Economía
EEUU eleva su déficit fiscal a 1,99 billones, el mayor en cinco años
El déficit fiscal de EEUU alcanza 1,99 billones en 2026, con intereses récord y un gasto federal que vuelve a crecer bastante más que los ingresos.
Resumen
- EEUU cierra 2026 con un déficit de 1,99 billones de dólares
- Los intereses de la deuda alcanzan un récord de 1,36 billones
- El gasto crece el doble que los ingresos y agranda el desequilibrio
Estados Unidos cerró el ejercicio fiscal 2026 con un déficit presupuestario de 1,99 billones de dólares, 217.000 millones más que un año antes y la cifra más elevada desde 2021. El agujero de las cuentas públicas equivale aproximadamente al 6,2% del PIB y se convierte en el tercer mayor déficit anual registrado por el país.
La explicación no está en una caída general de los ingresos. Ocurrió algo más incómodo: Washington recaudó más, pero gastó todavía más deprisa. Los ingresos federales alcanzaron un récord de 5,40 billones de dólares, un 3% más, mientras el gasto avanzó un 6%, hasta otro récord de 7,40 billones. El aumento de los intereses, las prestaciones sociales y la defensa aparece entre los grandes motores del desequilibrio.
El déficit de EEUU vuelve a rozar los dos billones
El ejercicio fiscal estadounidense terminó el 30 de septiembre y deja una comparación poco amable. El déficit había sido de unos 1,78 billones de dólares en 2025; doce meses después suma 217.000 millones más. No es una anomalía estadística menor ni una décima perdida entre columnas presupuestarias.
Para encontrar un saldo peor hay que regresar a 2021, cuando el déficit alcanzó los 2,77 billones en plena factura económica de la pandemia. El resultado de 2026 es, de hecho, el tercer mayor déficit anual de la historia estadounidense, pese a que la economía no atraviesa una recesión comparable a la de una gran crisis. Ahí está precisamente una de las cuestiones de fondo: mantener desequilibrios tan abultados durante periodos de crecimiento reduce el margen disponible cuando llega una tormenta de verdad.
Conviene también separar dos conceptos que suelen mezclarse. El déficit es la diferencia entre lo que el Gobierno ingresa y gasta durante un ejercicio; la deuda es la acumulación, año tras año, de esos desequilibrios y otras obligaciones. Y esa montaña ya ha superado los 40 billones de dólares. No son dos nombres para el mismo problema, aunque se alimentan mutuamente.
Los intereses de la deuda se convierten en una factura récord
Una de las cifras más reveladoras está lejos de los grandes programas que suelen protagonizar las peleas del Congreso. Estados Unidos gastó 1,36 billones de dólares únicamente en atender su deuda, 144.000 millones más que el año anterior. Es un incremento del 12% y un máximo histórico.
El coste de los intereses se ha convertido así en una de las partidas más voluminosas del presupuesto federal. Solo queda por detrás de la Seguridad Social y del gasto conjunto de Medicare y Medicaid. Dinero para pagar el dinero prestado: una partida poco vistosa, sin inauguraciones ni cintas que cortar, pero que va ocupando cada vez más espacio en las cuentas.
La dinámica tiene cierta inercia. Cuando el Tesoro refinancia deuda vencida a tipos más altos que los de años anteriores, la factura financiera aumenta incluso sin aprobar un nuevo programa de gasto. Y cuanto mayor es la deuda acumulada, más sensible resulta el presupuesto a los movimientos de los tipos de interés.
Las proyecciones presupuestarias federales llevan tiempo señalando ese mecanismo. La deuda en manos del público ronda ya niveles equivalentes a todo un año de producción económica y, si las políticas vigentes se mantienen sin grandes cambios, podría seguir aumentando durante la próxima década. Los déficits elevados dejarían así de ser una excepción para convertirse en paisaje.
Más gasto social y una defensa que alcanza los 917.000 millones
No todo se explica por los intereses. Los programas vinculados a Seguridad Social y Medicare siguieron creciendo, una tendencia estrechamente ligada al envejecimiento de la población y al coste sanitario. Son partidas enormes y políticamente difíciles de recortar: millones de hogares dependen directamente de ellas.
El gasto en defensa, por su parte, aumentó un 6% hasta 917.000 millones de dólares, unos 48.000 millones más. El crecimiento refleja una presión sostenida sobre el presupuesto militar estadounidense en un escenario internacional marcado por conflictos, despliegues y nuevas necesidades de seguridad.
Es la combinación la que pesa. Prestaciones obligatorias en ascenso, defensa al alza e intereses récord dejan menos terreno para cuadrar el presupuesto mediante pequeños ajustes. Cuando las cifras se cuentan por billones, buscar únicamente ahorros administrativos es como intentar vaciar una piscina con una taza de café. Puede hacerse el gesto; el nivel del agua apenas se entera.
Los aranceles tampoco dieron el colchón esperado
El ejercicio dejó otra paradoja. Los aranceles habían sido presentados por la Administración de Donald Trump como una fuente adicional de ingresos, pero la recaudación neta por este concepto terminó debilitándose después de que decisiones judiciales afectaran a una parte de los gravámenes aprobados durante el primer año del segundo mandato.
Las devoluciones alcanzaron unos 145.000 millones de dólares, mientras los ingresos arancelarios netos descendieron aproximadamente un 11%, hasta 173.000 millones. En términos interanuales, el Tesoro contabilizó una reducción de unos 22.000 millones en esta fuente de recaudación.
El episodio ilustra un problema clásico de cualquier presupuesto: los ingresos previstos sobre el papel no siempre sobreviven intactos al calendario político, a los tribunales o al comportamiento de la economía. Y cuando el gasto estructural sigue subiendo, cualquier ingreso que desaparece deja el agujero un poco más ancho.
Recaudar más no ha bastado para contener el desequilibrio
Lo peculiar de 2026 es que la caja federal no se ha quedado precisamente vacía. Los ingresos alcanzaron 5,40 billones de dólares, 169.000 millones más que en el ejercicio anterior. Buena parte del crecimiento llegó de una mayor recaudación por el impuesto sobre la renta y de las cotizaciones sobre las nóminas.
El problema fue el otro lado de la balanza: el gasto aumentó 386.000 millones y llegó a 7,40 billones. Dicho de una manera menos contable, por cada dólar adicional que entró en las arcas federales salieron bastante más de dos dólares adicionales.
Septiembre tampoco ofreció un final especialmente decoroso. El último mes del ejercicio dejó un déficit de 27.000 millones de dólares, frente al superávit de 198.000 millones registrado en septiembre de 2025. Los calendarios de pagos e ingresos pueden provocar grandes oscilaciones mensuales, de modo que ese dato aislado no explica el año, pero sí completa una fotografía fiscal deteriorada.
El déficit entra de lleno en la batalla política de Washington
El dato llega a pocas semanas de las elecciones legislativas estadounidenses y proporciona munición a ambos partidos, algo casi inevitable en Washington. Los republicanos pueden señalar el peso histórico del gasto obligatorio y los costes financieros heredados de años de endeudamiento; los demócratas, el efecto de las decisiones tributarias y presupuestarias de la Administración Trump. Las matemáticas, bastante menos partidistas, dicen que el desequilibrio se ha ampliado durante el primer ejercicio fiscal completo del segundo mandato del presidente.
El debate tampoco puede reducirse a una supuesta elección sencilla entre gastar mucho o poco. Una parte importante del presupuesto federal corresponde a compromisos legales ya adquiridos, desde pensiones hasta asistencia sanitaria, mientras los intereses no pueden eliminarse mediante una votación. A partir de ahí aparecen las decisiones verdaderamente políticas: qué impuestos cobrar, qué prestaciones mantener y qué gasto recortar.
Las principales instituciones económicas internacionales y los organismos presupuestarios estadounidenses llevan tiempo advirtiendo sobre el mismo problema: con déficits persistentes y una deuda creciente, el margen fiscal se estrecha. No significa que Estados Unidos haya perdido capacidad para financiarse. Significa algo menos espectacular y más difícil de corregir: cada nuevo presupuesto empieza con una porción mayor de los recursos comprometida.
Una factura que crece incluso cuando la economía aguanta
El déficit de 1,99 billones no anuncia por sí mismo una crisis inmediata. Estados Unidos conserva una capacidad excepcional para financiarse, emite la principal moneda de reserva internacional y su deuda pública sigue siendo uno de los activos centrales del sistema financiero mundial. Confundir una trayectoria fiscal preocupante con una quiebra inminente sería hacer economía con sirena de ambulancia.
Pero tampoco es un dato para encoger los hombros. Un déficit equivalente al 6,2% del PIB, unos intereses de 1,36 billones y una deuda por encima de 40 billones dejan menos margen presupuestario para responder a una futura recesión, una emergencia financiera o un nuevo choque geopolítico. El coste no aparece necesariamente mañana en la cuenta corriente del ciudadano; se filtra poco a poco en impuestos, prioridades de gasto y costes de financiación.
La economía estadounidense sigue siendo gigantesca. También lo es su capacidad para endeudarse. Precisamente por eso sus desequilibrios pueden prolongarse durante mucho tiempo sin una ruptura visible. El problema es otro, más prosaico: cada año resulta más caro mantenerlos. Y 2026 acaba de dejar una cifra difícil de disfrazar, incluso en Washington: casi dos billones de dólares gastados por encima de los ingresos.
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