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Ciencia

La NASA halla zonas del polo sur lunar donde sobrevivirían microbios

Un estudio de la NASA identifica zonas del polo sur lunar donde bacterias y hongos podrían resistir varios días y contaminar muestras científicas.

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microbios en el polo sur lunar

Resumen

  • La NASA identifica refugios para microbios terrestres en el polo sur lunar
  • Algunas bacterias y hongos podrían resistir más de una semana en sombra
  • El riesgo está en contaminar muestras de las futuras misiones Artemis

La NASA ha identificado regiones del polo sur de la Luna donde determinados microbios terrestres podrían sobrevivir durante días e incluso más de una semana. Una investigación publicada en la revista científica Science Advances revela que algunas bacterias y hongos asociados a los seres humanos serían capaces de resistir las condiciones extremas de la superficie lunar, especialmente en zonas protegidas de la radiación solar.

El hallazgo tiene consecuencias para las próximas misiones del programa Artemis, con el que Estados Unidos pretende regresar a la superficie lunar en 2028. Los microorganismos transportados involuntariamente por los astronautas podrían permanecer en estado latente y contaminar muestras científicas. Eso sí, el estudio no demuestra que exista vida en la Luna ni que estos organismos puedan multiplicarse allí: identifica condiciones ambientales que permitirían su supervivencia temporal.

La investigación, dirigida por el científico planetario Prabal Saxena, del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA, combina observaciones orbitales con información experimental sobre la resistencia de distintos microorganismos. Los resultados cuestionan una idea bastante extendida: que la superficie lunar es completamente incompatible con la supervivencia de las formas de vida terrestres.

Durante décadas, la ausencia de una atmósfera protectora, la radiación ultravioleta y las temperaturas extremas parecían argumentos suficientes para descartar esa posibilidad. Sin embargo, el polo sur lunar presenta características muy distintas de las regiones ecuatoriales exploradas por las misiones Apolo.

La diferencia está en el relieve, la iluminación y unas sombras permanentes que pueden durar muchísimo más de lo que cabría esperar en un mundo aparentemente desolado.

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Por qué algunos microbios podrían sobrevivir en el polo sur de la Luna

La Luna tiene una inclinación muy pequeña respecto a su eje de rotación. En las regiones polares, el Sol permanece cerca del horizonte y sus rayos alcanzan la superficie con un ángulo muy bajo.

Esta circunstancia provoca que las elevaciones del terreno, las paredes de los cráteres y pequeños accidentes geográficos proyecten sombras prolongadas. Existen incluso regiones permanentemente sombreadas, donde la luz solar directa nunca llega.

Son lugares extremadamente fríos, pero esa oscuridad tiene una ventaja inesperada para ciertos microorganismos: los protege de buena parte de la radiación ultravioleta, uno de los principales factores que destruyen las células expuestas al espacio.

Las temperaturas reducidas tampoco garantizan la supervivencia, aunque algunos organismos pueden soportarlas mediante mecanismos de resistencia que les permiten permanecer inactivos durante periodos prolongados.

Para estudiar estas condiciones, los investigadores utilizaron datos del Lunar Reconnaissance Orbiter, una sonda de la NASA que observa nuestro satélite desde 2009.

El equipo analizó tres áreas próximas al polo sur: Nobile Rim, Connecting Ridge y De Gerlache Rim. Con información sobre temperaturas, elevaciones del terreno y exposición a la radiación, elaboró modelos para determinar dónde podrían resistir distintos microorganismos.

Los resultados identificaron posibles refugios de tamaños muy diferentes, desde extensiones del fondo de algunos cráteres hasta pequeñas depresiones en el suelo.

No son espacios habitables en el sentido terrestre. Sobrevivir no significa crecer, alimentarse o reproducirse. Esa distinción resulta fundamental para interpretar el descubrimiento.

Los cinco microorganismos estudiados por la NASA

La investigación examinó tres tipos de bacterias y dos grupos de hongos seleccionados por su resistencia ambiental y su posible presencia en instalaciones, equipos espaciales o seres humanos.

Entre ellos figura Deinococcus radiodurans, una bacteria conocida por soportar dosis extraordinariamente elevadas de radiación y reparar daños en su material genético.

También se analizaron Bacillus subtilis, capaz de formar esporas resistentes, y Staphylococcus aureus, una bacteria que puede encontrarse habitualmente en la piel y las fosas nasales humanas.

Los investigadores incluyeron asimismo hongos de los géneros Fusarium y Aspergillus, presentes en diversos ambientes terrestres.

Su elección responde a un problema muy concreto. Los seres humanos transportamos microorganismos de manera constante, también cuando utilizamos instalaciones sometidas a rigurosos procedimientos de limpieza.

Los trajes espaciales, las herramientas, los vehículos y los futuros módulos habitables pueden convertirse en vías de contaminación biológica. Eliminar completamente esos organismos resulta especialmente complicado cuando hay astronautas implicados.

Un hongo terrestre podría resistir más de siete días

Uno de los resultados más llamativos corresponde a Aspergillus niger, un hongo frecuente en ambientes húmedos, incluidos determinados sistemas de ventilación e instalaciones domésticas.

Su resistencia a la radiación ultravioleta lo convirtió en el organismo con mayor capacidad potencial de supervivencia entre los examinados.

Según los modelos, este hongo podría mantenerse viable durante al menos siete días en determinadas zonas del polo sur lunar. Algunas regiones permitirían incluso periodos superiores, aunque establecer su duración exacta requiere nuevas investigaciones.

El estudio también señala que los cinco microorganismos considerados podrían sobrevivir durante más de una semana en algunas zonas permanentemente sombreadas, bajo las condiciones ambientales analizadas.

Los resultados no proceden de haber depositado esos organismos sobre la Luna y recuperarlos posteriormente. Se basan en la comparación entre sus límites conocidos de resistencia y las condiciones estimadas de la superficie.

Hay precedentes que justifican prestar atención a esta posibilidad. Aspergillus niger se ha detectado en la Estación Espacial Internacional y determinados experimentos han demostrado su capacidad de resistencia incluso fuera de ella.

La cuestión deja de ser puramente teórica cuando se plantea una presencia humana continuada en la Luna.

Una huella de astronauta podría convertirse en refugio

La investigación aporta un detalle particularmente interesante: los refugios potenciales no tienen por qué ser grandes cráteres o accidentes geográficos.

Una huella de bota sobre el regolito lunar, el material superficial formado por polvo y fragmentos de roca, puede generar una pequeña depresión protegida parcialmente de la luz solar.

Lo mismo podría suceder con las marcas de las ruedas de un vehículo explorador o los agujeros producidos durante una excavación científica.

En las regiones polares, donde el Sol permanece muy bajo, incluso desniveles modestos pueden alterar considerablemente la exposición a la radiación.

Esto significa que la actividad humana no solo podría transportar microorganismos, sino también modificar el terreno y crear nuevos espacios donde algunos de ellos resistieran durante cierto tiempo.

No implica que cada pisada vaya a albergar bacterias vivas. La posibilidad dependería del microorganismo, de la temperatura, de la radiación recibida y del tiempo transcurrido desde su llegada.

Pero introduce una dificultad adicional para las futuras campañas científicas: el entorno que se pretende estudiar puede cambiar simplemente por explorarlo.

El principal problema para la NASA es la contaminación lunar

El descubrimiento no supone una amenaza biológica inmediata para los astronautas ni demuestra que la Luna esté empezando a poblarse de organismos terrestres.

El riesgo principal es científico.

Las próximas misiones buscarán estudiar la composición química del suelo lunar, la presencia de hielo de agua y los materiales que han permanecido protegidos durante periodos extraordinariamente prolongados.

Algunas de esas investigaciones requieren identificar compuestos orgánicos y distinguir su origen.

Si una bacteria terrestre llega adherida a un instrumento, sobrevive durante un tiempo y deja residuos biológicos, sus moléculas podrían aparecer posteriormente en las muestras recogidas.

Los investigadores tendrían entonces que determinar si esos compuestos pertenecían al material lunar original o si fueron introducidos durante la exploración.

Una contaminación terrestre podría confundirse con una señal química de interés científico, aunque eso no significaría necesariamente que alguien la interpretase como prueba de vida extraterrestre.

La diferencia importa. La NASA no ha encontrado organismos autóctonos en la Luna y tampoco dispone de pruebas de que su superficie permita la reproducción de los microorganismos estudiados.

La ausencia de agua líquida estable, una atmósfera significativa y temperaturas adecuadas limita extraordinariamente las posibilidades de crecimiento biológico.

Los resultados describen una posible supervivencia en estado latente, no un ecosistema lunar.

Artemis IV tendrá que afrontar este problema en 2028

La investigación llega en un momento decisivo para el programa Artemis.

Tras revisar su planificación, la NASA mantiene el objetivo de realizar en 2028 el primer alunizaje tripulado de Artemis, mediante la misión Artemis IV.

La agencia actualizó sus planes en octubre de 2026 y confirmó que Artemis III, prevista para 2027, se dedicará a probar operaciones de encuentro y acoplamiento con los módulos de aterrizaje comerciales en órbita terrestre.

Artemis IV tiene previsto llevar astronautas a la región del polo sur lunar, un territorio que nunca ha sido explorado directamente por seres humanos.

Las seis misiones Apolo que llegaron a la superficie entre 1969 y 1972 aterrizaron en zonas próximas al ecuador, sometidas a condiciones de iluminación muy diferentes.

El regreso de astronautas plantea, por tanto, nuevos desafíos para la protección planetaria, el conjunto de medidas destinadas a evitar que la exploración espacial contamine otros cuerpos celestes o comprometa las investigaciones científicas.

Entre las precauciones que adquieren especial importancia están la caracterización de los microorganismos transportados, el control de la limpieza del instrumental y la documentación de las zonas alteradas por la actividad humana.

También será necesario disponer de muestras de referencia recogidas antes de que una presencia continuada de astronautas transforme las condiciones originales del terreno.

La dificultad es evidente: las sondas robóticas pueden someterse a procedimientos intensivos de descontaminación que no resultan aplicables a las personas.

La Luna servirá para preparar la búsqueda de vida en Marte

Las implicaciones del estudio van más allá de las futuras bases lunares.

La NASA considera que nuestro satélite puede servir como un laboratorio natural para investigar cuánto tiempo resisten los microorganismos terrestres fuera de su entorno habitual.

Los científicos podrán comparar las predicciones de los modelos con mediciones obtenidas directamente sobre la superficie, siempre que se diseñen experimentos controlados y se evite introducir contaminación innecesaria.

Ese conocimiento será especialmente relevante para Marte, uno de los principales objetivos de la exploración espacial por su historia geológica y las evidencias de que tuvo abundante agua líquida en el pasado.

Si una futura misión detectase compuestos asociados a procesos biológicos, los investigadores necesitarían descartar que procedieran de organismos transportados desde la Tierra.

Es un problema que afecta tanto a la interpretación de los resultados como a la credibilidad de cualquier eventual descubrimiento de vida extraterrestre.

La Luna ofrece una oportunidad para mejorar los métodos de detección y control antes de afrontar escenarios potencialmente más complejos.

Por ahora, el resultado más importante es bastante preciso: algunas zonas del polo sur lunar podrían proteger microorganismos terrestres durante días o semanas, pese a que la mayor parte de la superficie sigue siendo extremadamente hostil para la vida conocida.

No hay pruebas de colonias microbianas creciendo sobre nuestro satélite. Lo que existe es una investigación que identifica posibles refugios y obliga a revisar las precauciones de futuras misiones.

La exploración de la Luna permitirá comprobar hasta dónde llega esa resistencia. Y, sobre todo, ayudará a resolver una cuestión esencial para la ciencia espacial: distinguir lo que encontramos en otros mundos de aquello que hemos llevado nosotros mismos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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