenómenos meteorológicos más extremos, desde olas de calor hasta episodios de precipitaciones intensas.
El problema no se limita a un año especialmente cálido. El CO₂ puede permanecer en el sistema climático durante siglos, de manera que sus efectos se prolongan mucho más allá del momento en que se emite. Incluso si las emisiones mundiales comenzaran a disminuir de forma sostenida, la concentración atmosférica no caería automáticamente.
Los registros disponibles de las estaciones internacionales indican, de hecho, que los niveles de dióxido de carbono han seguido aumentando durante 2026. La tendencia resulta especialmente significativa después de que el planeta haya encadenado sus once años más cálidos desde que existen registros instrumentales.
Una concentración de CO₂ sin precedentes en cientos de miles de años
Para entender la magnitud del récord conviene detenerse en las cifras. Las partes por millón indican cuántas moléculas de un gas hay por cada millón de moléculas de aire seco. Una concentración de 426,8 ppm equivale aproximadamente al 0,043 % de la atmósfera.
Puede parecer una cantidad pequeña. Sin embargo, el dióxido de carbono tiene una enorme influencia sobre el equilibrio energético terrestre, porque absorbe parte de la radiación infrarroja que la superficie emite hacia el espacio. Es uno de los gases responsables del efecto invernadero natural, imprescindible para mantener temperaturas compatibles con la vida.
El problema aparece cuando su concentración aumenta de manera sostenida. Desde mediados del siglo XVIII, la utilización masiva de carbón, petróleo y gas, junto con la transformación de los ecosistemas, ha alterado la composición atmosférica a una velocidad extraordinaria.
Los registros históricos permiten comprobarlo. Cuando la OMM comenzó a publicar su boletín anual sobre gases de efecto invernadero, en 2004, la concentración media de CO₂ era de 377,5 ppm. En 2025 alcanzó las 426,8 ppm.
La comparación con épocas anteriores resulta todavía más reveladora. Gracias al análisis de las burbujas de aire conservadas en los hielos de la Antártida, los científicos han reconstruido la composición de la atmósfera durante los últimos 800.000 años.
En ese periodo, las concentraciones naturales de dióxido de carbono oscilaron aproximadamente entre 180 y 300 ppm, siguiendo los grandes ciclos glaciales e interglaciales. Los valores actuales están muy por encima de ese intervalo.
Otras reconstrucciones paleoclimáticas sitúan los niveles contemporáneos de CO₂ entre los más elevados de los últimos dos millones de años. La referencia a 800.000 años responde, principalmente, a la extensión de los registros obtenidos directamente del aire atrapado en el hielo.
Por qué también se habla de 425,6 partes por millón
Las cifras publicadas sobre la concentración de CO₂ no siempre coinciden exactamente. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) calcula para 2025 una media mundial de 425,6 ppm, mientras que la OMM establece 426,8 ppm.
La diferencia responde a las metodologías y redes de observación utilizadas. La NOAA emplea una serie basada en mediciones de aire de zonas marinas remotas, mientras que la OMM integra observaciones de su red internacional de vigilancia atmosférica.
Ambos organismos coinciden en lo fundamental: la concentración de dióxido de carbono ha alcanzado nuevos máximos y mantiene una tendencia ascendente a largo plazo.
El CO₂ aumenta tres veces más rápido que en los años sesenta
Uno de los aspectos más preocupantes del informe es la aceleración del ritmo al que se acumula el carbono en la atmósfera.
Durante la década de 1960, la concentración de CO₂ aumentaba aproximadamente 0,8 ppm cada año. Entre 2011 y 2020, ese incremento medio ascendió a 2,4 ppm anuales. Es decir, el ritmo se había triplicado.
La principal explicación es la actividad humana. La combustión de carbón, petróleo y gas libera carbono que permaneció almacenado durante millones de años bajo la superficie terrestre. La deforestación y determinados cambios en el uso del suelo también contribuyen al aumento de las emisiones.
No todo ese dióxido de carbono permanece en el aire. Los océanos y los ecosistemas terrestres absorben aproximadamente la mitad del CO₂ emitido cada año. Son los llamados sumideros naturales de carbono, fundamentales para moderar el calentamiento.
Pero su capacidad de absorción varía según las condiciones ambientales. Las sequías prolongadas, los incendios forestales y las temperaturas elevadas pueden reducir temporalmente la cantidad de carbono que retienen los bosques y otros ecosistemas.
Eso ayuda a explicar lo ocurrido entre 2023 y 2024, cuando el intenso episodio de El Niño favoreció condiciones más cálidas y secas en distintas regiones del planeta. Los incendios y la menor absorción de carbono contribuyeron a un aumento excepcional de la concentración atmosférica.
Durante 2025, la recuperación parcial de los sumideros terrestres y la reducción de las emisiones asociadas a incendios moderaron el incremento anual.
Sin embargo, una subida más lenta no significa que el CO₂ esté disminuyendo. La cantidad total acumulada siguió creciendo y volvió a establecer un récord. La OMM también ha advertido de que las condiciones asociadas a El Niño durante 2026 podrían favorecer nuevos aumentos, aunque su magnitud definitiva deberá comprobarse con las mediciones consolidadas.
El metano y el óxido nitroso también alcanzan máximos históricos
El dióxido de carbono no es el único gas que preocupa a los científicos. El boletín de la OMM confirma que las concentraciones de metano y óxido nitroso también alcanzaron niveles sin precedentes en 2025.
El metano (CH₄) llegó a 1.948 partes por mil millones, una concentración un 167 % superior a la de la era preindustrial. Aunque permanece menos tiempo en la atmósfera que el CO₂, tiene una gran capacidad para retener calor.
Según la OMM, aproximadamente el 65 % de las emisiones de metano procede de actividades humanas, entre ellas la ganadería, el cultivo de arroz, la explotación de combustibles fósiles, los vertederos y la quema de biomasa. El resto corresponde principalmente a fuentes naturales, como los humedales.
Por su parte, el óxido nitroso (N₂O) alcanzó las 339,1 partes por mil millones, un 26 % por encima de los niveles preindustriales. Sus emisiones están relacionadas con procesos naturales, pero también con la utilización de fertilizantes agrícolas, la combustión de biomasa y determinadas actividades industriales.
La importancia de estos gases no depende únicamente de su concentración. También cuentan su capacidad para absorber radiación y el tiempo que permanecen en la atmósfera.
Las mediciones de la NOAA indican que el efecto de calentamiento provocado por los gases de efecto invernadero de larga duración aumentó un 56 % entre 1990 y 2025. El dióxido de carbono fue responsable de aproximadamente el 81 % de ese incremento.
Más calor en la atmósfera y mayor riesgo de fenómenos extremos
El aumento de los gases de efecto invernadero modifica el balance energético del planeta. Al dificultar la salida de parte del calor hacia el espacio, provoca un calentamiento progresivo de la atmósfera y los océanos.
Sus efectos ya se observan en las temperaturas mundiales. Según la OMM, los once años comprendidos entre 2015 y 2025 fueron los más cálidos de los registros instrumentales.
La relación con los fenómenos meteorológicos extremos es especialmente relevante. Una atmósfera más cálida puede contener mayor cantidad de vapor de agua, lo que favorece precipitaciones más intensas cuando se dan las condiciones meteorológicas adecuadas.
El incremento de las temperaturas también aumenta la probabilidad de olas de calor extremas y, en determinadas regiones, agrava las sequías y las condiciones favorables para los incendios forestales.
Eso no significa que cualquier inundación, tormenta o incendio pueda atribuirse directamente al cambio climático. Cada episodio depende de múltiples factores meteorológicos y geográficos. Para determinar cuánto ha influido el calentamiento global en un acontecimiento concreto hacen falta estudios específicos de atribución.
Lo que sí establece la investigación científica es que el calentamiento causado por la actividad humana está aumentando la frecuencia o intensidad de numerosos fenómenos extremos, aunque sus efectos varían según la región y el tipo de acontecimiento.
Las consecuencias afectan también a la economía y la salud pública. Las temperaturas extremas incrementan los riesgos sanitarios, las sequías pueden comprometer la producción agrícola y las lluvias torrenciales ponen a prueba infraestructuras diseñadas para condiciones climáticas diferentes.
Un récord que condicionará el clima durante décadas
La duración del dióxido de carbono en el sistema climático convierte el nuevo máximo atmosférico en un problema especialmente persistente.
A diferencia de otros contaminantes que desaparecen relativamente rápido, una parte del CO₂ emitido puede seguir influyendo en el clima durante cientos de años. El calentamiento de los océanos y la pérdida de hielo añaden respuestas del sistema terrestre que tampoco se revierten de inmediato.
Aquí conviene distinguir entre emisiones y concentraciones. Las primeras representan la cantidad de gases que se liberan durante un periodo determinado. Las segundas reflejan cuánto se ha acumulado en la atmósfera después de descontar lo que absorben los sumideros naturales.
Reducir las emisiones permite frenar progresivamente el crecimiento de esa acumulación. Para estabilizar el calentamiento global causado por el CO₂, la ciencia climática señala la necesidad de alcanzar emisiones netas nulas de este gas.
El nuevo boletín llega, además, antes de la próxima Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la COP31, prevista en Antalya, Turquía, del 9 al 20 de noviembre de 2026.
La reunión tendrá lugar con una evidencia difícil de discutir: pese a los compromisos internacionales y al desarrollo de tecnologías energéticas menos contaminantes, la concentración mundial de gases de efecto invernadero continúa aumentando.
El récord de 426,8 ppm no significa que exista un umbral climático único que se haya cruzado de golpe. Cada incremento adicional de CO₂ contribuye al calentamiento y eleva los riesgos acumulados.
Tampoco significa que el resultado futuro esté completamente decidido. La magnitud del calentamiento dependerá, en buena medida, de las emisiones que se produzcan durante las próximas décadas. El margen para limitar sus consecuencias sigue existiendo, pero los datos atmosféricos muestran que el tiempo disponible para hacerlo sin acumular más riesgos se está reduciendo.
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